Margaret Cheney - Nikola Tesla

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La primera biografía que se publica en español sobre uno de los personajes más influyentes de la ciencia contemporánea. Un relato completo de la vida y la obra de Tesla en el entorno de la revolución industrial.
Hoy pocos recuerdan a Nikola Tesla, pero gracias a él se enciende la bombilla del techo cuando pulsamos un interruptor. Fue el descubridor del campo magnético rotatorio, la base de la corriente alterna que hoy ilumina el mundo; pero también el padre de tecnologías visionarias en su época como la robótica, la informática o las armas teledirigidas. Nikola Tesla es el paradigma del inventor genial, la mente creativa sin perspicacia para los negocios, y su vida es la historia de un fogonazo de luz que iluminó a todos los que lo rodearon, para apagarse de forma triste… y resurgir hoy, con el homenaje y el recuerdo de los científicos modernos que reconocen a Tesla como «el padre de la tecnología moderna».

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1 Nikola Tesla, “My Inventions”, Electrical Experimenter (mayo, junio, julio y octubre de 1919), reimpreso por Školska Knjiga, Zagreb, 1977, p. 30.

2 Ibid., pp. 30-31.

3 Ibid., p. 26.

4 Ibid., pp. 8-9.

5 Ibid., p. 17.

6 Ibid., p. 18.

7 Ibid., pp. 9-10.

8 Ibid., pp. 10-12.

9 Ibid., pp. 12-13.

10 Ibid., p. 12.

11 Ibid., p. 13.

12 Ibid., p. 13.

13 Ibid., p. 14,

14 Ibid., p. 16.

15 Ibid., p. 14.

16 Ibid., pp. 35-36.

17 Ibid.

18 O’Neill, Genius, pp. 36-37.

19 Tesla, “Inventions”, p. 41.

20 Nikola Trbojevich, Spomenica (Anuario Conmemorativo de la Federación Nacional Serbia, 1901-1951), Pittsburgh, Pennsylvania, p. 172. Fuente: Archivos de Inmigrantes de la Biblioteca de la Universidad de Minnesota.

21 Tesla, “Inventions”, p. 18.

III

INMIGRANTES DE POSTÍN

Entre Europa y Estados Unidos ya funcionaba el telégrafo, es decir, ya estaba tendido el cable transatlántico. En 1881, cuando el teléfono de Alexander Graham Bell fue conquistando el continente europeo, se recibió la noticia de que no tardaría en abrirse una central telefónica en Budapest, una de las cuatro ciudades elegidas por la filial europea de Thomas Alva Edison.

En enero de aquel año, Tesla se trasladó a Budapest donde, con ayuda de un influyente amigo de un tío suyo, enseguida encontró trabajo en la Oficina Central de Telégrafos del gobierno húngaro. Desempeñarse como auxiliar en un puesto dotado con un salario muy bajo no era lo que había soñado el joven ingeniero eléctrico. Pero se entregó a ello en cuerpo y alma.

Por entonces, se vio aquejado de una extraña afección que los médicos, a falta de un término mejor, diagnosticaron como crisis nerviosa. Tesla tenía los cinco sentidos acusadamente desarrollados. Según él, durante su niñez y en diversas ocasiones, desvelado por el crepitar de las llamas, había salvado de perecer en incendios a unos cuantos vecinos suyos. Entrado ya en los cuarenta, cuando llevaba a cabo sus investigaciones sobre rayos en Colorado, aseguraba que podía oír el estallido de un trueno a más de ochocientos kilómetros de allí, cuando el límite de sus jóvenes ayudantes se situaba en torno a los doscientos cuarenta.

Pero la experiencia que le tocó vivir durante aquel episodio nervioso superaba incluso los parámetros habituales de Tesla: podía oír el tictac de un reloj de pulsera tres cuartos más allá del que ocupaba; el aleteo de una mosca en la mesa de su habitación le producía un molesto zumbido en los oídos; un carro que pasase a unos cuantos kilómetros de distancia le hacía estremecerse de pies a cabeza; el pitido de un tren a más de treinta kilómetros ocasionaba una vibración tal en su silla que sentía un malestar insoportable. Tenía la sensación de que temblaba el suelo que pisaba y, para facilitarle el descanso, no quedó más remedio que colocarle unas almohadillas de goma bajo las patas de la cama.

De no haber sido capaz de disociarlos en sus diferentes componentes, los ruidos fuertes –escribió–, alejados o próximos, me sonaban como expresiones altisonantes. Si aparecían de forma intermitente, mi cerebro percibía la discontinuidad de los rayos de la luz del sol como fogonazos de una intensidad tal que me aturdían por completo. Era tan opresiva la sensación que notaba en el cráneo que tenía que hacer acopio de todas mis fuerzas para pasar por debajo de un puente o de cualquier otra estructura. En la oscuridad, mis sentidos se asemejaban a los de los murciélagos: era capaz de detectar la presencia de un objeto situado a cuarenta metros de mí por el extraño hormigueo que sentía en la frente. [1]

En aquel momento, su pulso oscilaba desde niveles muy bajos hasta las 260 pulsaciones por minuto. Las contracciones y espasmos que le recorrían el cuerpo le resultaban casi intolerables.

Como es natural, los médicos de Budapest estaban desconcertados. Hubo incluso un galeno de gran renombre que, al tiempo que aseguraba que el mal que padecía era insólito y no tenía cura, le prescribió la ingesta de grandes dosis de potasio.

O, en palabras del propio Tesla: “Siempre lamentaré que, en aquella ocasión, no hubieran estado pendientes de mí especialistas en fisiología y en psicología. Aunque creía que no saldría con bien de aquélla, me agarraba desesperadamente a la vida”. [2]

El caso es que no sólo recobró la salud, sino que, con la ayuda de un buen amigo, pronto recuperó el vigor que lo animaba antes de aquel episodio. El amigo en cuestión se llamaba Anital Szigety, un deportista y oficial mecánico con quien trabajaba. Él fue quien le hizo ver la importancia del ejercicio físico, y juntos dieron largos y frecuentes paseos por la ciudad.

Desde los tiempos en que hubo de abandonar la Politécnica de Graz, Tesla no había dejado de darle vueltas al desafío que representaba el motor de corriente continua. Más adelante, recurriría a su pomposa grandilocuencia para afirmar que no afrontaba la cuestión como un problema más que hubiera de resolver: “Para mí era una especie de voto sagrado, una cuestión de vida o muerte. Si no daba con la solución, mi vida no tendría sentido”.

Con todo, sin saber cómo, tenía la convicción de que había ganado la batalla. “La solución estaba allí, agazapada en las más profundas circunvoluciones de mi cerebro, aunque no era capaz de darle forma”. [3]

Una tarde, al ponerse el sol, Szigety y él paseaban por el parque de la ciudad. Tesla recitaba unos versos de Fausto, de Goethe. El sol que se ocultaba le recordó un hermoso pasaje:

El sol se aleja, cede, mas la luz sobrevive,

Alumbra para animar nueva vida allende

¡Ah, si unas alas me elevaran del suelo

Y a su curso me acercasen con mi anhelo!

En ese instante, “la idea se abrió paso como un fogonazo y, en un segundo, comprendí la raíz del problema”.

Como si hubiera encajado un puñetazo, Tesla se quedó paralizado, con sus largos brazos inquietos en alto. Asustado, Szigety trató de llevarle hasta un banco. Pero Tesla no accedió a sentarse hasta no dar con un palo. Comenzó, entonces, a dibujar un croquis en el suelo:

–Mira el motor que he dibujado; y, ahora, observa cómo consigo que funcione al revés –exclamó.

El esquema era el mismo que, seis años más tarde, habría de presentar durante el discurso que pronunció en el Instituto Americano de Ingenieros Eléctricos, tarjeta de presentación de un nuevo principio científico, realmente sorprendente en cuanto a su simplicidad y posibilidades; una revolución, en el sentido literal del término, en el mundo de la tecnología.

Acaba de ocurrírsele no un nuevo motor, sino una forma distinta de hacer las cosas: Tesla había dado con el principio del campo magnético rotatorio originado por dos o más corrientes alternas acompasadas. [4]En efecto, mediante la creación de un torbellino magnético producido por dos corrientes en alternancia, había eliminado de un plumazo la necesidad de disponer de un conmutador (aparato concebido para invertir la polaridad de una corriente eléctrica) y de escobillas por las que circulase la corriente: había rebatido los planteamientos del profesor Poeschl.

Otros científicos habían tratado de poner a punto motores de corriente alterna, pero sin apartarse del modelo de un único circuito cerrado como el que se utilizaba para la corriente continua que, o bien no funcionaban, o lo hacían de forma renqueante, generando una tremenda vibración imposible de aprovechar. Unos años antes, allá por 1878-1879, el mismo Elihu Thomson que idease un generador en Estados Unidos había recurrido a la corriente alterna como fuente de alimentación de luces de arcos voltaicos. Por su parte, los europeos Gaulard y Gibbs habían inventado el primer transformador de corriente alterna, herramienta imprescindible para incrementar o disminuir el voltaje a la hora de transportar la electricidad. George Westinghouse, uno de los primeros partidarios de la corriente alterna, que tenía en mente monumentales proyectos para la electrificación de todo Estados Unidos, adquirió los derechos de las patentes de Gaulard y Gibbs para su país.

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