¿Qué es lo que empuja a algunos hombres a llevar a cabo hazañas extraordinarias? Charles Wilson, el médico personal de Churchill durante su gobierno y que había servido en Francia como médico militar durante la Primera Guerra Mundial, escribió más tarde The Anatomy of Courage (1945, Anatomía del valor ). Wilson, que fue nombrado lord Moran, rechazaba la idea de que el valor es simplemente una cualidad que poseen algunos hombres, pero no todos; asimismo, argumentaba que no es una constante, como un ingreso regular sino más bien como una suerte de capital inicial finito que depende de cada individuo y que tarde o temprano va a agotarse. Parece haber evidencias circunstanciales suficientes que apoyan la tesis de Wilson. En la Segunda Guerra Mundial al principio se creía que las unidades novatas irían transformándose en tropas cada vez más profesionales y eficientes según fueran adquiriendo experiencia en el campo de batalla; más adelante, sin embargo, al menos entre los aliados occidentales, se comprobó que la agresividad y utilidad de una unidad disminuía con el tiempo, ya que no se volvía más aguerrida –un cliché absurdo– sino refractaria al riesgo y se quedaba exhausta. Un veterano de Normandía me contó en una ocasión: «Combates mil veces mejor cuando no sabes dónde duele» o, dicho de otro modo, cuanta menos experiencia militar tiene un soldado novato, más probable es que ejecute acciones que no se le ocurriría realizar a un veterano.
Las historias incluidas en este libro son una reflexión acerca de la naturaleza del liderazgo, el valor, el heroísmo irracional y la ética guerrera. Algunos de los relatos son románticos, otros están marcados por la melancolía y mientras que algunos de nuestros protagonistas consiguieron triunfar en la vida, otros en cambio fracasaron. Me fascina la naturaleza del guerrero, aunque al analizar sus éxitos así como las tragedias que vivieron procuro no hacerme ilusiones acerca de ellos, y es que una actitud escéptica no creo que menoscabe el valor de esos hombres –y de dos mujeres– extraordinarios, si bien pone de manifiesto que tampoco es que me gustase compartir una isla desierta con cualquiera de ellos. En mi historia hay individuos de diferentes nacionalidades, pero la mayoría son anglosajones, que es con quienes me siento culturalmente más identificado. La mayor parte de los sujetos estudiados nunca llegó a mandar un ejército, solo lo consiguieron tres de ellos, y es que esta es una reflexión acerca de la naturaleza del guerrero, no del liderazgo militar.
Al principio, mi intención era incluir en el texto a personajes históricos como Leónidas, Aníbal o Saladino, pero al analizar la evidencia disponible llegué a la conclusión de que era demasiado contradictoria y parcial como para poder realizar un estudio serio de sus personalidades. El distinguido historiador de la Guerra de los Cien Años, Jonathan Sumption, señala que Walter Mannay, uno de los principales caballeros del rey Eduardo III, pagó a Froissart para que le hiciera propaganda en sus Crónicas . La evidencia histórica de la resistencia de los espartanos en las Termópilas puede resumirse de la siguiente forma: Leónidas quizá existió y es probable que muriera allí en combate. Eso es todo, pero no es suficiente para el tipo de libro que quiero escribir. Así pues, me he centrado en la época moderna, en los siglos XIX y XX, y en aquellos individuos de los que tenemos información suficiente como para poder elaborar una semblanza creíble y, espero, entretenida. La selección es caprichosa, pero fue elaborada para ilustrar diferentes aspectos de la experiencia bélica en tierra, mar y aire a lo largo de los dos siglos precedentes. Algunos de ellos son todavía héroes nacionales, mientras que otros han perdido su lustre y han caído en el olvido, del que espero que este libro ayude a rescatarlos. Algunos pueden parecer antipáticos, mientras que otros fueron unos fracasados. Las personalidades y los destinos de los soldados son tan variados como los de cualquier otro tipo de vocación. En el libro dominan los soldados de infantería, aunque he incluido a un notable marino y a dos pilotos, que pueden ser descritos como el arquetipo del guerrero del siglo XX. Mi recopilación –que es, desde luego, solo un modesto análisis de una veta riquísima– también favorece a aquellos que dejaron memorias, autobiografías, diarios u otros escritos que nos permiten asomarnos a sus procesos mentales además de a sus acciones. La historia está, por tanto, injustamente desequilibrada a favor de los oficiales a costa de la tropa, y hacia aquellos mejor educados sobre los más ignorantes. Los aficionados a la historia naval pueden quejarse con justicia de que los marinos están infrarrepresentados, pero este es un retrato del comportamiento humano más que una narrativa histórica que busque el equilibrio entre las tres dimensiones de la guerra moderna.
Con frecuencia, algunos de los guerreros más notables eran individuos vanidosos o ignorantes, pero eso no quita que sus países no hayan tenido razones para estarles agradecidos por estar dispuestos a dar lo mejor de sí mismos cuando han necesitado echar mano de sus virtudes, aunque luego puedan haberse sentido molestos por sus excesos. En la actualidad, tendemos a premiar otras formas de valor que son tan merecedoras de respeto como las que muestran los soldados en el campo de batalla, pero eso no debería significar que olvidemos los méritos de nuestros antepasados. El alcalde de Londres ha declarado recientemente que la habilidad militar, sobre todo la mostrada en los conflictos coloniales, no debería ser objeto de admiración, por lo que ha propuesto que se retiren las estatuas de los militares británicos de sus pedestales en Trafalgar Square. ¡Cuánto ha cambiado el Reino Unido! ¡Hasta qué extremo hemos llegado! Tal vez sea cierto que el que las estatuas de dos de los líderes militares menos dignos de admiración, el earl Haig y el duque de Cambridge, dominen los accesos a Whitehall es una de esas extrañas ironías de la historia, pero eso no significa que no sea grotesco el querer borrar de la memoria colectiva, en el más desvergonzado espíritu estalinista, una gran tradición militar.
Este libro está pensado para divertir tanto como para enseñar. Espero que los lectores disfruten con sus relatos de valor y picaresca. A pesar de sus limitaciones sociales y sus errores profesionales, el guerrero es alguien dispuesto a arriesgarlo todo en el campo de batalla, y en ocasiones perderlo todo, por motivos a veces egoístas o equivocados, pero normalmente nobles.
Max Hastings
Hungerford, Inglaterra y Il Pinquan, Kenia,
noviembre de 2004
1 N. del E.: El nombre con el que se conoce al Regimiento de Yorkshire. Este apelativo procede del siglo XVIII, cuando dos de los coroneles del regimiento ostentaban el apellido Howard (The Two Howards) y los soldados vestían guerreras de color verde.
2 N. del T.: Sir Harold Alexander dirigió la retirada de Birmania hacia la India.
3 N. del T.: Thruster en el original. Se refiere al individuo que en las cacerías de zorros galopaba al frente de la reala de perros, por delante de los demás jinetes y que, por tanto, no conocía los peligros que podía encontrar al saltar una valla. Era una posición de gran riesgo y honor, aunque no siempre apreciada por los demás jinetes, que veían a los thruster como una amenaza.
4 N. del E.: Hace referencia a una célebre frase de Wellington: «La batalla de Waterloo se ganó en los campos de juegos de Eton».
5 N. del T.: Juego de palabras en inglés. Resolution actúa tanto como nombre propio de la isla, como una reflexión acerca de la disposición ( resolution ) del individuo para cumplir con su deber incluso sin obtener reconocimiento público. C. S. Forester fue un novelista inglés más conocido por su saga de aventuras navales del capitán Hornblower, ambientada en la Guerra de Independencia americana y las Guerras Napoleónicas.
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