1 N. del T.: Batalla de Aspern-Essling (21-22 de mayo de 1809).
2 N. del T.: En realidad, Marbot cuenta que eran bandas de merodeadores, sobre todo prusianos, que se hacían pasar por cosacos.
Pocos de los turistas que visitan Sudáfrica conocen la historia que hay detrás de los nombres de las ciudades de Harrismith y Ladysmith, en Natal. Sin embargo, los nombres de estos modestos municipios conmemoran una de las historias de amor más románticas de todos los tiempos. Harry Smith nació en 1787, el quinto de los once hijos de un cirujano de Cambridgeshire, y en cierto modo podríamos decir que era la contrapartida inglesa de Marcellin Marbot, incluso en lo que respecta a su impulsividad y exuberancia. Era campechano, valiente, apasionado, irresponsable y totalmente dedicado a su carrera militar, pero, a diferencia de Marbot, Harry Smith dejó atrás su época de joven ambicioso y bravucón y, con los años, llegó a convertirse en un sólido y competente general colonial y mandó con éxito ejércitos en campaña. Su esposa debería compartir la fama de Harry Smith, ya que fue una de las mujeres más interesantes que jamás sirvieron –y no cabe duda de que lo hizo– en las filas de un ejército.
Smith era un desgarbado adolescente de diecisiete años cuando llamó la atención de un general que pasaba revista a su unidad de la milicia yeomanry de Cambridgeshire: «¡Joven! ¿Le gustaría a usted ser un oficial?», preguntó, a lo que Smith respondió entusiasta: «¡Más que ninguna otra cosa!». El general dijo entonces: «Bien, haré de usted un soldado del 95.º, un greenjacket 1 ¡Y bien apuesto que va a estar con ella!». En agosto de 1805, durante la cena de despedida que le había organizado su familia en Whittlesey, Smith se levantó de repente y se fue corriendo a abrazar a Jack, su caballo de caza favorito, llorando de forma un tanto infantil. Su madre le siguió al establo y le abrazó también sollozando, pero recobró la compostura, apartó ligeramente a su hijo y le advirtió muy seria que debía evitar las salas de juego, «si en algún momento tienes que batirte con un enemigo, recuerda que eres un inglés de pura cepa […]. Ahora, que Dios te bendiga y proteja». Muchos años más tarde, cuando ya era un anciano, contaba que siempre tuvo presentes las palabras de despedida de su madre en todas y cada una de las batallas y escaramuzas en las que se vio envuelto a lo largo de su carrera, y todavía las citaba con orgullo al final de sus días, cuando ya era un general de cierta reputación.
Su primera experiencia militar fue el típico sinsentido británico. El joven teniente y su regimiento, el 95.º de Rifles, fueron asignados a la fuerza expedicionaria que el general sir Samuel Auchmuty lideró en 1806 contras las posesiones españolas en Sudamérica y que se saldó con pérdidas devastadoras y una humillante rendición en Buenos Aires. En 1808 se preparaba para participar en la caótica operación anfibia contra Gothemburg, en Dinamarca, pero, por suerte para las tropas, la expedición se canceló antes de que tomaran tierra. En agosto de aquel año pisó por primera vez la península ibérica, una tierra que iba a representar un papel fundamental en su vida. Fue nombrado brigade-major 2 de la Brigada de Rifles en el ejército de sir John Moore, cuya misión era expulsar de Portugal a las fuerzas francesas que, mandadas por Junot, habían quedado en el país tras la marcha de Napoleón de España. Su empleo no implicaba un mando efectivo, pero significaba que, con tan solo veintitrés años, el teniente Smith estaría actuando como oficial ejecutivo de una fuerza de unos 1500 hombres, en buena medida gracias al dominio del idioma español que había adquirido en Sudamérica.
Los británicos llegaron a Salamanca antes de verse obligados a retroceder en lo que se conoció como la retirada a La Coruña. Los Rifles de Moore tuvieron un rol vital, posiblemente decisivo, cubriendo el repliegue del famélico ejército a través de los campos nevados, rechazando una y otra vez los ataques de las columnas francesas que presionaban la retaguardia británica y ganando tiempo para que la larga columna de tambaleantes hombres y chirriantes carros pudiera continuar su huida hacia la costa y la salvación. El comportamiento de algunos de sus compatriotas, menos disciplinados que los Rifles, horrorizó a Smith: «Las escenas de embriaguez, vandalismo y desorden de las que […] fuimos testigos […] son indescriptibles; era realmente horrible y descorazonador observar una desorganización tan absoluta en un ejército que todavía parecía tan disciplinado cuando pasamos por Salamanca». Solo los regimientos de la Guardia y de Rifles se salvaban de sus críticas, aunque admitía con asombro que el 16 de enero de 1809, «estos mismos sujetos les dieron una buena paliza a los franceses en La Coruña». La resistencia británica en la costa, que se cobró la vida de Moore, aseguró la evacuación del maltrecho contingente por parte de la Royal Navy [Marina Real]. Según contaba el propio Smith, regresó a Whittlesey hecho «un esqueleto», atormentado por fiebres y disentería, lleno de piojos y sin ropa ni equipo.
Dos meses más tarde, estaba de vuelta en Portugal con su brigada, acompañado por su hermano Tom, que también había conseguido un empleo de oficial en los Rifles. Llegaron al ejército de sir Arthur Wellesley justo el día después de la batalla de Talavera, la cual más que una victoria había servido sobre todo para frenar temporalmente las operaciones francesas. Siguieron meses de marchas y contramarchas, en los que Smith, como otros muchos oficiales británicos, aprovechó todos los momentos de ocio que le dejaban sus obligaciones para cazar liebres con sus amados galgos; las presas que capturaron sus perros sirvieron en más de una ocasión para alimentar el rancho de oficiales. Smith, como todo oficial prudente, amaba y apreciaba a sus caballos con pasión, lo cual no deja de ser lógico teniendo en cuenta que su vida podía depender del temple de sus monturas. Los batallones de Rifles se veían involucrados en combates casi a diario, dado que normalmente eran ellos a quienes les asignaban los reconocimientos, avanzadas y hostigamiento del enemigo, lo que significaba que entraban continuamente en contacto bien con los piquetes de vanguardia o bien con la fuerza principal de los franceses. Durante el sangriento combate del cruce del Coa, librado en julio de 1810, los dos hermanos Smith fueron heridos, y Harry fue evacuado a Lisboa con una bala alojada en el tobillo. Un comité de cirujanos debatió si dejar el proyectil donde estaba o intentar extraerlo. Uno de ellos dijo: «Si fuera mi pierna, sacaría la bala». Smith exclamó: «¡Bravo, Brownrigg, usted es el médico que me hace falta!». Extendió su pierna y exigió con jovialidad: «Aquí la tienen. ¡Procedan!». Marcellin Marbot habría aplaudido. Durante cinco largos minutos, el cirujano estuvo trabajando en la pierna de Smith antes de conseguir extraer la bala, llegando incluso a romper uno de los fórceps usados para la operación. La indiferencia al dolor y el estoicismo eran la clase de virtudes «romanas» que se esperaba que mostraran los soldados de la época.
Tras pasar dos meses en Lisboa, Smith se reunió con su regimiento en campaña a principios de 1811, y le fue asignado al principio el mando de una compañía y, más adelante, volvió a ocupar el puesto en la Brigada. Al llegar al puesto de mando del coronel Drummond, un veterano oficial del Regimiento de Guardias que estaba al mando de la 2.ª Brigada, Smith preguntó: «¿Cuáles son sus órdenes para los piquetes, señor?». El coronel respondió amablemente: «Mr. Smith, ¿es usted mi brigade-major ?».
«Eso creo, señor».
«En ese caso, déjeme decirle algo, es su deber desplegar los piquetes y el mío tener preparada una buena y j…a cena para usted cada día». Smith escribió: «Pronto nos entendimos muy bien los dos. Él preparaba la cena, en ocasiones personalmente, y yo mandaba la brigada». Este arreglo no es tan inimaginable como parecería a primera vista, ya que durante las Guerras Napoleónicas era frecuente que los jefes dejaran en manos de sus oficiales ejecutivos la gestión diaria de sus cuerpos, excepto cuando entraban en combate.
Читать дальше