Max Hastings - Guerreros

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El eminente historiador militar
sirMax Hastings escoge en este
estimulante e inspirador relato las vidas de dieciséis «guerreros» de diferente extracción social y nacionalidad de los últimos tres siglos, de
sde las Guerras Napoleónicas a los Altos del Golán, pasando por las guerras mundiales o Vietnam, seleccionados por su coraje o su extraordinaria experiencia bélica. En el curso de cuatro décadas escribiendo sobre la guerra, Max Hastings ha desarrollado una fascinación por las hazañas en los campos de batalla (en tierra, mar o aire) y, por supuesto, por los militares que las protagonizaron. Para ello aborda las biografías de soldados icónicos como el general y escritor napoleónico barón Marcellin de Marbot (inspiración del brigadier Gerard de Conan Doyle); de sir Harry Smith, cuya esposa española, Juana, se convirtió en su compañera militar en más de una campaña; del teniente John Chard, un modesto ingeniero convertido en el héroe insospechado de
Rorke's Drift durante la guerra anglo-zulú, e inmortalizado en el cine por Stanley Baker; el jefe de escuadrón Guy Gibson, piloto cuyo heroísmo en los cielos de la Segunda Guerra Mundial le granjeó la admiración de su nación, pero pocos amigos; o el enérgico teniente coronel virginiano John Paul Vann, uno de los asesores militares estadounidenses más influyentes en la guerra de
Vietnam, verso suelto del ejército con una turbulenta vida personal. Para imponerse en el campo de batalla,
cualquier ejército necesita individuos capaces de mostrar un coraje por encima de lo común, pero… ¿qué es lo común en la guerra? En Guerreros, Max Hastings trata de dar respuesta a esa pregunta, y cómo esa percepción ha cambiado a lo largo del tiempo. Al tiempo que honra hechos extraordinario valor, posa su mirada inquisitiva sobre la entrega de condecoraciones al valor… y en el por qué estos prominentes guerreros rara vez dan la talla como líderes.

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Tras unos meses convaleciendo de su herida, en abril de 1810 partió de la casa de su madre en París hacia España, con la misión de preparar la llegada de Masséna, que iba a ponerse al mando del ejército francés en la Península. El viaje del comandante estuvo acompañado por fiebres y por un encontronazo con las guerrillas españolas. Algunas de las historias más vívidas, a la par que llenas de absurdos prejuicios, acerca de la experiencia francesa en España que recoge en sus memorias datan de este periodo de su servicio a las órdenes de Masséna. Así, nos cuenta las acciones e innumerables escaramuzas de un tal «Mariscal Puchero», un francés que se había puesto al frente de una banda de desertores franceses, portugueses, españoles e ingleses, que vivían como bandidos hasta que Masséna los aplastó. Exagera la cifra de bajas sufridas por los ingleses en cada acción. Critica a Masséna por su fracaso a la hora de anticipar y frustrar la retirada de Wellington tras las líneas de Torres Vedras –y por la estupidez de hacerse acompañar por su amante, durante la campaña–. Una de las mejores historias con las que nos obsequia Marbot, tanto si creemos que es cierta como falsa, es la que se refiere a su duelo con un oficial británico de caballería ligera, quien habría cabalgado desde las líneas de Wellington una mañana de marzo de 1811 para retarle: «¡Deténgase, señor francés! ¡Me gustaría tener una breve charla con usted!». Marbot afirma haber tratado esta sandez con el desprecio que se merecía hasta que el hombre gritó: «Compruebo por su uniforme que está usted destinado en el estado mayor de un mariscal, así que escribiré a los periódicos de Londres que tan solo verme fue suficiente para asustar a uno de los cobardes edecanes de Masséna o de Ney». Esto despertó la furia de nuestro héroe. Se giró y cargó contra el oficial británico, solo para escuchar crujidos de hojarasca desde un bosque cercano y ver cómo dos húsares ingleses galopaban para cortar su retirada. «Únicamente la más enérgica defensa podía salvarme de la desgracia de caer prisionero, por mi propia culpa, a la vista de todo el Ejército francés».

Atacó rápidamente al oficial inglés, atravesándole la garganta: «El desdichado se cayó de su caballo, retorciéndose agónicamente en el suelo». Sin embargo, mientras tanto los dos húsares le golpeaban con sus sables, haciéndole pedazos su chacó, la pelliza y la valija. Una estocada del mayor de los dos soldados consiguió penetrar cinco centímetros en el costado del francés. Marbot contraatacó con un tajo que atravesó la mandíbula del jinete, rajándole la boca de lado a lado, lo que cortó en seco su grito de agonía y le obligó a retirarse. El soldado inglés más joven dudó por un instante antes de darse también a la fuga, pero recibió una estocada en el hombro que le hizo escapar más rápido aún. Marbot cabalgó triunfante de vuelta a las líneas francesas y recibió las felicitaciones de Masséna y Ney, junto con las alabanzas del ejército. En cuanto al precio: «La herida de mi mejilla no era importante; en un mes se había curado y apenas se podía notar la cicatriz junto a mi patilla izquierda. Pero la estocada en mi costado izquierdo era peligrosa, especialmente en medio de una larga retirada, en la que tuve que viajar todo el rato a caballo […]. Este, hijos míos, fue el resultado de mi combate o, si lo preferís, mi inocentada en Miranda do Corvo. Vosotros podéis ver el chacó que llevaba aquel día, y las numerosas muescas con las que lo adornaron los sables ingleses demuestran que los dos húsares no me dejaron irme de rositas. También me traje de vuelta la valija, cuya bandolera recibió cortes en tres sitios distintos, pero la extravié». La narración del propio Marbot es inimitable. Era un guerrero hecho de la misma pasta que los caballeros europeos del siglo XIV, hombres para los que combatir era tanto placer como negocio. Como a ellos, otras actividades más tranquilas o virtudes menos violentas les resultaban irrelevantes, lo que hacía que los mojigatos –y no es que hubiera escasez de estos– los considerasen una amenaza para la civilización por considerar que la paz era un anatema. El comandante regresó a Francia en julio de 1811, después de que Napoleón destituyese a Masséna por su fracaso en la península ibérica. Marbot pensaba que la caída de Napoleón fue provocada por no haber finiquitado la guerra en España antes de atacar a Rusia. También reconocía la calidad y puntería de la infantería británica, incluso aunque nunca creyera que Wellington era un gran general.

Marbot pasó el verano y el otoño en París. Por entonces contrajo matrimonio con una tal señorita Desbrières, a la que apenas dedica unas líneas y de cuya personalidad o aspecto sabemos menos que acerca de sus monturas favoritas, y fue ascendido a primer comandante –desde su punto de vista el oficial al cargo, debido a la edad y los achaques de su coronel jefe efectivo– del 23. erRegimiento de Chasseurs , un regimiento de caballería ligera. En junio de 1812 cruzó el Niemen al mando del 23. er–de cuyo arrojo se sentía tremendamente orgulloso–, que estaba encuadrado en el cuerpo de ejército de Oudinot, a quien despreciaba por su incompetencia, formando parte de la Grande Armée. Durante las semanas que siguieron al cruce del río, Marbot lideró a su regimiento en un combate tras otro, hasta que a finales de julio fue herido de un balazo en el hombro durante un choque contra la infantería rusa. Si no hubiera ansiado tanto su ascenso a coronel, Marbot habría aceptado que lo evacuasen, pero sabía que Napoleón nunca ascendía a un hombre que no estuviera presente en el campo de batalla, por lo que continuó al frente de su regimiento a pesar del dolor que le producía su herida, que era tan intenso que durante un combate en Polotsk dos semanas después fue incapaz de desenvainar la espada. El 23. erde Chasseurs se quedó en Polotsk junto con el cuerpo de Gouvion-Saint-Cyr durante los dos meses siguientes, mientras el resto de la Grande Armée avanzaba hacia Moscú y el desastre. El 15 de noviembre, Marbot recibió la confirmación de su ascenso a coronel en un despacho que incluía una nota autógrafa de Napoleón: «Estoy pagando una vieja deuda».

Marbot describe con orgullo su ingenio a la hora de equipar a su propio regimiento, de modo que cuando recibió la orden de reunirse con la Grande Armée al principio de la retirada de Moscú, estaba lo mejor preparado posible para cumplir su misión. Se había asegurado de que sus hombres tuviesen ropa de invierno, que los que habían perdido sus monturas fueran enviados de vuelta a Alemania para que no fueran una carga inútil para el regimiento, que se formase una yeguada regimental para la remonta y que se confiscasen molinos manuales de modo que sus hombres no pasaran hambre por falta de harina, como sucedió en otras unidades.

A finales de noviembre, los chasseurs se vieron envueltos en la terrible batalla del cruce del Berézina, en la que murieron tantos franceses. El 2 de diciembre, con 25 grados bajo cero, Marbot fue herido de un lanzazo en la rodilla en una refriega contra fuerzas cosacas, cuando intentaba apartar el arma de su oponente y alcanzarle con su sable. El combate, como podemos observar por esta historia, era tan sangriento y cercano como en cualquier otra época anterior. Justo después de ser herido, el francés notó un fogonazo: un cosaco había disparado una pistola de doble cañón a bocajarro, «traicioneramente»; una de las balas atravesó el capote del coronel mientras que la otra mató a un oficial francés. Marbot se revolvió furiosamente hacia el ruso, mientras este le apuntaba con una segunda pistola. El hombre de repente gritó en buen francés: «¡Oh, Dios! ¡Veo la muerte en sus ojos! ¡Veo la muerte en sus ojos!». Marbot respondió furioso: «¡Ah, canalla, desde luego que la ves!».

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