Jorge Polo Blanco - Anti-Nietzsche

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"Si las clases trabajadoras consiguen comprender que a través de la formación y de la virtud pueden hoy fácilmente superarnos, entonces será nuestro final." Serían muchas las personas, con o sin formación filosófica, que jamás atribuiría tales palabras a Friedrich Nietzsche. ¿Qué gigantesco malentendido se ha urdido en torno a la figura de este fulgurante poeta-filósofo?Las lecturas de la obra nietzscheana hoy hegemónicas insisten, en primer lugar, en la imagen de un Nietzsche apolítico; lo político ocuparía, en su «sistema» de pensamiento, un lugar insignificante y secundario. En segundo lugar, se nos ha querido convencer de algo verdaderamente insólito: los elementos políticos presentes en su obra, así sean escasos, serían compatibles con discursos y praxis de orientación emancipatoria.Este ensayo combate de forma rotunda ambas tesis, tan consolidadas y aceptadas. Porque en Nietzsche sí hay una filosofía política perfectamente delimitada; sus ardientes reflexiones incidieron permanentemente en el campo de lo político. Ahora bien, su visión política constituía una formidable y colosal antítesis de cualquier pensamiento político de signo revolucionario, progresista o emancipador. Este libro ahonda en una dimensión del pensamiento nietzscheano por mucho tiempo tergiversada y silenciada: la dimensión política de su legado.

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Se ha dicho, con razón, que la masa invertebrada, asistemática e inorgánica de los textos nietzscheanos permite una serie casi infinita de recomposiciones; en función de qué tipo de «selección» realice el intérprete, emergerá un Nietzsche u otro. Es este un monstruo de mil caras, y siempre encontraremos un aforismo que «encaje» con nuestra lectura preconcebida. Comentaba Félix Duque que «es bien sabido que Nietzsche es tan proteico y variopinto en sus manifestaciones (a veces, en un mismo período) que de la textura de su pensamiento pueden cortarse los trajes más diversos, y aun contradictorios»5. Algo de cierto hay en todo ello, sin duda. Ahora bien, ¿la maleabilidad hermenéutica de su obra es infinita y, por ende, cualquier «máscara» se le puede adjudicar? A nuestro juicio, se debe responder negativamente a semejante cuestión. De hecho, el propio Nietzsche se hubiese arrancado con ira y asco algunas de las máscaras que muchos intentaron encasquetarle. Es cierto que su estilo de escritura, a diferencia de otros filósofos canónicos de la tradición occidental, se presta a una lectura impresionista. Sus estrategias argumentativas, que en ocasiones no se distinguen de un conjunto de cañonazos, no favorecen una lectura sosegada y lógica. Pero precisamente eso es Nietzsche —dirán algunos—, una renuncia deliberada a la sistematicidad logocéntrica. Está bien, admitamos que eso es así. Sin embargo, detrás de tantas invectivas y de tantos ditirambos podemos hallar ciertas fibras intelectuales que siempre estuvieron presentes en su pensamiento; en sus escritos encontraremos ciertos núcleos de sentido que permanecieron inconmovibles.

Nietzsche, y esta cuestión no es baladí, siempre tuvo muy claro quiénes eran sus adversarios espirituales. Pero su crítica furibunda de la cultura occidental también se adentraba, como no podía ser de otra manera, en el mundo político. Aunque es cierto que su labor primordialmente disolvente no lo condujo a la preparación de un «programa» concreto, dibujó, a pesar de todo, las líneas maestras de una «visión» política. Por lo demás, es indudable que su obra alberga un nítido contraprograma: él sabía muy bien quiénes eran sus contrincantes políticos, pues sobre ellos arrojaba cantidades ingentes de la metralla dialéctica más corrosiva que pueda uno imaginar, y tenía muy claro qué órdenes sociopolíticos eran los menos deseables. Y es que, más allá de su labor crítico-disolutiva, que en ocasiones evidenciaba una suerte de goce por la destrucción gratuita (tensando dicha crítica hasta límites patológicos, sin ofrecer, sin embargo, una justificación bien argumentada de tan ardientes impugnaciones), más allá de todos estos alaridos histriónicos, decíamos, también podemos localizar en su obra algunas propuestas normativas; propuestas ético-políticas harto inquietantes, por cierto.

Mazzino Montinari terminaba un ensayo sobre nuestro filósofo alegando que nunca fue más allá de la dimensión moral a la hora de juzgar «el fenómeno político-cultural más importante de su época, el socialismo», en el cual vio una reverberación última —y tremendamente desagradable— del resentimiento cristiano. Nietzsche, se suele argüir, no tenía un conocimiento técnico de la teoría socialista; no polemizaba con Marx y Engels de una forma explícita. Bien es verdad, no obstante, que en abril de 1880 escribió a su amigo Franz Overbeck, desde Venecia, para decirle que le gustaría tener el catálogo de los libros que estaban a la venta en la librería socialista de Zúrich6. La escritora Malwida von Meysenbug, amiga íntima de Wagner y de Nietzsche, recordaba en Memoiren einer Idealistin que este último leía textos de todas las tendencias socialistas. No se desentendió de las cuestiones sociales y económicas, por lo tanto. Pero Montinari insistía en señalar que la esfera política, como tal, nunca constituyó el epicentro del pensamiento nietzscheano. El editor italiano de las obras completas de Nietzsche terminaba sosteniendo que la correcta utilización política del filósofo dionisíaco habría de ser, en todo caso, aquella que pusiese de manifiesto una radicalísima libertad de espíritu; aquella que pusiese en valor un acerado impulso crítico que nunca se cansase de cuestionarlo todo7. La carga política nietzscheana, en esta lectura, sería el reclamo indómito de una espontánea y absoluta libertad frente al Estado. Pero ¿podemos decir, con seriedad, que Nietzsche fue una suerte de ácrata enemigo del poder y del orden? A nuestro juicio, no. O, en todo caso, debería matizarse que fue adversario de algunos órdenes, aunque partidario de otros. Hubiese vomitado, y literariamente lo hizo, sobre todos los anarquistas de su tiempo. ¿Un librepensador? Sí, en cierto modo lo fue, a pesar de sus implacables ataques a la figura del «librepensador» ilustrado; pero ello es del todo compatible con la movilización de un pensamiento rabiosamente reaccionario.

Fue un hombre solitario y enfermo, que huyó pronto de la vida académica. La publicación de su primer trabajo importante, El nacimiento de la tragedia, tuvo consecuencias muy desagradables; la comunidad científica filológica lo rechazó con dureza, desacreditándolo por falta de rigor. Tan contundente fue la crítica, y tan mermada resultó su reputación como filólogo, que Nietzsche se quedó prácticamente sin alumnos en sus cursos universitarios de Basilea. Pocos años después, en 1879, su carrera académica terminó para siempre (se prejubiló de manera voluntaria, concediéndole la Universidad una pequeña pensión). Ahí comenzó su vida errante por parajes suizos y ciudades italianas, principalmente. Todo esto, quizá, pudiera contribuir a inflamar esa imagen de «rebelde solitario». La hermosísima y terrible semblanza que de él trazó Stefan Zweig lo presentaba como un hombre de caminar dubitativo y aspecto frágil, instalado en una creciente soledad. Se hallaba constantemente aquejado de malestares físicos, pues habitaba un cuerpo lacerado y acribillado por excesivas dolencias. De manera paulatina fue alejándose de las relaciones mundanas, ahogado en austeros cuartuchos fríos de pensiones baratas y consumiendo abundantes drogas para poder dormir al menos unas horas. Así transcurría su tiempo, engarzado en la rigurosa cadencia de un sufrimiento que retornaba siempre, rodeado de manera permanente de sus legajos y escribiendo casi sin ver, durante horas y horas. Poseedor de un sistema nervioso hipersensible y mórbido, apenas podía tolerar un cambio atmosférico o climatológico. Un poeta-filósofo demasiado atormentado, sin duda8. Escasos fueron los días que vivió colmado de dicha. Sin embargo, de todo ello no podemos colegir que las coordenadas estético-intelectuales de Nietzsche sean compatibles, siquiera sea en algún grado, con los impulsos políticos emancipadores. Llevados, quizá, por esa suerte de empatía naíf que experimentamos hacia los antihéroes y los mártires, podríamos terminar sucumbiendo a tan espectacular espejismo. Pero la cosmovisión que se desprende de su legado es, más bien, profundamente reaccionaria y elitista, como veremos en las presentes páginas.

Acaso debamos recordar, a modo de anécdota, que en su infancia y adolescencia mostró una religiosidad piadosa. Era hijo de un ferviente pastor protestante, monárquico hasta la médula. Sin embargo, cuando aún no había cumplido cinco años el padre falleció. Poco tiempo después también moriría el hermano pequeño, Joseph. En los escritos autobiográficos de juventud puede rastrearse la indeleble huella de dolor que tales acontecimientos imprimieron en su espíritu. Desde entonces, el pequeño Friedrich Wilhelm (que recibió este nombre no por casualidad, puesto que nació el 15 de octubre, día del cumpleaños del rey Federico Guillermo IV de Prusia) sería criado y cuidado (sobreprotegido, al parecer) por mujeres: su abuela, su madre, su hermana y sus tías. Su trayectoria existencial jamás presentó tintes saludables a nivel emocional. En lo erótico-sentimental su vida resultó un completo descalabro. Sus intentos de contraer matrimonio con Lou Andreas-Salomé rozaron lo patético. Eso sí, parece cierto que, siendo aún estudiante, contrajo la sífilis en un burdel de Colonia. Errabundo y nómada en los últimos años de su vida consciente, siempre llevó un modus vivendi de lo más frugal. Atormentado por constantes e inclementes dolores de cabeza, permanecía de continuo bajo la ominosa perspectiva de hundirse en la ceguera total. Los médicos, en varias ocasiones, le prohibieron leer y escribir; por ello algunas de sus obras fueron dictadas a sus más fieles amigos.

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