Pero debemos entender que la búsqueda de una mayor tasa reproductiva aparece disfrazada; de ahí que casi todo el esfuerzo de este libro sea mirar a través de las caretas que encubren esa búsqueda: se trata de emociones, pulsiones, atracciones, rechazos o inclinaciones que nos llevan en ciertas direcciones y nos alejan de otras, nos incitan a preferir ciertas condiciones y a rechazar o a alejarnos de otras, apetecer ciertas acciones y sentir desgano o aun rechazo por otras, interesarnos por ciertos aprendizajes y desinteresarnos por otros.
Los disfraces que usa la búsqueda de mayor descendencia pueden ser, entre otros, la lucha por un mayor estatus, el deseo irrefrenable e ilimitado de adquirir bienes, la agresividad exagerada frente a ciertas condiciones de la vida social, la injusticia en el trato a los demás (a los otros, en el sentido biológico, a los portadores de genomas muy diferentes a los nuestros), la injusticia sexual, que pide poligamia para los míos y monogamia, o aun nulogamia, para los suyos, el acaparamiento de parejas sexuales o poligamia, la xenofobia, la envidia venenosa y la avaricia desenfrenada que, en épocas pasadas, cuando se estaba forjando la naturaleza humana se revertían en una mayor descendencia, proposición que ahora no tiene validez alguna (sin embargo, los genes no aprenden tan rápidamente y continúan guiándonos en direcciones que a la razón pura parecen equivocadas).
Un animal que se muestre perfectamente altruista, que siempre le ceda el turno a sus compañeros, que no acapare recursos vitales cuando se presenta la oportunidad, que no responda con violencia a las agresiones o a las injusticias, que no se muestre vengativo, que no se interese en el sexo, que no descanse de trabajar por el bien de sus parientes o que no se alimente en abundancia cuando las circunstancias lo propicien, no dejará descendientes o dejará muy pocos en relación con sus compañeros de grupo. En cambio, los lujuriosos, los egoístas, los altruistas con sus parientes próximos, los ventajosos, los agresivos, los maquiavélicos, los codiciosos y los avaros tenderán a dejar más descendientes y, en consecuencia, esas “virtudes-pecados”, desde la perspectiva humana, serán elegidas por la selección natural para incorporarlas en la dotación biológica de cada especie. El hombre no es ninguna excepción a lo anterior.
Debe quedar claro que el hombre no ha sido diseñado para el Cielo, sino para la Tierra. Emil Cioran es ácido: “Con la excepción de algunos casos aberrantes, el hombre no se inclina hacia el bien”. La verdad es que llevamos en el alma ángeles y demonios. Los demonios los aporta la evolución, egoísta por diseño; los ángeles, la cultura —algunas veces, para ser rigurosos—, prestos a corregir o controlar los impulsos de los primeros. Gracias al ejemplo, a la enseñanza directa y al efecto cultural, algunos hombres logran controlar esos malos genes y comportarse con normas morales “civilizadas”. Este diseño del hombre, en apariencia absurdo, ha confundido a los grandes filósofos de todas las épocas. Solo ahora, muy recientemente, se ha comenzado a entender la naturaleza humana, gracias a unos pocos pensadores que se han inspirado, con la teoría de la evolución como telón de fondo, en el comportamiento animal. Se han explicado, así, las contradicciones y rarezas de la condición humana; sin embargo, aún quedan muchísimos estudiosos del hombre que no aceptan estas ideas y siguen pensando que somos la excepción a la regla rígida de la selección natural: piensan en un hombre perfectamente moldeable por las fuerzas de la cultura, en el hombre bueno del filósofo Jean-Jacques Rousseau, pervertido por su ambiente; piensan, de igual forma, en una mente en blanco al nacer para que el medio escriba en ella y a su amaño todo lo que el sistema educativo proponga.
Si se entiende lo anterior, se comienza a entender la historia del hombre, sus contradicciones, sus virtudes y pecados, su naturaleza, y se comienza a entender por qué han fallado aquellos intentos de agrupar a los hombres bajo sistemas religiosos, sociales y económicos que han partido de los supuestos —falsos— de que la naturaleza humana es algo que se puede moldear a voluntad, libre de componentes innatos resistentes al cambio.
En ningún momento se olvidará que todo hombre es el producto final de dos clases de aprendizaje: el filogenético, realizado por la especie en su largo devenir evolutivo, y el individual o biográfico, generado durante el cortísimo intervalo de tiempo vivido por el individuo. El primero se distingue del segundo en que lo aprendido no se puede olvidar —palabras de Lorenz—, o es casi imposible lograr dicho propósito. Esto significa que el hombre está sometido a dos comandos: el irracional o inconsciente, escrito en el programa genético antes de su nacimiento, y el racional o consciente, escrito después del nacimiento por todas sus experiencias culturales. Pero el control racional, que todos esperamos sea el comandante en jefe de las acciones, cuesta decirlo, cede la batuta al irracional o emotivo en gran parte de nuestras decisiones.
Por eso el hombre es paradójico: mientras un yo impulsa al fraude, el otro lo rechaza. A veces, muy pocas, gana el segundo, y en eso consiste ser civilizado. No obstante evidencias abrumadoras, presentamos una rara oposición a aceptar la existencia de comandos poderosos y distintos a los generados racionalmente, pues treinta y más siglos oyendo los argumentos de filósofos, políticos y reformadores religiosos nos han bloqueado los caminos del entendimiento. Es un deber del hombre civilizado, entonces, cambiar por completo la concepción, muy halagadora por cierto, que tiene de sí mismo.
Steven Pinker asegura que el descubrimiento más importante de la sicología es muy reciente y consiste en destacar la gran importancia de los genes en la determinación de la personalidad humana, mucho más que los factores culturales. Porque se ha demostrado, con todo rigor, gracias al estudio comparado de parejas de mellizos idénticos, mellizos fraternos, hermanos corrientes y hermanos de adopción, que los factores genéticos llevan el mayor peso en la determinación de la personalidad; es decir, que no debemos decir “Dime con quién andas y te diré quién eres”, sino “Dime quién eres y te diré con quién andas”. Asimismo, se ha encontrado en dichos estudios que existen otros factores difíciles de precisar, aleatorios por el momento, tan importantes como los genéticos. Es bien importante el punto que Pinker destaca, pero parece más correcto decir que el descubrimiento cumbre de la sicología es utilizar el prisma evolutivo para mirar a través de él la psiquis humana. Sin esta mirada, todo intento por entender a los hombres terminará en el más completo fracaso.
No se hablará en este libro de “natura o cultura”, sino más bien de “natura y cultura”. Es falso decir que el hombre “nace”, y es igualmente falso decir que “se hace”. El hombre “nace” y “se hace”. Esta será la posición que se intentará defender aquí. El autor cree con firmeza que aquellos que miran al hombre únicamente como a un hijo de su medio cultural, o que lo miran como un ser puramente biológico, solo lograrán averiguar una parte de la verdad, y una parte de la verdad, escribía con sabiduría el filósofo inglés Bertrand Russell, es muchas veces una gran mentira.
Reconozcamos que la opinión predominante de los profesionales de las ciencias sociales y humanas, aún en este momento de gran desarrollo científico, comenzando el tercer milenio, se adhiere al dogma que afirma que el comportamiento humano es casi todo un producto de la cultura, el aprendizaje y la tradición social. Parte de la oposición se debe a un mal entendimiento de la evolución de las especies, sus criterios y sus consecuencias, así que cuando los opositores se refieren a dichos temas, muestran de inmediato sus fallas. Parafraseando a Winston Churchill, nunca tantos han dicho tanto sobre algo que entienden tan poco.
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