La caza mayor, practicada por el prehombre y por el hombre primitivo, cuando solo disponían de armas muy elementales, tuvo que exigirles una labor conjunta muy bien coordinada. Una vez capturada la presa, era necesario descuartizarla, prepararla y transportarla hasta los sitios de descanso ocupados por los ancianos, las hembras y sus pequeños. Una presa grande podía servir para alimentar a varias familias y de nada servía guardarla para unos pocos, pues sin medios de refrigeración la carne se descomponía en plazo muy breve. Por eso, la buena acción de compartir se metió de lleno y para conveniencia colectiva en la vida de nuestros antepasados, y la caza fue su pretexto principal. No se pierde lo perdido y se ganan el agradecimiento del prójimo y la probable recompensa futura. Sin excedentes, por el contrario, se debilita el sentimiento de cooperación y se refuerzan los impulsos egoístas. Recordemos que ni los herbívoros ni los recolectores comparten, ni siquiera con sus hijos. Solo el hombre y los carnívoros sociales comparten las presas obtenidas.
El altruismo recíproco, esto es, dar ahora con la esperanza de recibir más tarde, pudo muy bien haber aparecido durante esta fase evolutiva humana, pues tal virtud social le da gran fuerza de supervivencia a quienes la practican; sin embargo, para que funcione con máxima eficacia deben evolucionar, de forma conjunta, la generosidad, apoyada en el sentimiento del placer al dar, y la gratitud, apoyada en el sentimiento de deuda al recibir. Estos dos sentimientos se engranan entre sí, de modo que el altruismo recíproco forma un sólido mecanismo adaptativo que al final, y como subproducto, se encargará de producir una distribución más uniforme de los recursos disponibles y le permitirá de ese modo al homínido sobreponerse a los angustiosos momentos en blanco del azar alimentario.
Para cerrar este capítulo, destaquemos la importancia evolutiva que tuvo la formación de grupos familiares alrededor de los padres. Parece lógico suponer que la familia prehomínida debió de tener una estructura semejante, y que tal organización pudo ser la más apropiada para un eficiente aprovechamiento del nicho de caza-recolección. Algunos antropólogos creen que la familia conyugal es la mejor manera de conseguir que los grupos se mantengan balanceados en cuanto a su composición por sexos, y así puedan aprovechar de manera óptima la división del trabajo. Una familia con muchas hembras y pocos machos, fenómeno muy común entre primates, va a tener exceso de descendientes y deficiencia de proteínas, mientras que la familia construida sobre una pareja macho-hembra produce de forma automática una distribución equilibrada de los sexos y crea, como novedad en el mundo animal, el papel de padre-esposo (entre primates no humanos, los machos solo desempeñan el papel de padre).
Figura 7.0 En la Torre CN de televisión, en Toronto, el visitante puede poner a prueba la existencia del temor natural a la altura, caminando sobre una plataforma de cristal situada a trescientos cuarenta y dos metros sobre el nivel de la calle
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