Luisa Borovsky - Mujeres viajeras

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En la Antigüedad, mientras los hombres se lanzaban a empresas de exploración y conquista, las mujeres permanecían inmóviles en su hogar. El Medioevo les otorgó una forma de viaje permitido: la peregrinación a los Santos Lugares. Durante el Renacimiento, artistas e intelectuales humanistas viajaron a Italia para tomar contacto con la cultura clásica, anunciando los Grand Tour, las giras educativas por Europa que en el siglo XVIII realizarían los jóvenes aristócratas británicos. Esos itinerarios estaban reservados a los varones, por entonces las mujeres sólo podían desplazarse como acompañantes de sus maridos. Aun desde ese lugar, el viaje les abrió nuevos horizontes. Dejaron de ser espectadoras pasivas de los desplazamientos de otros para convertirse en observadoras de nuevas dimensiones espaciales y emocionales, e incluso en narradoras que exploraban la propia subjetividad: su mirada curiosa empezó a transformarse en literatura de viaje, un género en el que se amalgamaba el propósito testimonial con el registro privado, íntimo, de la autobiografía, el diario o las cartas que reponían la experiencia personal.
El momento de cambio en el siglo XIX vino con la descolonización y la creación de nuevos estados, en coincidencia con el surgimiento del feminismo. Las mujeres ya no escribieron recluidas en sus casas o en los conventos, y durante el avance hacia la emancipación civil y política que alcanzarían en la centuria siguiente, reseñar sus viajes fue una manera de apropiarse de ciertos derechos exclusivos de los varones. Accedieron así a la escritura como profesión y, en consecuencia, a la esfera pública. Estas escritoras proyectaron en sus narraciones la imagen que tenían de sí mismas.
Como nos muestran las protagonistas de este libro, en cada caso las motivaciones personales enmarcan el relato. Son, en su mayoría, las de la burguesía trotamundos: huir de la realidad cotidiana, ir en busca de aventuras, lograr la realización personal, escoltar al marido. Entre ellas hay una militante anarquista que escapa de la persecución política. Para unas, la Argentina es el punto de partida. Para otras, el lugar de destino. Sus miradas y sus voces son plurales. El viaje las impulsa a recrear el itinerario en la memoria, para escribirlo, para invitarnos a recorrerlo junto a ellas.

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Lina Beck-Bernard

Claroscuros de la vida en Santa Fe

En la ciudad de Santa Fe, frente a la Plaza de Mayo, a mediados del siglo XIX una casa con mirador replicaba al Arca de Noé. Rodeada por ejemplares de especies ya conocidas y por curiosos especímenes de la fauna autóctona, en ese solar –donde hoy se alza el Palacio de Tribunales– vivía la familia Beck-Bernard.

Las provincias integrantes de la Confederación Argentina habían aprobado en 1853 una Constitución que –inspirada en las ideas de Alberdi– fomentaba la inmigración europea para realizar la transformación productiva del país. A los esfuerzos del gobierno en ese sentido, la provincia de Santa Fe decidió sumar los de agentes particulares. Atraído por la posibilidad de participar del proyecto colonizador, en 1856 Charles Beck creó en Suiza la empresa Beck y Herzog, y un año después se estableció en Santa Fe, donde concretaría la fundación de la colonia agrícola San Carlos. En su experiencia lo acompañarían su esposa, Amelie Bernard, y sus hijas.

En 1824, en un hogar protestante y burgués de Alsacia nació Lina Bernard. Como consecuencia del asesinato de su padre, su niñez alsaciana estuvo signada por la templanza. Su adolescencia transcurrió, en cambio, en la liberal, democrática atmósfera suiza, donde –bajo la tutela intelectual de su bisabuelo poeta– recibió una notable formación: allí estudió latín y griego, ciencias, dibujo e incluso derecho penal. Allí se casó con el holandés Charles Beck y nacieron sus dos hijas mayores, con las que emprendió el viaje a la Argentina.

Lina Beck-Bernard trajo al mundo dos hijas más en Santa Fe y se cree que la temprana muerte de una de ellas en 1861 fue el motivo de que regresara a Suiza antes que su marido. Instalada en Lausana a partir de 1862, se dedicó al estudio de temas sociales –con especial énfasis en la situación de las mujeres– y a la escritura. Tres ensayos expresan sus avanzadas ideas sobre las causas sociales de la criminalidad y sobre sus penalidades: La pena de muerte (1868), Memoria sobre las prisiones de mujeres (1869) y Patronazgos preventivos para las mujeres (1872). La agudeza de su pensamiento se reflejó también en la correspondencia que mantuvo con intelectuales como el novelista ruso Alexander Herzen o con figuras de la política como Giuseppe Garibaldi.

Del propio Garibaldi, y de otros personajes influyentes como Bartolomé Mitre, hizo diestros retratos en Le Rio Paraná. Cinq années de séjour dans la République Argentine. Publicado en París en 1864, el libro ofrece uno de los escasos testimonios que nos permiten conocer cómo transcurría la vida en Santa Fe en el período comprendido entre 1857 y 1862. A diferencia de su marido, Lina no participa de manera activa en el proyecto civilizador que contribuye a validar cuando escribe. Pero sin necesidad de autorización masculina, decide tomar la palabra para narrar lo que observa: la naturaleza y la arquitectura, la vida social y política de la provincia, las costumbres, la religión, la conflictiva interacción de las clases privilegiadas con los indígenas “que permanecerán irreconciliables como lo serán siempre los pueblos desposeídos y los invasores”. Los capítulos funcionan como una especie de muestrario organizado con criterio etnográfico, con abundancia de referencias históricas, detalles e incluso transcripciones que refuerzan su intención documental.

Desde su privilegiada posición social –desde el mirador de su casa–, Lina Beck-Bernard observa los signos de una cultura desconocida en busca de claves para interpretarlos. Observa un mundo en construcción, que debería consolidarse con el triunfo de la cultura republicana y colonizadora sobre la naturaleza primitiva. En su mirada se debaten el imaginario y la existencia. La descripción de lo contemplado convive con la propia experiencia de habitar ese espacio e incluso con la posibilidad de ser ella misma objeto de observación.

Lina es “la señora médica” que con sus gratuitos remedios caseros –ella los venda, Dios los cura– devuelve la salud a “la clase pobre”, que no cree en la vacuna de la viruela, considera incurable la lepra, y que –por convencimiento o por limitaciones económicas– recurre al curandero en lugar del médico.

Ella recibe a cambio su gratitud, “ese elevado don del cielo”. Esta definición de la gratitud revela una perspectiva protestante, que se hace más explícita en otros momentos del libro: “Las mujeres participaban para que admiraran sus hermosas joyas. Los jóvenes, para ver a las doncellas. Los niños, para pelear y fastidiar a todo el mundo. Nadie, hasta donde sé, pensaba en rezar y hacer penitencia”. Con estas palabras describe una procesión religiosa. Del mismo modo, señala que la pompa mundana convierte las celebraciones de la Pascua en una lista de “piadosas saturnales a las que solo la ignorancia profunda, la fe ingenua, la credulidad llevada al extremo, salvan del sacrilegio que por lo demás, parecen constituir”. Para Lina Beck-Bernard la religiosidad colonial es irreverente, frívola e inútil.

En Santa Fe las festividades religiosas –y las cívicas– transcurren al compás de la música interpretada por bandas militares. La existencia de esas bandas revela una curiosa realidad social: “reemplaza a lo que en nuestro país llamaríamos las galeras. Aquí una persona es condenada a cierta cantidad de años de clarinete o fagot del mismo modo que en casa se la condena a trabajos forzados en Brest o Tolón”. Un reo que comete delitos menores es nombrado vigilante. Si el delito es robo premeditado o riña, debe servir como soldado en la frontera con los indios. En cambio, el “ladrón incorregible, malvado y divertido, el canalla que nunca da un golpe, siempre apuñala”, es elegido para la música “y por sus pecados toca en una banda durante tres, cuatro, cinco, seis años o más, según la buena voluntad de sus jueces”.

Lina destaca que “gracias al talento innato de los criollos, indios, negros o mulatos para la armonía”, al oír esa música nada sugiere que los intérpretes estén condenados a tocarla como otros están condenados a la prisión.

A continuación refiere uno de los raros casos en que un delincuente es ejecutado. Aunque no expresa abiertamente su opinión, en su actitud piadosa se percibe el rechazo, que haría manifiesto en sus posteriores ensayos sobre la pena de muerte y los sistemas penitenciarios. De regreso en Suiza, a través de la escritura y de su tarea personal en las penitenciarías para mujeres defendería la función reformadora de la cárcel y la reinserción social.

Lina Beck-Bernard aborda en Le Rio Paraná otro tema polémico: la emancipación de los esclavos. Esta vez, su actitud hacia los criollos es benévola. La alsaciana educada en el recato y la contención de los gestos amorosos valora la afectividad de las “razas españolas”. Esa cualidad, que atempera los prejuicios raciales, suaviza aspectos de la esclavitud, “institución detestable” que no admite matices en Brasil o los Estados Unidos. Su piedad se distribuye entre amos y esclavos. Es solidaria con los patronos porque la emancipación les impone un “alto precio”, y si bien reprueba ciertas actitudes de los libertos, las considera “tristes y degradantes consecuencias de la irresponsabilidad individual y moral de una institución injusta, donde el hombre es una cosa, en lugar de mantener el carácter sagrado de su ser libre, pensante, inmortal”. Su ética le dicta este párrafo.

Más allá de la perspectiva personal, el desarrollo de este tema muestra que la emancipación total de los esclavos y sus hijos se completó en un período de casi treinta años. Y, más importante aún, señalar los trastornos que causó a los amos implica reconocer la fuerza de trabajo que constituían esos esclavos, no sólo en las colonias anglosajonas de América.

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