La Reforma no era una revolución social, sino un movimiento de emancipación espiritual procedente de deficiencias culturales. Al dirigirse el mensaje reformado a gentes alfabetizadas, las conversiones han tenido lugar al principio entre los eclesiásticos y en la población urbana. Los primeros protestantes eran artesanos y obreros, pero también comerciantes, gentes de leyes y oficiales reales. En Lyon, ciudad donde no había parlamento ni universidad para velar de cerca por la ortodoxia religiosa, y donde los talleres de imprenta eran particularmente numerosos, el calvinismo sedujo quizá a un tercio de una población estimada en 60.000 personas. Los convertidos eran bastante numerosos entre los artesanos que vivían en la península, mientras que el barrio de los notables (eclesiásticos y grandes comerciantes), en la margen derecha del Saôna, estaba mucho menos implicado. En Nîmes, el movimiento era más bien popular, y las elites no se unieron a él hasta que tuvo una amplitud considerable. En Montpellier, el núcleo duro protestante estaba constituido por artesanos del textil, del cuero y del hierro, a los que se sumaban gentes de leyes y clérigos. Por el contrario, los labradores, viticultores y obreros agrícolas no fueron apenas atraídos por el movimiento. Esta aversión del mundo de la viña por la Reforma es particularmente visible en Dijon, ciudad donde hubo pocas conversiones.
Los protestantes se reunían discretamente para celebrar su culto a la manera de Ginebra. La comunidad Parísién fue la primera, en septiembre de 1555, en organizarse como Iglesia “establecida”, es decir, alrededor de un pastor permanente y ancianos encargados de la disciplina. En la capital, el movimiento afectaba a los artesanos, comerciantes, libreros y orfebres, pero también a oficiales reales y nobles. En la noche del 4 al 5 de septiembre de 1557, los fieles se reunieron para celebrar la cena en una casa que daba a la calle Saint-Jacques, detrás de la Sorbona. Acabada la ceremonia, hacia media noche, los 400 hombres y mujeres que habían participado en el culto fueron señalados por sacerdotes del colegio de Plessis. El pueblo acudió, armado de palos y encendiendo fuegos. Un hombre fue masacrado por la multitud. Llegó la guardia, y alrededor de 130 personas, entre ellas varias damas de calidad, fueron detenidas. Calvino escribió al rey Enrique II para asegurarle que los protestantes franceses no ponían de ningún modo en tela de juicio su autoridad, y que pretendían solamente servir a Dios.
Enardeciéndose, los calvinistas Parísinos se entregaron a algunas demostraciones espectaculares. Del 13 al 16 de mayo de 1558, a la caída de la noche, 4.000 personas se reunieron en el Pré-aux-Clercs, en la margen izquierda, para cantar los Salmos. Los reformados se dotaron de una confesión de fe y una disciplina redactadas por Calvino, durante un sínodo nacional celebrado secretamente en París en mayo de 1559, que reunió a representantes de las Iglesias del reino.
Algunos grandes señores se convirtieron a partir de 1556 o 1557, como François d’Andelot, lo mismo que su hermano mayor, el almirante Gaspard de Coligny, que seguía la vía trazada por su esposa, Charlotte de Laval. Las conversiones venían a través de redes de parentesco y alianzas, de ahí que las mujeres tuviesen un lugar central en este proceso. Louis de Bourbon, príncipe de Condé, decidió unirse a las filas protestantes por razones espirituales, pero también por afirmarse políticamente frente a los Guisa. Brantôme, que lo describe como un personaje de poca talla, pero vigoroso, de carácter alegre, dice que «en su tiempo, se consideraba a este príncipe más ambicioso que religioso». Tal era la imagen que los católicos se hacían de Condé. Antoine de Bourbon, su hermano mayor, se mostró interesado por el mensaje reformado, pero siguió en el seno de la Iglesia, mientras que su esposa, Jeanne d’Albret (la hija de Margarita de Navarra), se adhirió a la nueva religión en 1560. Su hijo, el futuro Enrique IV, nacido en diciembre de 1553, fue bautizado en la Iglesia católica, pero a continuación su madre lo educó en el espíritu de la Reforma. Jeanne d’Albret legalizó el protestantismo en Béarn en 1561, antes de prohibir allí el catolicismo diez años más tarde.
Si las damas de la aristocracia jugaron un papel esencial en la difusión de la nueva sensibilidad, del lado masculino, el atractivo del mensaje reformado sobre muchos capitanes puede explicarse por su desmovilización al final de las guerras contra España, en 1559, que les impulsó a encontrar una nueva forma de compromiso poniendo su espada al servicio de Dios.
4. Hacia la libertad de conciencia
A principios de marzo de 1560, el joven rey Francisco II firmó un edicto de amnistía para las personas acusadas de «crímenes y casos concernientes a la fe y la religión» que aceptasen volver al seno de la Iglesia romana. Los protestantes ya no eran presentados como herejes, sino como desviados, que se habían dejado engañar por predicadores venidos de Ginebra. El nuevo reinado debía abrirse con un acto de clemencia. Los predicadores quedaban excluidos de estas medidas de abolición. Se trataba de señalar a esos enemigos venidos del extranjero, conspiradores que pretendían destruir el reino. Tal era la orientación querida por la reina madre, Catalina de Médici, y los más moderados de los consejeros reales. Algunos días más tarde, capitanes protestantes intentaron un golpe de fuerza en Amboise. Una represión terrible se desencadenó, pero la política de apaciguamiento no se puso en cuestión.
Un momento decisivo se produjo cuando, en virtud del edicto de Romorantin de mayo de 1560, las autoridades reales se desentendieron de la represión de la herejía, devuelta entonces a los tribunales eclesiásticos. Ya no habría más ejecuciones. En cambio, la monarquía se dedicaría al castigo de las sediciones y asambleas ilícitas, de las que, a sus ojos, eran especialmente culpables los predicadores reformados. Los tribunales reales les juzgarían sin apelación posible. Se trataba de asegurar el orden público a toda costa. El texto, después de largos debates, fue registrado por el Parlamento de París a mediados de julio.
Junto a la reina madre, el principal artífice de esta política era el canciller Michel de L’Hospital. Este jurista, humanista de sensibilidad erasmista, creía posible la unión de todos los cristianos en torno a unos artículos de la fe que tuviesen en cuenta las aspiraciones de los diferentes partidos. Era un “muñidor”, un partidario de la concordia, es decir, de la unión de los corazones en una forma de catolicismo renovado. Pero para poner fin a los conflictos, reclamaba también una justicia rápida y eficaz.
Esta orientación fue confirmada por un nuevo edicto firmado en Fontainebleau el 19 de abril de 1561, que prohibía toda manifestación contraria a la tradición católica, pero también los insultos de carácter confesional: “papista”, “hugonote”, término este último aparecido en 1560 que derivaba del alemán Eidgenossen, y designaba a los Confederados, es decir, a los suizos. Sobre todo, este texto prohibía los registros en casas particulares por motivos religiosos, como se hacía en Ginebra: cada uno podía rezar en su casa a su manera, sin temer ser arrestado. La libertad de conciencia se concedía de hecho. La siguiente etapa, en enero de 1562, sería la libertad de culto.
Lo esencial era conseguir que todos los súbditos del rey viviesen «en unión y amistad», como proclamó un nuevo edicto, firmado en Saint-Germain-en-Laye, en julio de 1561. Se mantenía la prohibición del culto reformado, y las decisiones tomadas un año antes en Romorantin se confirmaban (distinguiendo entre herejía y sedición, la primera la juzgaba la Iglesia y la segunda los tribunales reales). Se insistía sobre todo en la ilegitimidad de toda forma de alboroto o sedición. Estaba rigurosamente prohibido llevar armas de fuego, así como espadas y dagas en las ciudades (salvo para los gentilhombres). Se subrayaba así la voluntad del rey de dar muestras de misericordia y olvidar todas las faltas pasadas. Una nueva amnistía se concedía a quienes viviesen tranquila y católicamente. Catalina de Médici, que sostenía esta posición a su parecer equilibrada, hizo saber a los gobernadores provinciales, sobre todo a los del sur, que había que castigar «a los autores de tales locuras», es decir, a los predicadores calvinistas, como lo merecían.
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