Los ataques contra el Santísimo Sacramento eran considerados por los católicos como particularmente ofensivos, pues el dogma de la presencia real constituía una imagen de la unidad del pueblo cristiano. Para la mayoría de los fieles, Dios estaba cercano y visible, y no lejano e incognoscible por los sentidos como el Dios de los reformados. Cristo era adorado y los santos venerados con ocasión de ritos colectivos que unían a la comunidad.
Por su parte, los protestantes vivían una religión de la palabra y del texto, y no de la imagen o el objeto. Rechazaban las representaciones, y especialmente las imágenes de la Virgen, de los santos y de Cristo. Jesús no era cognoscible más que por el corazón, alimentado por la palabra bíblica, y no por el sentido engañoso de la vista. Las reliquias de los santos no eran para ellos sino objetos de idolatría.
Jean Calvin [Calvino], un joven picardo que marchó a refugiarse en Suiza para escapar a las persecuciones, compuso el texto que debía servir de fundamento a las creencias de los reformados franceses. Su Institución de la religión cristiana, amplio tratado publicado en latín en 1536, luego en francés en 1541, y aumentado después, propone una presentación completa del dogma conforme a la palabra de Cristo. Según él, la sola fe puede guiar a los fieles a la salvación, y esta descansa únicamente en el conocimiento de la Biblia. La tradición eclesiástica, los escritos de los Padres de la Iglesia se consideran añadidos inútiles a un texto que se basta por sí mismo. Las obras realizadas por los fieles no tienen ninguna fuerza de salvación, pues el ser humano, por naturaleza indigno de la gracia divina, no es más que tinieblas, vanidad y mentira. Solo le rescata el sacrificio de Cristo. Por lo demás, Dios escogió como le plugo a los elegidos destinados a la vida eterna y a los condenados a la muerte eterna. El verdadero cristiano no intenta entrar en el misterio de la predestinación: sería sucumbir al diablo y perderse en las tinieblas intentar «entrar en los secretos incomprensibles de la sabiduría divina». El hecho mismo de tener la fe es ya una señal de elección. Finalmente, la fe y el Evangelio son una sola y misma cosa, pues la justicia divina, ofrecida por la palabra de Dios, no es efecto de un juicio que se fundamente en un examen de los méritos y de los pecados: «En lugar de tener un juez en el cielo para condenarnos, tenemos allí un padre muy clemente». El verdadero cristiano vive sin pecado porque es justo, y no al revés. La fe se sostiene mediante dos ceremonias inspiradas en el texto bíblico, los sacramentos del bautismo y de la cena. Esta última, celebrada solamente cuatro veces al año, permite unirse espiritualmente a Cristo por la consumición colectiva de las dos especies del pan y del vino. La misa católica se ve como una ceremonia satánica que pone en tela de juicio la virtud perpetua y perfecta del sacrificio de Jesús.
Calvino apeló al rey Francisco I, a quien aseguraba no solo que los protestantes fuesen cristianos ejemplares, sino que serían siempre súbditos leales y obedientes. La epístola que puso al principio de la Institución terminaba con la esperanza de que el monarca se abriese muy pronto a la verdad del Evangelio: «El Señor Rey de los reyes quiera establecer tu trono en justicia, y tu sede en equidad, muy fuerte e ilustrísimo rey». Pero esa oración podía parecer también una amenaza.
Después de Basilea, Calvino se instaló en Ginebra, luego en Estrasburgo, antes de regresar a Ginebra, donde vivió desde 1541 hasta su muerte en 1564. Trabajó en la edificación de una Iglesia ordenada según un principio consistorial (un consistorio constituido por un pastor, ancianos y diáconos) que iba a servir de modelo a las comunidades reformadas de Francia. Con Théodore de Bèze, formó igualmente pastores encargados de llevar la palabra de Dios. El predicador, ministro con frecuencia itinerante, aparecía a los ojos de la Iglesia católica y del poder monárquico no solo como un hereje, sino como un agitador y un agente del extranjero.
2. Hogueras y mártires
Los protestantes experimentaban el sentimiento de pertenecer a un pueblo elegido, víctima de persecuciones que recordaban a la vez las de los hebreos del Antiguo Testamento y las de los primeros cristianos de la antigüedad. De 1523 a 1560, en torno a 500 personas fueron ejecutadas en Francia (sobre un total de 3.000 en Europa) por herejía o perturbación del orden público relacionada con la cuestión religiosa. En los años 1520, los suplicios eran aún muy raros y se referían sobre todo a religiosos acusados de blasfemar. Fue la publicación de los carteles (placards) lo que arrastró la primera oleada importante de ejecuciones (24 entre noviembre de 1534 y diciembre de 1535). En virtud de los edictos de Fontainebleau (1540), de Châteaubriant (1551) y de Écouen (1559), es la justicia real la que se encarga de la represión, y no ya las autoridades religiosas. La comunidad reformada de Meaux, una de las más antiguas del reino, fue diezmada en 1546: hubo 70 arrestos que dieron lugar a 14 ejecuciones. La represión fue luego particularmente severa de 1547 a 1550, periodo de actividad del tribunal extraordinario de la Cámara permanente del Parlamento de París. Como media, hubo al menos 28 ejecuciones al año de 1545 a 1549, luego 16 de 1550 a 1559, pero hay que subrayar que la mayor parte de los procesos desembocaban en penas de multa honorable, y no en condenas a muerte.
Muy pronto, las víctimas de la violencia real fueron consideradas por los protestantes como mártires de la verdadera fe. La memoria de sus sufrimientos debía mantenerse viva, pues mostraba un camino de constancia y fidelidad. Desde 1554, un Libro de los mártires, publicado por el editor ginebrino Jean Crespin, ha recogido el destino ejemplar de los primeros héroes de la fe reformada. Algunos años más tarde, el pastor Parísino Antoine de La Roche-Chandieu compuso una Historia de las persecuciones y mártires de la Iglesia de París (1563) que cubría el periodo 1557-1560. Estos martirologios describen la constancia de los condenados camino de la hoguera y la alegría que provoca su compromiso en el camino de Cristo. Jesús está en su corazón y su santa palabra resuena en ellos. Ninguno duda, y su fortaleza de alma suscita vocaciones. Hasta el final, cantan salmos traducidos al francés por Clément Marot, provocación insoportable a los oídos de las autoridades. Por eso se les amordaza o se les corta la lengua.
En los martirologios, como en las cartas de Calvino, el pueblo reformado aparece como una elite sufriente sumergida en un mundo sometido a Satanás. Las persecuciones son el efecto del Maligno, que aparta a los hombres de la verdadera fe ocultándoles la verdad de la palabra divina. La Iglesia católica es una institución pervertida incapaz de guiar a los hombres a la salvación. El mal está en todas partes, y los verdaderos cristianos deben combatirlo sin descanso.
La ejecución de Anne du Bourg, consejero en el Parlamento de París, el 23 de diciembre de 1559, fue un momento particularmente fuerte. En la plaza de Grève se reunió una multitud inmensa: el condenado era un gran magistrado que había osado desafiar a Enrique II. El 10 de junio precedente, había cometido la afrenta de pronunciar ante el rey una profesión de fe reformada, y no se había retractado después, contrariamente a varios de sus colegas. Las hogueras no desalentaban las conversiones.
3. La sociedad reformada
En el curso del decenio que siguió a 1550, las comunidades protestantes se desarrollaron de manera espectacular. Théodore de Bèze ha recogido su historia en su monumental Historia eclesiástica de las Iglesias reformadas (1580). El pastor describe el entusiasmo de los fieles que, a pesar de las dificultades, se reúnen para celebrar el culto y cantar los Salmos. Asegura que en enero de 1562 el reino albergaba 2.150 Iglesias reformadas. Es lo que el almirante Coligny, gran señor favorable a la causa calvinista, habría asegurado a Catalina de Médici para que midiese la amplitud de la comunidad protestante y le concediese la libertad de culto. Los historiadores no han identificado más que 648 Iglesias en 1561 y 816 en 1562, que agruparían quizá el 10% de la población del reino (1,5 millones de personas). Es pues una pequeña minoría la que se convirtió, contrariamente a lo que se produjo en el Sacro Imperio romano germánico. El sur, del Poitou al Dauphiné, pasando por la Guyenne y el Languedoc, lo que se llama el “creciente reformado”, vio multiplicarse las conversiones, lo mismo que Normandía. El macizo central y la Bretaña, apartados de los grandes ejes de circulación, estuvieron mucho menos implicados.
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