–Ya lo sabía –mintió Julio–. Mariana fue tu fachada. Era obvio.
Odió al primo que creía saberlo todo y le atribuía un trauma. Odió que ese trauma imaginario justificara tan bien su destino. Odió no haber perjudicado adrede a Ramón. Odió la seguridad que tuvo en su pasado y lo adaptado que estaba a su presente.
–No me podía quedar en México –dijo Ramón–. No podía tener una erección ahí después de esa madriza. Me sentía vigilado en todas partes. Mis padres no saben nada. Son comunistas puritanos. Su exilio no es para maricas.
–El Hotentote no me tocó –ahora era él quien podía sorprender a su primo.
Los trazos de los aviones se disolvían en el cielo. Les llegó la risa metálica de unos niños. Atardecía en Faunia. Ramón parecía incómodo, como si buscara otro agravio para explicar a Julio.
–Tal vez inventé tu secreto para guardar el mío –dijo–. Lo tuyo era peor: lo mío era lo que me gustaba.
–Lo tuyo no era un secreto –Julio volvió a mentir, en tono cortante. Sentía una presión en el pecho–: ¿Qué fue del Hotentote?
–Lo deben haber hecho mierda en la cárcel. ¿Cuántas puñaladas se necesitarán para matar a un gigante?
Julio apreció el cromatismo artificial del parque: los prados color menta, el estanque azul turquesa. Una calma peculiar lo acompañó mientras caminaban a la salida.
Ramón lo quiso lo suficiente para necesitar su secreto y hacerlo suyo. Dibujaron monstruos sin hablar del que habían dejado atrás, hasta que su primo descubrió su propio secreto, en el que no podía incluirlo y que él no intuyó jamás, acostumbrado a ser su satélite, siempre la consecuencia, nunca el impulso.
Habló en tono conciliador:
–Sabía lo tuyo, pero no lo del Hotentote.
Alguien que no entendía nada lo sacó de la maleza. Julio recordó la mezcla de miedo y confianza al ser cargado, la superficie lustrosa del abrigo, los dientes triangulares, las encías abultadas del demente, el envión con que lo depositó en el camino. Tal vez ahí terminó su infancia, o tal vez terminó poco después y sin que él lo supiera, con la detención del Hotentote. El ultraje que no hizo le robó un pretexto a Julio, la herida que podía justificarlo. Y sin embargo, perdió algo real en ese bosque. Nunca dibujó el murciélago que imaginaba.
–El gigante era inocente –insistió Julio.
Ramón quiso protegerlo por una razón equivocada. Ahora hacía alimañas de éxito, España ganaba medallas, el planeta tenía millonarios rusos.
–“La vida es una tómbola” –Julio sonrió.
–Fuiste raro sin que te pasaran cosas raras.
Recordó el epitafio de Dick: “Gemelos”.
Un escolar chocó con Julio. Alguna vez él tuvo esa estatura y alzó las manos. Pensó en el bosque, donde se perdió y fue rescatado. El lugar del monstruo.
Al salir de Faunia el viento le hizo saber que había sudado. Había muy pocas construcciones en los alrededores. La vida apenas se improvisaba en esa zona. Se sintió radicalmente lejos. Lejos de la infancia, la Casa del Exilio, el pasado donde uno dependió del secreto que guardaba el otro. Tal vez la sorpresa merecida al cabo de treinta y tres años era el inexplicable entusiasmo que sentía.
Quiso correr como los niños que subían a un camión amarillo. En vez de eso, tomó la mano de su primo, el gesto de la suerte con que entraban a la cancha.
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