Al gato se le admira por su independencia, su valentía, su prudencia, paciencia, naturalidad e ingenio. Esencialmente es, como nos lo recuerda madame Michelet, un animal noble. No hay mezcla en su sangre, se puede nombrar a cualquier miembro de la familia en un pestañeo. El tigre, el león y el gato doméstico difieren más en tamaño que en apariencia; por eso la originalidad del gato consiste en ofrecerse como una exquisita e inofensiva miniatura de sus hermanos salvajes. Vive como un gran señor, no hay nada vulgar en él. Su delicadeza es fascinante; todos nos hemos preguntado alguna vez cómo puede saltar a una mesa llena de objetos frágiles y posarse con firmeza sin romper nada. Y, como ha señalado Philip Gilbert Hamerton, esto no es una prueba de civilización o pusilanimidad sino, una vez más, evidencia de que ha conservado sus hábitos salvajes. “Cuando evita tan cuidadosamente las copas en la mesa, no se está comportando como un subordinado de la civilización humana sino obedeciendo al hábito heredado del cazador furtivo, la máxima precaución, una habilidad natural de su especie. Sabe que no debe moverse una sola rama si no quiere que el pájaro –ya condenado– se le escape, y sus patas son así de silenciosas para que el ratón no se dé cuenta que viene”.
El señor Hamerton ha captado otro rasgo interesante del gato:
Siempre usa la fuerza que se precisa y no más ni menos, mientras que otros animales actúan bruscamente, con toda la potencia de que son capaces, sin tener en cuenta la falta de necesidad. Un día observé a una gata joven jugando con un narciso. Se sentó en sus patas traseras y con las delanteras daba palmaditas a la flor, primero con una pata y luego con la otra. El capullo amarillo pálido se balanceaba de un lado a otro, sin daño alguno en los pétalos o el estambre. Me pareció evidente que se deleitaba precisamente en la delicadeza del ejercicio, mientras que un perro o un caballo no hallan ningún placer en sus propios movimientos y acometen con fuerza cuando son fuertes, sin cálculo ni proporcionalidad. Esta dosificación de la fuerza respecto de la necesidad es muestra de una cultura refinada, en los modales tanto como en las bellas artes. Si los animales pudieran hablar, como en las fábulas, el perro sería un tipo honesto, franco y contundente, pero el gato tendría el raro talento de nunca decir una palabra de más. El suave revestimiento de las garras y la contractilidad de las pupilas son cristalizaciones de ese carácter. Las garras hostiles son invisibles; siempre listas y afiladas, no se muestran si no hay para qué. La pupila estrechada a plena luz del día no recibe más sol que el que es agradable, pero se expande a medida que cae el crepúsculo y una visión clara requiere una superficie más y más grande. Algunas de estas cualidades gatunas son muy deseables en el oficio de la crítica. Las garras de un crítico deben ser muy aguzadas, pero no perpetuamente prominentes, y el ojo debe poder distinguir la esencia de objetos más bien oscuros sin que lo deslumbre la luz del día.
A algunos la apariencia y obras de los felinos adultos les parecen del menor interés, pero son incapaces de resistirse a la fascinación de los gatos recién nacidos. El gatito es ese irresistible atado de pelo animado, pura osadía y ternura, un comediante que corre locamente hacia nada en particular, o avanza a brincos por el sendero del jardín con la espalda arqueada y el gesto afectado de quien está a punto de cometer una infamia, persiguiéndose la cola, intentando en vano capturar y asustar a su propia sombra, contemplando con curiosidad insectos esotéricos o quedando en trance y encantado con una víbora, como el gatito de Cowper,
Quien, no habiendo visto jamás
En el campo o el hogar
Algo similar, sentose quieto y mudo como un ratón
Solo proyectando su carita bigotuda hacia delante
Y preguntó: “¿Quién eres tú?”.
Donde hay pavos reales, es un lindo espectáculo ver a los gatitos sorprendidos ante su soberbia cola desplegada; corren y saltan como locos en torno de la gran ave mientras esta, furiosa, intenta librarse de esos pequeños demonios. Pero es suficiente con verlos sorber la crema de un platito en la mesa del desayuno, inocentes como querubines, o yacer como bolas ronroneantes de pelo tibio en nuestro regazo u hombro. Los gatos chicos, como algunos bebés humanos, pueden perder algo de su encanto cuando crecen, pero como crías son insuperables. Así, es aconsejable seguir la sugerencia de Oliver Herford:
Acoge gatitos mientras puedas
El tiempo solo trae tristes dejos
Y los gatos pequeños de hoy
Mañana serán gatos viejos.
7Dice Margaret Benson en The Soul of a Cat: “Es rara esa aversión intensa de los gatos a cualquier cosa que uno piense destinar a ellos. Mentu tenía un cesto de su propiedad y un cojín confeccionado por una afectuosa dama, pero si lo metían allí salía saltando como una pelota de caucho. Le gustaba ocupar sillas y sofás, o incluso los tapetes delante de la chimenea. De la misma manera, el gato bien educado demuestra una preferencia inconveniente pero estética por comer en lugares placenteros, incluso si solo estamos ante un té helado y un pan polvoriento con mantequilla en un claro en verano. Los platos no les gustan, el papel de diario menos; lo que quieren es comer pegajosos trozos de carne en una silla mullida o sobre una linda alfombra persa. Sin embargo, si les cediéramos esos objetos para su uso personal se moverían a otro lugar. Por lo tanto la controversia es interminable”.
8De todos modos, su capacidad para trepar y saltar les da una clara ventaja a la hora de cazar y de escapar de sus enemigos. Es un hecho curioso, sin embargo, que los gatos que trepan hasta alturas considerables con frecuencia se rehúsen a descender de alturas más modestas. El mayido lastimero de un gato en un árbol, adonde ha subido huyendo de un perro, o en una ventana de un segundo piso, es un espectáculo común. A veces, su rescate se convierte en un asunto internacional e incluso se ha considerado conveniente llamar a los bomberos. Recordemos que una caída desde cierta altura es un asunto serio para un gato. A pesar de la superstición popular, no siempre cae parado y es probable que se rompa la espina dorsal.
9Madame Michelet no es de la opinión de que los juegos del gatito sean todos un aprendizaje para la caza: “Un mundo de ideas, de imágenes, despierta primero en él, imágenes que no son de presas. Eso vendrá, pero más tarde. La primera atracción para los gatos nuevos, como para un bebé, es por aquello que se mueve. Parece que esta vida de los objetos engaña a su inmovilidad. Ambos siguen los movimientos con un ojo al comienzo indeciso, pero pronto cautivado. El bebé quiere aferrar la pelota suspendida sobre su cuna y el gatito persigue a su sombra en la noche. Tigrine mostraba un gusto muy vivo por estas siluetas, que tenían a sus ojos mayor realidad que el objeto mismo”.
10En la Edad Media, era costumbre atarlos a las ventanas de las viudas que volvían a casarse, para indicar su lascivia. La gata se opone al matrimonio. Aceptará uno, dos, tres amantes, tantos esclavos como sea posible, pero nunca a un tirano.
11El léxico del criador de gatos es poético. Cuando lleva a una hembra a aparearse con un macho el evento se llama “visita”, y el acto del macho, “firma”.
12A veces los gatos consideran ciertas sillas como de su propiedad y no permiten que perros ni humanos las usen. He observado a uno pasar por el salón y expulsar a cada ocupante de su silla. Su método era simple. Pesaba seis kilos y se deslizaba hasta posarse entre el respaldo de la silla y la persona sentada.
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