Arantxa Comes - El don de la diosa

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El don de la diosa: краткое содержание, описание и аннотация

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Un mundo amenazado por una Diosa. Una sociedad sometida y dividida por ideologías. Una reina cruel dispuesta a todo por hacer prevalecer su poder. Y dos hermanos separados por un sistema injusto.Tristán busca a la Diosa para conseguir la redención de la humanidad. Amaranta pretende acabar con la tiranía del sistema político en el que viven los ciudadanos del país de Erain.Dos aventuras llenas de peligros, en las que el amor, el descubrimiento de la verdad y el encuentro con uno mismo serán cruciales para tratar de salvar a una humanidad condenada por su egoísmo. No son los primeros en intentarlo, pero son la última esperanza.

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Mierda. ¿Quién me ha visto desnuda? Y no por el hecho del desnudo, sino por mi secreto. Mi cruel secreto que solo saben unos cuantos. Y mejor si se queda así. Sin embargo, temo que Levi o Gala lo hayan descubierto y que mis amigos no hayan tenido más opción que contarles lo que me sucede.

Decido indagar. Mi grupo duerme conmigo. La habitación no es muy grande. Lars y Keira descansan juntos en una cama, Iggy está recostado en un sillón con la boca entreabierta y los auriculares puestos. Percibo el rumor de la música que escucha. Y Agatha está recostada sobre mi cama con un dedo entrelazado entre las páginas de un libro que reposa, aún abierto, sobre la colcha.

Cierro la novela y, con cuidado, acomodo a Agatha en la silla. No parece tener un sueño muy confortable y si intento moverla hasta mi cama, se despertará. Y yo quiero hacer la incursión en Bun sola.

El piso es de piedra sólida, así que me ahorro parte del cuidado, porque es casi imposible hacer ruido. Me calzo las botas polvorientas y salgo de la habitación. Me doy cuenta de que estoy en el comedor en el que he desfallecido antes. En una cama destartalada duermen Gala y Noah pacíficamente. Solo hay dos estancias en toda la casa, a pesar de que el edificio parece más grande desde fuera.

Cruzo el cuarto, directa hacia la puerta principal. La abro con cuidado y la cierro tras de mí con más tiento todavía. Me vuelvo triunfante al exterior de Bun y, de pronto, tropiezo contra un cuerpo. Consigo mantener el equilibro, pero se me corta la respiración al encontrarme con los enormes ojos verdes de Levi.

—¿Qué haces aquí fuera?

—Necesito aire fresco —contesto, rápida, intentando sonar sincera.

No cuela, porque Levi enarca una ceja. Sin embargo, no me reprocha mi huida, más bien, da media vuelta y se sienta en una enorme roca que linda con los límites del camino. Lo sigo, esperando que rompa el silencio. No hemos empezado con buen pie y necesito que nos llevemos bien para que destruya el dichoso mapita.

Hay hueco para ambos, así que sin pedir permiso me coloco cerca de él, cruzando las piernas. Lo observo. Trato de averiguar qué pretende, por qué no me regaña, qué es lo que pasa con él en un lugar como este.

—¿Vas a contestar a todas mis preguntas? —suelta, de repente.

—¿Qué te hace pensar que me voy a abrir en canal para ti, sin ninguna razón? —me defiendo.

Él se vuelve hacia mí. El rubor anaranjado del ambiente arranca de su cabello rubio ceniza destellos dorados y castaños, como si fuese un árbol deshojándose en otoño. Las manchas de su piel parecen más oscuras en contraste con la noche cerrada. Toda la intensidad que emana me golpea, pidiéndome que sea legal y honesta.

Aunque los retazos de una confianza casi ciega van posándose sobre mi inseguridad, Levi no puede esperar de verdad que le cuente todos mis secretos sin reparos solo porque nos haya acogido. El trato no es este.

Lo peor de todo es que intuyo por qué me hace esta pregunta tan súbita, y el miedo me atenaza. ¿Hasta qué punto mis amigos le han contado sobre mí?

—La has visto, ¿no? —tanteo.

—Agatha ha necesitado ayuda para estabilizarte. Dado que soy alquimista, la persona con más conocimientos para ello de entre todos era yo. Pero no pasa nada, Amaranta. Apenas queda alguien sano. Lo único raro es que la infección no haya debilitado tu corazón enfermo hasta el punto que… —Me señala el pecho. Calla—. Era tu vida o tu secreto.

Suspiro. No me importa que sepa que estoy infectada, ni siquiera que sepa que sufría del corazón. Lo único que no deseo es que se entere de por qué sigo viva, pese a esta infección.

—Entiendo. Yo hubiese hecho lo mismo por cualquiera de ellos.

—Siento curiosidad por lo que te pasa…

Me molesta que Levi no tenga reparo en seguir indagando; que no cierre la boca y lo deje estar.

—¿Me vas a coaccionar para ser tu conejillo de indias?

—¿Qué? No, Amaranta. —Frunce el ceño—. Solo quiero entender cómo funcionan los milagros de la Diosa. Cómo algo tan puro, si es usado por los humanos, puede afectarnos así —se palpa las manchas grises del cuello—, infectarnos hasta este punto. Condenarnos a morir.

—Lo entiendo, pero soy como todo el mundo. Nada me diferencia.

Nos sostenemos la mirada, enfrentando nuestros sentimientos, ocultando los secretos más sangrantes. Termino por dirigir mi atención de nuevo al frente, cansada de no poder confiar en alguien. Debilitada por sentir que mis amigos y yo cargamos con un peso que, al final, nos aplastará si nadie nos ayuda.

—Antes te he juzgado. —Parece una disculpa, pero no llego a creerme del todo su tono—. Te he atacado con tantas pullas, porque casi parece que es la única manera de protegerse hoy en día. —Carraspea, y noto en su voz una nota de vergüenza.

—Punto para el señorito —le espeto, ofendida.

Junto las piernas desnudas y me las abrazo, impotente. Levi se acerca a mí. Su codo desnudo roza el mío y siento su calor. Cómo echo de menos a Nil y su manía de apoyar su frente en mi espalda. Lo echo tanto de menos, a él y a los demás… Me trago el recuerdo emponzoñado. Y, sin advertirlo, Levi apoya una mano sobre mi cabeza. No me muevo, pero él tampoco reacciona con ningún movimiento más. No resulta del todo incómodo, pero esa acción por su parte me desestabiliza por completo pese a que yo soy más buena con los gestos que con las palabras. Y, extrañamente, en este instante, necesito el contacto de alguien que no me conozca. Una persona que, aunque me haya juzgado, sea capaz de retractarse y ver más allá de mí. Más allá de mi pasado.

—Siento haberte presionado, Amaranta. Es solo que estoy harto de esto. Harto de Bun y de tener que ver a mi madre y a mi hermano malvivir. De presenciar la muerte de todos los habitantes de esta maldita ciudad…

La desesperación y yo también nos hemos encontrado más de una vez. Puedo perdonar su falta de tacto.

—Huye.

—No podemos. Si hay algo peor que ser un esclavo de Bun es ser un prófugo. —Suspira.

Aparta la mano con precaución. Cuando el frío acaricia los mechones despeinados de lo alto de mi cabeza y me enfría la piel, suspiro añorando que su calor hubiese permanecido unos segundos más.

—Algún día seremos libres, Levi. —Me vuelvo hacia él—. Hay que seguir luchando, aunque duela. El mal no vence porque el bien le aguanta el pulso al otro lado de la mesa. Mientras alguien tenga la fuerza suficiente para sobrevivir, hay esperanza.

—Si destruyen esta sociedad, el poder corrupto cae. No se puede subyugar a la nada —musita Levi.

—De las pocas cosas de este mundo de las que somos motor, también somos responsables.

El alquimista cierra los ojos y, por un momento, su mandíbula se tensa con un pequeño tirón. Me reconozco en la tensión de sus hombros, en las arrugas de expresión que se marcan cuando frunce el gesto y en el brillo de sus ojos cuando habla de un futuro mejor. Tal vez no me esté equivocando.

—De nuevo, lo siento —dice de pronto, sacudiéndose las perneras del pantalón, mientras se incorpora—. No tenemos por qué saber nada el uno del otro. Al fin y al cabo, os vais mañana. Enséñame qué tengo que destruir. Ahora mismo lo hago y podéis seguir vuestro camino sin más.

El cambio de tercio del alquimista me sorprende. Me vuelvo hacia él, desasiéndome de mi abrazo, confundida.

—¿Levi?

Me mira de soslayo y su gesto desarma; parece un niño perdido. Prefiero el silencio a su brusquedad. No entiendo qué he hecho o dicho para que Levi reaccione así, sin embargo, el alquimista aprieta los labios y se dirige hacia su casa. Lo sigo hasta dentro del edificio. Se detiene frente a los fogones de la cocina, que está integrada junto al salón, y pone a calentar agua.

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