Guadalupe Nettel - Los pelos en la mano

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Quizá la crudeza de la realidad vivida a partir de la degradación social y política padecida en las últimas décadas, ha impulsado en escritores jóvenes un notorio interés por tratar las calamidades que subyugan nuestra contemporaneidad. Los escritores que integran esta antología, todos nacidos en la década del setenta, seis hombres y seis mujeres, y todos con una obra ya consolidada pese a su corta edad, abordan la situación actual de México y sus problemáticas sociales y políticas. La idea de una antología como Los pelos en la mano, primera en su tipo en la tradición narrativa mexicana, es precisamente dejar constancia de este nuevo rasgo temático común que caracteriza a esta generación y que, de algún modo, los hace converger dentro del panorama actual de la narrativa mexicana.

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—Quédate, hombre —dijo él, empujándola con suavidad al sillón— aunque sea para reírte de mi ropa, de mi forma de vestir.

—Siempre útil, tu forma de vestir —dijo ella, sin oponer resistencia.

La sentó y se puso a su lado, con cuidado de no estorbarla o hacerla sentir inquieta y con ganas de irse nuevamente.

—Qué pasó con Almudena, dime.

—Pues que se murió, Cristo…

Él guardó silencio. Eso lo había aprendido de la propia Milagros. Esperaba callada que los demás llenaran el vacío. Solían hacerlo con sus propias cosas, sus intimidades y sus miedos. Eso le permitía manejarse con más habilidad, aprender algo de esa gente que quería comprarle distintas drogas. Con esas palabras, entendía si estaba frente a alguien que querría abusar, que deseaba morir, que buscaba disfrutar o experimentar. Eso era útil para su negocio.

Uno junto al otro escucharon el sonido de sus cuerpos crujir en el sillón de piel. Se movían con cuidado, para que los crujidos no fueran tremendos: no querían que sonaran a algún desahogo corporal. Ella juntó de nuevo las rodillas, muy apretadas una contra la otra y se giró para verlo a los ojos.

—Almudena fue adicta al alcohol casi desde siempre. Y yo adicta al sexo. Algo genético habremos traído, porque nuestros padres… Ni mi papá ni mi mamá son así, ¿me explico? Ahora mismo siguen sin entender qué pasó, cómo les pasó esto a ellos. No está en su mundo o en su capacidad. Éramos tan jóvenes cuando empezamos. Y Gil nos mantuvo siempre alejadas de la droga. Nos dio a probar, pero nos tuvo vigiladas. El alcohol no le parecía tan grave si sabíamos manejarlo. También eso nos enseñó.

Cristóbal asintió, como si todo lo que escuchaba fuera lógico y claro.

—¿Te acuerdas de los niños de Careyes? Eso fue grande. ¿Cuántos años fuimos allá, a pasar el fin del año? Tú menos. Pobre Cristo, eras morralla. Nosotras no. Y ellos, unos tarados. Ya hay dos o tres que tomaron la rienda de las empresas de su papá, otro que anda buscándole a la política y, para como son las cosas, será gobernador. ¿Te imaginas el horror? Eso va a ser una cosa pésima. ¿Y se acordarán de ti? Probablemente.

Él no se inmutó. Era su papel, por el momento. Callar, escuchar. Aceptar lo que le tocaba.

—Yo cuidé su manera de beber, Gil también. La mandaron a desintoxicarse. ¿Crees que alguno de mis papás preguntó por qué se iba tanto tiempo, ella sola, sin decir a dónde y sin visitarlos? Claro que no. Nunca entendieron nada. Nos daban libertad, al principio. Luego vivíamos solas. Cada quien hacía lo que quería y los veíamos de vez en cuando, un ratito, para comidas o desayunos. Las noches eran un privilegio, ahí no les tocaba vernos. Pobres, la verdad. Los compadezco un poco ahora, que perdieron una hija. Mi madre está desolada, no sabes la cara que tiene. Y no sabes la cara que tenía Almudena cuando se murió, los últimos días. No sabes. Los ojos. Mira mis ojos y piénsalos vacíos, como huecos, como llenos de restos de cal o cemento. Algo así.

—¿Por qué fueron ellos al funeral? —la pregunta era un riesgo que podía tomar ahora que Milagros se había soltado un poco. Preguntaba por el hombre que se las había adueñado.

—Porque… No sé. Por hijos de puta, supongo. Gil la quiso, sin duda. Pero han visto tantos muertos en su vida… ¿Crees que se asustan? Claro, igual ahora les pegó más. Los años de conocernos. Tanto tiempo haciendo negocios juntos y entramos ahí por ellos. Y te digo, había cariño.

—¿Y los otros?

—¿Quiénes? ¿Los clientes? ¿Los que pagaron para que yo tuviera una casa y cosas que me gustan? Ah. No. Ninguno sabe porque hace ya un par de años, más… Más, ahora no sé cuántos, que nos salimos del tema. O sea, del tema con ellos. O del tema como tú lo conociste.

—¿Eso se puede?

—Tú, por ejemplo. ¿Te jodimos para que te quedaras?

—No, pero pensé que era por Almudena.

—Vamos a suponer que te quiso como tú deseas que te haya querido, Cristo. Vamos a dar eso por hecho. Aún así, ¿de qué vivía mi hermana? ¿De qué vivíamos las dos? Esos son vacíos que hay que llenar cuando uno quiere hacer el rompecabezas. Es una organización. Siempre hay alguien que te protege —guardó silencio unos momentos, inhaló hondo y resopló un poco antes de decir: —Gil. En nuestro caso, fue Gil. Ya había entrado a donde quería, ya tenía una clientela armada, ya conocía movimientos y movidas. Llegó un momento en el que servíamos para otras cosas. ¿Sabes de qué hablo? ¿Tú crees que la droga es lo único que funciona ahí? No me decepciones, Cristo. Eres mucho más listo que eso.

Cristóbal se removió, incómodo. Esa franqueza era como si las gemelas unidas se le hubieran lanzado encima. Se sintió inocente, un poco perdido.

* * *

Le costó trabajo imaginar lo que imaginó, ponerlo en una secuencia lógica en su cabeza. Milagros le estaba hablando actos que le parecían imposibles, de crímenes atroces. Si la volteaba a ver, la realidad se le presentaría. Vio la alfombra y descubrió en ella manchas que eran, sin duda, viejas.

Así que él era cómplice de algo más grave que la distribución de droga, el sexo más o menos irresponsable, el alcohol a deshoras. Seguramente, lo habían visto como a un niño de pecho. Les había despertado ternura y tal vez por eso Almudena le prestó su cuerpo y se atrevió a ser casi cariñosa. Porque, para él, se trataba de entrar cada vez más en el círculo de los ricos. Y no entendía por qué cambiaban de unos a otros y a otros más. En la ciudad de México: Pedregal, San Ángel, Polanco, Las Lomas, Santa Fe… Algunos sitios aislados en la Condesa, Roma… Eran las colonias buenas, elegantes, dignas. También iban a Monterrey, Guadalajara, Mérida, Puerto Vallarta, Careyes, Ensenada y sus alrededores. Tocaban base aquí y allá y regresaban a la ciudad. Casi siempre eran círculos ya constituidos de jóvenes descarados, con casas de fin de semana o de veraneo. Las invitaban como compañía a Bogotá o a Madrid, a Woodlands o Vail. Él no iba a los viajes internacionales, no. Se quedaba en su casa, extrañándolas y pensándolas. Tampoco las veía tan seguido: una vez al mes, a veces cada dos meses. Y, en ocasiones, pasaba con ellas dos semanas enteras o más, compartiendo la intimidad que permitía la fiesta. Pero sentía que formaban parte de un núcleo cerrado y no se atrevía a tener una pareja porque se creía comprometido con Almudena.

—Cristo, no me hagas pensar mal de tu inteligencia… Tanto rato callado. No es tan difícil de entender. Ni la muerte.

“Cristo”: ése apodo venía de Almudena, claro. Limpiaba su nombre de cualquier antepasado explorador y lo convertía en algo de culto y de dolor. Un Cristo.

Se rió, con una risa auténtica que se le escapó como si fuera un error. Claro. Eran tan simple. O tan complejo pero obvio. Y estas dos. Una bebía a escondidas. La otra seguía acostándose con un hombre que la había seducido cuando era apenas una niña, cuando el tipo tenía una edad en la que convertía ese acto en un delito. Y las dos habían cedido a esa especie de padrote que les controlaba el cuerpo y las cuentas. Pues sí, una organización de la que él había formado parte involuntaria.

Extendió una mano para tomar la de Milagros que, por una vez, no lo rechazó. Era una mano suave, carnosa, tibia. Una mano que invitaba al cariño y al contacto más profundo. Volvió a reírse y ella se giró para verlo, con una sonrisa dibujada en los labios, quizás comprendiendo lo que él estaba viendo apenas.

—Pero todo era tan sencillo, tan fácil…

—Sí. Eso parecía, ¿no? Era todo el chiste. Oye, fuimos profesionales.

—Sin violencia, ¿verdad…?

—¿Nosotras? No, somos incapaces de la violencia. Éramos, éramos.

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