Guadalupe Nettel - Los pelos en la mano

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Quizá la crudeza de la realidad vivida a partir de la degradación social y política padecida en las últimas décadas, ha impulsado en escritores jóvenes un notorio interés por tratar las calamidades que subyugan nuestra contemporaneidad. Los escritores que integran esta antología, todos nacidos en la década del setenta, seis hombres y seis mujeres, y todos con una obra ya consolidada pese a su corta edad, abordan la situación actual de México y sus problemáticas sociales y políticas. La idea de una antología como Los pelos en la mano, primera en su tipo en la tradición narrativa mexicana, es precisamente dejar constancia de este nuevo rasgo temático común que caracteriza a esta generación y que, de algún modo, los hace converger dentro del panorama actual de la narrativa mexicana.

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—Exacto —dijo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. —Nunca sabremos si tu hermana me dejó un recado de amor, una larga carta guardada en su disco duro. No sabremos si pensaba todavía en mí, ¿no? Capaz que sí. Capaz que fui el amor de su vida.

—Capaz —dijo Milagros, preparándose para salir de ese departamento.

* * *

—Antes de que te vayas —dijo él, tomándola de un brazo, reteniéndola.

—¿Qué?

—¿No hubo nada que pudieran hacer?

—Ay, Cristo —Milagros suspiró con cansancio—: Almudena se quiso morir. Supongo que todos queremos eso, un poco. Casi nadie lo logra. Ella lo hizo muy bien, ¿no crees? No podíamos hacer nada.

—Ni con la nueva organización, ni con tanto dinero…

—Cristóbal, no sé de qué estás hablando, de verdad.

—Milagros…

Ella avanzó hacia la puerta, liberándose con suavidad de la mano que la apresaba.

—¿A qué viniste?

—A anunciarte la muerte de un ser querido —dijo ella con seriedad, como si estuviera leyendo un parlamento. —Porque tú querías a mi hermana, ¿no? La quisiste. Tal vez yo también. Y es posible que ella nos haya querido a los dos, a su modo. Ya hablamos de esto. Ya me voy. Estoy cansada porque los muertos usan siempre horas jodidas del día, son muchos trámites. En fin.

—Quédate aquí… Nos hacemos compañía.

—No me hagas reír, Cristo. ¿Compañía? No mames. ¿Qué compañía me vas a hacer tú, por amor de Dios? Anda, no hagas caras. Ya nos acompañamos en la vida, antes.

—Todavía tengo cosas que decirte.

—Estoy segura de eso, segurísima. Y si me quedo hasta yo tendré cosas que decirte. Pero no quiero quedarme. Tengo ganas de treparme a un avión e ir a la playa. O ir a cenar delicioso, sola.

—¿Hay muchos más muertos?

—No entiendo…

—¿Hay más muertos, del círculo? ¿Se murió mucha gente mientras yo estuve ahí, con ustedes? O sea, en lo que nos movíamos de una casa a la otra y con nuevos grupos y eso, ¿se murieron muchos, de los que dejamos?

—Lo normal, Cristo. Como se muere la gente.

—¿Yo participé directamente en esas muertes?

—¿No querías cambiar el mundo, cuando nos conocimos?

—Era la edad…

—Bueno, cambiaste el mundo a tu manera, Cristóbal.

—No me acordaba bien de ti, la verdad.

—Yo también cambié el mundo a mi manera. Almudena… Todos. Fue lo que fue. Así son las cosas. Tú estás bien, estás sano, tienes este departamento, tu taller. ¿Qué más puedes pedir?, ¿qué más quieres? Yo soy lo que siempre he sido, desde que nos conocimos.

—Eran perfectas, para mí. Todo era perfecto. Fluía, era delicioso. Era lo que se sueña, a veces.

—¿Ves? A eso me refería hace rato. Pero no importa ya. No le des vueltas. Déjame ir, despídete tranquilo de la vida que viviste, ¿no? Eso deberíamos hacer todos, despedirnos en calma de la vida.

—No como Almudena…

—Sí, no como ella.

—Entonces te vas…

—Fue un gusto verte, Cristóbal. Reencontrarte. No sé ni siquiera cómo fue que decidí marcarte, pero ya ves. Qué bueno que sigues teniendo el mismo teléfono. Me hubiera dado coraje no verte, no darte yo esta noticia. Pero ya está.

Él asintió, con la mirada baja y una sonrisa a medias formándosele en la boca. Dijo:

—¿Y ahora qué?

Ella se encogió de hombros, parecía más cansada que antes. Seguramente harta de que la retuvieran con preguntas, de tener que seguir ahí.

—Ahora nos damos un abrazo, antes de que me vaya.

Cristóbal sabía que no se verían más. Que ésa era una despedida por fin, una verdadera y, como ella decía, con calma. Se estaban despidiendo de la vida que habían compartido, al menos de manera fragmentada. Ella, bien vestida y perfumada, seguía con una existencia que le parecía mejor que la suya propia, envidiable: como había sido antes, años atrás. Milagros se iría llevándose puesto el cuerpo de Almudena y la idea misma de esa otra mujer. Él dio un paso para abrazarse a ella, para tenerla cerca y olerla otra vez. Al tocarla, percibió su propio olor, rancio, a ropa húmeda. Vio su departamento con la nuca de la gemela bajo su barbilla y su cara recargándosele en el hombro; tenía frente a sí un panorama marrón, desencantado y sucio. Eso era él.

—Que te vaya bien, Milagros.

—A ti también, Cristo. A ti también.

—¿Estamos bien, no? No debo nada.

—Nada. Estamos muy bien.

La acompañó a la puerta y la vio caminar con un movimiento suave en las caderas, en las piernas que se veían fuertes a pesar de la vida que habían llevado.

Cerró la puerta del departamento, cerró también las persianas, volvió a su habitación y se metió en la cama, a sabiendas de que la noche estaba por caer y podría dormir a su antojo.

ø ø ø

Julieta García González

Nació en Ciudad de México en 1970. Es narradora, editora y articulista. Ha sido colaboradora de distintos medios en México y el extranjero como articulista y periodista. Su trabajo aparece en más de 30 antologías literarias. Es autora de la novela Vapor (Joaquín Mortiz, 2004), de los libros de cuentos Las malas costumbres (FCE, 2005) y Pasajeros con destino (Cal y Arena, 2013), así como del libro para niños El pie que no quería bañarse (SM, 2012). Su más reciente novela es Cuando escuches el trueno (Random Literatura, 2017).

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