[Gustavo Sainz - Compadre Lobo

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Novela sobre la aventura de iniciación, del aprendizaje, festiva y dolorosa a un tiempo. El narrador participa como actor y autor al recuperar el pasado del grupo en general, y la figura de Lobo, el héroe urbano y nocturno, en particular. La noche le ofrece a Lobo la ocasión de descubrir sus neurosis y sus talentos. ¿Es el amor una batalla y los amantes frenéticos guerreros? Todavía es posible contar una historia de amor? En las noches de la ciudad de México, noches que generan sus propios peligros y sus nuevos mitos, dos hombres y una mujer se enfrentan, en una sucesión de vertiginosas escaramuzas, a todos los papeles que les ofrece una sociedad periclitada: amigos de infancia, compañeros de borracheras implacables y orgías sorprendentes, cómplices callejeros, esposos de develan su intimidad con desenvoltura poco común o picaros adúlteros, dueños de un cinismo y una ironía devastadora. A su alrededor un mundo de divertidas e inolvidables comparsas: la abuela de las doscientas enaguas, el boxeador que siempre perdía, el que bebía como campeón el librero emigrado, feroz y anticlerical, pero comprensivo y cómplice, el falsificador de arte prehispánico, el profesor de química, el pintor homosexual, el crítico de artes plásticas y las mujeres reales que se envuelven imaginarias. La narración se desenvuelven entre una épica lumpen y la frescura especulativa de un discurso dramático en un mundo que no es dramático. ¿Para que enamorarnos? ¿Es ley de vida la que nos exige estar enamorados? Esta novela propone algunas respuestas tan posibles como inimaginables.

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Una vez cargó al nuevo bebé en la espalda sujetándolo con un rebozo, como hacen las indias, y se puso a trapear la recámara de su madrastra. La cama era de latón, muy alta, y ella la cruzaba por abajo sin dificultad. Se olvidó del niño y de pronto se atoró, jaloneó hacia delante y oyó un ruido de castaña asándose que se revienta. El bebé resoplaba como una locomotora, cada vez menos encantador. Lo acostó en la cuna cubriéndole el golpe con la capucha de su chambrita, mirándolo de hito en hito. Nunca supo si sonrió o se quejaba. Se escondió en el sótano disfrazándose de pieza de vitrina, satisfecha de ser tan flaca y desalmada…

Amparo Carmen Teresa Yolanda tenía los brazos muy delgados y sus hermanas la obligaban a hundirlos en los frascos de cajeta. No podían sacarla de otro modo: no era posible voltear los frascos y no dejaban cucharas a su alcance. La crucificaban con los brazos embarrados de dulce y la lamían todas, hasta el gato, chupaban y chupaban, y a ella le gustaba. No podía servir para otra cosa ni sabía qué deseaba. Volvía sus enormes ojos hacia los brazos y veía las lengüitas ávidas, las lenguas rojas, obscenas. Eran sus hermanas infinitamente pícaras y abusivas, sonriendo felices e hipócritas, relamiéndose como cachorros. ¿Como cachorros? Entonces ella debía ser como una perra… Le intrigaba sentirse bien.

Las despertaban a las cinco de la mañana. Se paraban muy firmes a un lado de las camas y cuando su madrastra asomaba gritaban al unísono:

—¡Viva Jesús!

Leían la Biblia a la hora de la comida y a ella le encantaban las batallas y las venganzas…

Los domingos las llevaban a misa de seis. La iglesia tenía tres altares y cuando el padre terminaba los ritos en uno, entraba otro sacerdote y empezaba en otro. Su madrastra se emocionaba y permanecía allí hasta la una o dos de la tarde, arrobada en éxtasis místico, y ellas enloquecían de hambre, pues las llevaban sin desayunar. De una misa se colgaban a otra y a otra y a otra y Amparo Carmen Teresa Yolanda acabó por llevar revistas. Nada más se hincaba en el momento de la consagración y cuando comulgaba. Todo el demás tiempo:

—Dios mío, perdóname… —y se ponía a leer azorada por la gravedad de la bóveda y los colores de los vitrales.

Cuando se confesaba los sacerdotes la perdonaban o cuando mucho le hacían rezar tres padres nuestros y tres aves marías. La iglesia era su salón de lectura…

En la escuela se organizaban kermeses a las que nunca iba. Una vez su madrastra le prometió durante la comida que podría ir si terminaba con su carne. Sus hermanas le arreglaron un vestido de fiesta lleno de gasas y listones, rizaron sus cabellos, le esparcieron diamantina en las mejillas y le implantaron una estrellita plateada en la frente. ¡Parecía una reina! Cuando su madrastra volvió de sus ejercicios espirituales sonrió por encontrarla así, la tomó de la mano y la llevó hasta un espejo:

—Mira qué bonita estás —zalamera—, pero tú, como vas a ser una santa —le hablaba como si fuera retrasada mental—, vas a ofrecer tu belleza al creador y a renunciar a los bienes del mundo ¿verdad? De manera que no irás a esa fiesta…

No podía responder ni preguntar nada.

—Reza conmigo…

Hizo pedazos el vestido, se golpeó contra las paredes, rasguñándose. ¡Nunca había ido a una fiesta! Tomó a escondidas una caja de veneno para ratas y otra con chiclosos. Hundía los dulces en el trigo rojo, los mascaba y volvía a llenarlos de veneno. Quería morirse un poquito, que amaneciera y la encontraran agonizante, toda torcida. Pero al primer espasmo se asustó tanto que empezó a llorar como si estuviera en juego su razón… La llevaron a la Cruz Roja. Estaba trabada y tuvieron que romperle los dientes para lavarle el estómago…

En el patio de la escuela, durante el recreo, nos rodeaban jetas desconocidas.

—Están validos a maravilla —afirmaban, sedientos de poder.

A partir de ese momento, si nos descubrían y señalaban maravilla, teníamos que inmovilizarnos completamente, hasta nueva orden, so pena de perder una ración de pan. Amparo Carmen Teresa Yolanda le llegó a deber a un jefe de grupo, que era un muchacho igual a nosotros, cuarenta raciones de pan. Llegaba la hora del desayuno y ya estaba allí, furunculoso y rapaz. Teníamos que cederle nuestra chilindrina y quedarnos con frijoles y café con leche. Todo ocurría vertiginosamente en la penumbra del ruidoso comedor. Íbamos entonces a la mesa de sobrantes, adonde recluían a los muchachos que se habían inscrito tarde, y nos sentábamos allí y nos daban de desayunar nuevamente. Ella escondía su pan para mordisquear en la hora del recreo, pero el verdugo terminaba por descubrirla.

—¿Quiúbo? ¿Cuántos me debes?

—Pues te debo treinta y ocho…

—Ya nada más treinta y siete —y se lo arrebataba, igual que a otros de nuestro grupo. Y claro que no podía comérselos todos: pisoteaba las piezas de pan, las arrojaba por encima de la barda, las colmaba de escupitajos.

Estábamos en clase y Lobo me hacía pedir permiso para ir al baño. Después me alcanzaba. Había vidrios rotos en muchos dormitorios, inclusive en el de las mujeres, porque era una escuela mixta, y allí nos metíamos. Todo parecía nuevo, pues los mismos alumnos se encargaban de la limpieza. Todo estaba limpio y ordenado. Allí, enroscados como fetos, caminando en cuclillas, como ranas hemipléjicas a lo largo de todo el pasillo, nos cagábamos y batíamos la mierda con ayuda de una regla, una almohada o algún crucifijo, gimiendo desafiantes. Salíamos con sonrisitas solapadas y regresábamos a clase.

Nos formaban frente al astabandera.

—¿Quiénes son esos enfermos que se cagan? Nada más que los encontremos… —Y otras expresiones del hampa cinematográfica.

Lobo sugería:

Ahora en el de las viejas ya no, ahora vamos a cagarnos en el nuestro, así menos van a pensar que somos nosotros…

Volvíamos a pedir permiso. Los dormitorios permanecían cerrados porque se perdían las cosas, pero nos ingeniábamos para entrar sin ser vistos. Teníamos además que volver, si no, el juego era imposible.

—Órale, tú cágate en la sección…

—¿Deveras?

—Ahora nos cagamos en la cama del maestro…

Hacíamos tiras las sábanas, desfondábamos los colchones, las almohadas. Pero en pleno aquelarre preveíamos el reflujo de las aguas y volvíamos a clase, sigilosos y mustios.

En la prefectura conservaban una caja de objetos perdidos. Lobo me arrastraba hasta allí.

—Profesor…

—¿Qué pasó?

—Se nos perdió una llave. Vamos a la caja a buscarla…

—Sí, pásenle…

Hurgábamos entre lapiceros, llaveros, botones, silbatos, cuerdas de trompo, canicas, amuletos, y cargábamos con todo lo que podíamos.

—No la encontramos, profesor.

Y ya llevábamos tres kilos de cosas. Teníamos llaveros con cientos de llaves, argollas enormes totalmente cargadas. Cuando entrábamos en los dormitorios las ensayábamos en armarios y burós y hurtábamos gorras, corbatas, cinturones, libros, todo lo que queríamos…

—Aquí ya sacamos para el pan —gritaba Lobo alegremente, mientras nuevos proyectos se insinuaban en su fecundo cerebro.

Vivíamos en estado de concentración vandálica, desazonados permanentemente, iracundos. Durante varios meses escribí cada noche en las paredes de los baños Las aventuras del Flaco Anemia. Usábamos lápices de cera sobre los mosaicos brillantes y Lobo ilustraba cada episodio con monigotes desgarrados y escatológicos. Los prefectos se molestaban demencialmente y castigaban a los alumnos quitándoles el postre… Y al día siguiente aparecía el capítulo dos.

Todos querían entrar al baño. De pronto alguien daba el aviso:

—En aquel baño está el capítulo diez…

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