El “Estudiante”, vestido con su ropa informal abigarrada y con su larga cabellera bastante greñuda, descendió con la cara contraída en señal de contratiempo. Los dos diplomáticos increparon duramente al subalterno, también ruso, que para provecho propio y de manera muy indirecta, lo había incrustado en el seno de la Embajada el propio Teniente General Konstantin Karpov, el mandamás de la KGB, dedicado en apariencia a tareas baladíes, pero en realidad, recibía instrucciones muy precisas y directas desde la inviolable regencia de Moscú. Un peligroso topo entre los topos.
– No se demoren por mí y sigan su camino, que en la Embassy los están esperando ansiosos. Nos encontraremos mañana a la noche, dijo el “Estudiante”, ahora tengo una misión urgente que cumplir en el otro extremo de Manhattan, pero si me necesitan por cualquier cosa esta misma tarde, estaré en... Y como quien no recuerda un número telefónico o buscando una tarjeta personal, metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón, extrajo una especie de agenda rectangular con tapas firmes, y con ese ridículo artefacto, disparó sordamente dos veces a sus atónitos camaradas.
La secuencia de los disparos sin detonación de pólvora, más bien como dos firmes escupitajos, fue tan rápida y precisa que los dos hombres quedaron inmóviles unos instantes con una bala en la frente. El “Estudiante” subió al Buick, verificó que el paquete de SSD estaba bajo el asiento, y dejando la camioneta cruzada en plena calle desapareció en un abrir y cerrar de ojos ante la desconcertada mirada de los transeúntes, que no llegaron a percatarse de lo ocurrido hasta que vieron los cadáveres tirados en el suelo con un delgado hilo de sangre cruzándole el rostro.
Unas horas después, la policía encontró el Buick abandonado en un recodo, cerca de la playa de estacionamiento del Newark International Airport. El pájaro, aparentemente había volado... y quedaba como evidencia una camioneta Chevrolet color arena, sin huellas, pero con algunos legajos de juego clandestino y manejo de prostíbulos por demás interesantes, que asombraron por su importancia a la misma policía.
Estaba alquilada, para colmo, a nombre de Carlo Ziegler, uno de los lugartenientes del más ilustre Padrino de la Mafia de New York...
Hacia esa flamante presa giraron las miras de otros implacables asesinos buscando “venganza”... Un huracán se avecinaba presagiando que correría la sangre por las calles.
Al día siguiente, cuando eran exactamente las 10:30, el Dr. Malcon Brussetti, enardecido y desconociendo los hechos acaecidos el día anterior, llamó desde un teléfono público al enigmático Leonid Alexei, con firmes intenciones de echarle en cara el “método de la ecuatoriana” y asegurarle con todas las letras que, como ese asunto no quedase plenamente suprimido, no entregaría los códigos de apertura del archivo grabado en el SSD.
Pero no lo atendió Leonid Alexei, sino alguien con voz cavernosa y siniestra, que carraspeaba continuamente, un personaje que dijo llamarse escuetamente Koshevnikov. Tan sólo Koshevnikov.
– ¡Yo no tengo nada que ver con ningún Koshevnikov! Contestó enfurecido, ¡preciso hablar con Leonid Alexei!
– Señor, no le diré su nombre por razones que entenderá sin necesidad de más explicaciones, aunque sé quién es usted, qué hizo y de qué habla. Lo conozco tanto o más que Leonid Alexei, pero sí le diré que ayer a la tarde, cerca de las diecinueve, un poco después del traspaso, Leonid Alexei y su secretario fueron asesinados y le robaron su coche con algo que Ud. conoce mejor que nosotros. El jefe desea averiguar absolutamente todo lo que sabe de ese tema. ¡Le aseguro que su humor no está para juegos!
– ¿Que mataron a Leonid Alexei y se roba...? Balbuceó el científico sin que lo dejaran terminar de hablar.
– Señor, el jefe necesita entrevistarse urgentemente con Ud., este asunto pasó al área policial y periodística, y no es de su agrado mezclar el vinagre con la leche. Además, no se le ocurra tocar su ración hasta que las olas se aquieten. Lo espera mañana a las 12:00 horas en la playa del Brooklyn Institute of Arts and Sciences. Él lo encontrará a usted. De allí estaremos cerca para confiscar el bulto del JFK si no resulta convincente su explicación. Piénselo. Y por favor, no se arriesgue... ¡El ambiente está tan caldeado que puede fundir acero!
Un calor de muerte erizó el bozo de la nuca y en ese instante, tardíamente, se arrepentía de haber jugado a los espías con unos rusitos de imbecilidad manifiesta. ¡Hasta sabían dónde había escondido el maldito dinero! No dijo una sola palabra de su “pareja” seleccionada electrónicamente, ni del hijo que amenazaba llegar tan inoportunamente a este mundo.
Regresó a su apartamento y llamó al hotel donde se había alojado provisoriamente la señorita Amelia Salinas Ugarte. Los dedos golpeaban los dígitos con riesgo de perforar el aparato. Apretó con tal fuerza el auricular, que los nudillos se emblanquecieron y la barba se cuadró por la tensión de sus maxilares. El timbre repiqueteaba una y otra vez como si nadie estuviese presente...
– Hotel Commodore...
– ¿¡Acaso no tienen un maldito conserje de guardia en ese hotelucho!? ¡Comuníqueme con Amelia Salinas!
– Si es tan amable... ¿quién la llama?
– Ella sabe...
– Hello...
No hizo falta verificar que era ella, la voz en verdad era inconfundible.
– Fire o como te llames, necesito que vengas a mi departamento... ¡ya mismo!
La voz rugiente de un desconocido Malcon Brussetti pretendió exigir, con la tosquedad que da el recelo a lo advenedizo y el sentirse atrapado en un cepo para idiotas, una visita que desenredara los hilos de la intriga y posibilitara escapar de sus garras.
– Iré mañana a primera hora... digamos a las ocho. Respondió la mujer con voz neutral y firme.
– ¡Vendrás ahora mismo! ¡Maldita sea!
Un largo silencio pareció madurar la respuesta.
– Estaré allí en el tiempo que tarde el taxi. Espero que no haga un viaje inútil...
Capítulo 9. New York
De pie en la acera, contemplaba inmóvil la silueta amarilla del taxi alejándose. Se dio vuelta con rabia y comenzó a andar hacia la puerta.
Maullando lastimosamente y erizando el pelo, un gato callejero con la cola levantada, enclenque y negro como la noche, se cruzó por delante de la mujer con meneos ariscos, la miró unos instantes indeciso y le cedió el paso.
– Lo único que me falta... ¡Un gato negro! Por la mente de Fire pasó la idea de darle un puntapié, pero lo miró con compasión. Los dos estaban iguales.
Los aposentos de Malcon Brussetti estaban ubicados en el extremo sur de la isla de Manhattan, sobre la Whiterhall St. enfrentando la Statue of Liberty. Uno de los innumerables taxis que circulaban por la zona la había dejado frente una entrada un tanto austera y con marcados aires ingleses. Con un taconeo envarado avanzó hacia el interior del edificio y pulsó el Nº 18 del ascensor, el piso de su “prometido”.
La mujer llegó con una cara de ansiedad tan marcada que no dejaba dudas de su situación embarazosa, o de una excelencia histriónica en verdad fantástica. Pero a Malcon poco le importaba que se tratara de una cosa o la otra. Ahora empezaría paso a paso a soltarse de los condenados rusos y de sus cepos escondidos en la nieve.
– Fire, aunque estoy seguro que Ud. sabe la verdad, porque no le creo una sola palabra con relación al tema de la Agencia matrimonial, ni mucho menos en lo referente al asunto de mi paternidad en su embarazo, empezaremos por el principio para ir desatando los nudos. Haremos un estudio genético del ADN de la criatura para descartar mi papel de padre y dejarla en plena libertad para descubrir al fulano que la dejó preñada. Para mí, Ud. sigue siendo una zorra callejera, con todo el respeto que me merecen, ¡pero jamás consentiré que me tomen como un imberbe pelot... estúpido para tenerme atado de pies y manos a los malditos soviéticos!
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