En ese momento también estaba combinando dos de mis filosofías esenciales de la psicología de la moda: ilustración del ánimo y vestir para mejorar el ánimo. En pocas palabras, la ilustración del ánimo es cuando te vistes para honrar o para igualar tu estado de ánimo; el mejoramiento del ánimo es cuando te atavías para transformarlo en algo mejor. Yo estaba honrando (o ilustrando) mi estado emocional al calmarlo con pantalones deportivos suaves y cómodos. Y simultáneamente estaba amplificando mi encanto (o mejorando mi ánimo) con ropa de calle y zapatos que relumbraban. En el capítulo 5 ahondaremos en estos conceptos de estilo basados en el ánimo. Por ahora, quiero darte una probada de cómo se aplican en la vida real, que comprendas que tu ropa en verdad se conecta con tus emociones.
También hay una segunda dinámica en juego, igualmente importante, cuando te vistes: la dinámica entre tú y las demás personas. Lo que me pongo te manda señales, que percibes. Y lo que tú usas me manda señales, las cuales interpreto. Este diálogo tácito sucede entre nosotros cuando nos cruzamos en el camino y nos observamos en silencio en busca de claves visuales. Cualquier cosa que deduzcamos el uno del otro fija el escenario para nuestra interacción social. Mucho de esto sucede a nivel inconsciente, casi de forma instantánea. Ahora, si otra persona reacciona con fuerza a tus declaraciones de moda, tal vez quieras insistir en que ni siquiera has dicho nada. Pero con la moda, el mensaje ya está entretejido. Cuando otros te miran, evalúan y consideran lo que traes puesto, están reuniendo información sobre quién eres. Es irremediable. Inevitable. Tu ropa está hablando. No puede ser silenciada. Observamos cómo este diálogo se desenvuelve todos los días en la esfera pública. En la era de las redes sociales, la polarización política y el ciclo trepidante y hambriento de las noticias, la psicología de la moda es más relevante que nunca. Al estar obsesionados con nuestros likes y seguidores, nos estamos exhibiendo y leyendo unos a otros las veinticuatro horas y los siete días de la semana. ¿Qué traes puesto? ¿Quién lo hizo? ¿Cuánto te costó? ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Cuál es tu postura?
En la psicología de la moda colisionan la política, la religión, la raza, el género, la nacionalidad, la edad, la clase y la cultura, ya sea que estemos hablando de una blusa con pussy bow o un traje sastre, una sudadera con capucha de una adolescente negra o una sudadera marca Balenciaga que cuesta 895 dólares adornada con grafiti callejero y que usa Taylor Swift. (¡Sí, eso sucedió!) 1¿Qué nos despierta un burkini? ¿Y unos Yeezy-Boosts? ¿Por qué Steve Jobs usaba el mismo atuendo todos los días? ¿Y por qué lo hacía su sucesora Elizabeth Holmes? ¿Qué dicen los raperos con los logos de diseñador y sus grillz con diamantes? ¿Cómo nos sentimos cuando Kim Kardashian combina su vestido de látex neón con su auto de lujo color neón? ¿Cómo influye Instagram en la venta al menudeo? ¿Las selfies de Kylie Jenner hacen que la gente joven quiera hacerse cirugía cosmética? Diversos jefes de Estado internacionales, estudiantes de FIT, ejecutivos en grandes firmas de moda, el programa de Good Morning America y más me han pedido que hable sobre estos temas y muchos más. Esto es lo que le digo a todo el mundo: una vez que comprendes el gran poder de la moda para manejar la percepción, puedes tomar el volante.
Pero primero, volvamos a esos juicios instantáneos. Un importante estudio publicado en la revista Psychological Science reveló que determinamos la belleza, lo agradable, la confiabilidad, la capacidad y la agresividad de alguien en los primeros cien milisegundos de verlo. 2Es todo lo que se necesita. Hay una gran frase de la actriz drag Trixie Mattel, la cual apuntala esto: “En la sociedad”, le dijo a The New York Times Magazine, “somos la persona de la cual estamos vestidos.” 3Si eres un policía uniformado, explica, eres una persona en una posición de poder. Si estás vestido con ropa quirúrgica, eres un médico, una figura de autoridad, inteligente y que cuida a los demás. Si vas vestido de pies a cabeza con ropa de Lululemon, eres un privilegiado fanático del bienestar, que tal vez lleva una vida de ocio. En raras ocasiones cuestionamos lo que nuestros ojos nos dicen, o la solidez de estas suposiciones. Y de manera instintiva estamos convencidos de que nuestras primeras impresiones son certeras. No siempre lo son. Pero ciertamente pueden serlo. Por ejemplo, cuando la gente está bajo estrés o atravesando una época un poco dramática, puede parecer como si sus sentimientos estuvieran “a flor de piel”. Dicen que los ojos son la ventana del alma; yo digo que tus prendas lo son. Cuando una persona deprimida usa ropa anodina y descuidada también es un ejemplo de vestir para ilustrar el ánimo. Después de todo, tu selección de la ropa refleja un amplio rango de emociones, y eso incluye las infortunadas. Ésta era la situación en la que se encontraba mi cliente Jim. *Vamos a conocerlo.
CASO PRÁCTICO:
¿EN QUÉ SE CONVIERTEN LOS QUE TIENEN EL CORAZÓN ROTO?
Cuando conocí a Jim, él estaba en la mitad de sus cuarenta y en el proceso de divorciarse de su esposo, con quien comparte hijos. Aunque Jim era un abogado muy exitoso, en ese momento de su vida la confusión emocional era su segundo nombre. A pesar de su abrumadora crisis personal, se sintió obligado a mantener las apariencias en el trabajo. Pero cada vez que nos veíamos me daba cuenta de que le faltaba un botón o dos en su camisa de vestir, o que estaba parcialmente desfajada. Cuando le comentaba con suavidad sobre su apariencia desarreglada, aumentaba su ansiedad y su autoestima se desplomaba. Él interpretaba una agujeta desamarrada como prueba de que su vida estaba revuelta y, peor aún, que los demás se daban cuenta. Su estilo descuidado era un síntoma externo de su abatimiento interior. Jim no tenía la capacidad para preocuparse por las cosas pequeñas. Verse al espejo era un recordatorio de en quién se había convertido —un divorciado, desconectado de la gente que más amaba, desconectado de la persona que solía ser—, así que evitaba hacerlo. Pero ignorar su apariencia sólo aumentaba su ansiedad y con el tiempo disminuía su sentido de valor propio.
Receta de estilo
¿Entonces cómo lo ayudé? No le dije que se comprara una nueva camisa Ralph Lauren (aunque tenía el dinero para comprársela). En cambio, durante nuestra tercera sesión intenté aplicar un poco de terapia cognitiva conductual. Le pedí que se enfocara totalmente en su camisa y que se tomara el tiempo para abrochar cada botón despacio y con cuidado. Luego le solicité que se fajara minuciosa y metódicamente su camisa en los pantalones, en un movimiento de 360 grados. Por último, le dije que se asegurara de que su cinturón estuviera bien abrochado. Para su sorpresa, hacer estos pequeños actos de atención plena y cuidado de sí mismo le ayudaron a recuperar la sensación de control. Mientras dirigía momentáneamente toda su atención consciente a su atuendo, fue incapaz de pensar en otra cosa. Se obligó a estar presente, en vez de perderse en la espiral de sus pensamientos. Y con este pequeño ejercicio le mostré que todavía era capaz de silenciar su mente, de cuidarse a sí mismo y de darle prioridad a su aspecto.
Trabajé con Jim durante meses y también le aconsejé que nombrara sus sentimientos. En vez de decir: “Mi vida es un desastre”, lo motivé a describir sus emociones más específicamente: “Me preocupa que estaré solo para siempre. Siento una profunda tristeza cuando pienso que me perderé los momentos importantes de mis hijos”. A partir de ahí, trabajamos para identificar pasos concretos que él podría tomar para empoderarse (haciendo planes para comer con su hermano, inscribirse a sesiones complementarias de entrenamiento personal en el gimnasio, etcétera). Tomarse el tiempo para recobrar el control de su apariencia le ofrecía una forma tangible y factible para atravesar su crisis en vez de ser inmovilizado por ella.
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