Erna Alvarado Poblete - Pinceladas del amor divino

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La mujer contemporánea vive agobiada con cientos de actividades, por lo que muchas veces se le dificulta prestar atención a la voz de Dios. De ahí que muchas damas crean que están solas ante los desafíos que la vida les depara. Pero es ahí donde hay que darse un tiempo para contemplar cada mañana las expresiones del afecto celestial. A lo largo de este año, vamos a contemplar cada mañana diversas pinceladas del amor divino a través de estas maravillosas lecturas devocionales.

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21 de febrero 21 de febrero Vejestud, divino tesoro “Las ancianas deben portarse con reverencia. […] Deben dar buen ejemplo y enseñar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, a ser juiciosas, puras, cuidadosas del hogar” (Tito 2:2-5). Revisando libros en una biblioteca, encontré un título que llamó mi atención: La vejestud. Leí algunos fragmentos que me parecieron interesantes. Una frase de Bonnie Prudden, reconocida escaladora, me inspiró a escribir esta reflexión: “No podemos volver el reloj atrás, pero le podemos volver a dar cuerda”. La vejez es una etapa de la vida no solo cargada de años, arrugas y achaques; también de experiencias, vivencias y recuerdos. Es cuando la cuenta de los años pasa a un segundo plano, para entrar en el camino nuevo que nos lleva a la espiritualidad, a lo esencial, dejando atrás las cosas banales y superfluas de la vida. Todo esto y mucho más es lo que hace de la vejez una etapa que nos ofrece un caudal de opciones. En la vejez, somos conductoras expertas de la vida. Lo físico y lo temporal se desplazan a un segundo plano y nos convertimos en maestras para los que vienen detrás. Siempre he escuchado frases como “juventud, divino teso­ro”; ¿menospreciaremos el tesoro de los que han pasado por todas las edades del ciclo de vida, convirtiéndose en “maestras del bien”? Vivimos tiempos en que la gente cree poder comprar la juventud a través de sesiones de spa , clí­nicas rejuvenecedoras, o cremas y aceites. Pero ¿quién nos ha hecho creer que llegar a viejos es equivalente a ser inservibles? Tus sienes grises y los surcos de tu piel no son signos de derrota; te con­vierten en una guerrera triunfadora, te avalan como maestra del bien, te ponen en una condición de guía, orientadora y consejera. Es una posición de privi­legio que debes asumir con gratitud y gozo. No te mires en el espejo con molestia pensando que tu compromiso con la vida ha terminado. La juventud no es solo un estado físico; tiene que ver con la actitud. Aprende a vivir con tus años; aún tienes alas y, si te pones en las manos de Dios, volarás muy alto. Dios dice: “Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; mas los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas, levantarán alas como las águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán” (Isa. 40:30, 31, RVR 95).

22 de febrero 22 de febrero Sed de paz “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27, RVR 95). La búsqueda de la paz a través de la violencia es cosa de todos los días en este mundo. Los titulares de los periódicos y las primeras noti­cias televisivas de la mañana están cargados de actos violentos que pretenden ser excusados al atribuirse a la búsqueda de la paz. Pero la paz bus­cada por tantas organizaciones mundiales se ve cada día más lejana. ¿Qué hace que la paz sea tan difícil de lograr? Por supuesto, la falta de paz tiene su raíz en el egoísmo humano. Todos, de algún modo, deseamos que nuestros puntos de vista, ideas, opiniones y creen­cias sean los rectores de la conducta de los demás y, al no lograrlo, entramos en pugna. Creo que la paz del mundo tendría una vía más expedita si cada uno trabajara en su paz interior. ¿Cómo? Liberándonos de resentimientos, ren­cores y enojos; permitiendo que los demás piensen diferente a nosotros y, a pesar de eso, simpatizar con ellos. La paz es posible cuando ponemos nuestra confianza en Dios y nos amis­tamos con él. En la Biblia leemos: “Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Fil. 4:7). La paz de Dios es el antídoto para nuestras preocupaciones, angustias y temores. La mujer que acudía al pozo día a día tenía sed de paz y no de agua. Y solo fue saciada en su encuentro con Jesús. Querida amiga, la paz de Dios está a tu alcance y va más allá de tus du­das, miedos, complejos y soledad; solo necesitas pedirla. En su Palabra leemos: “Dejen todas sus preocupaciones a Dios, porque él se interesa por ustedes” (1 Ped. 5:7). La paz interior no te exime de luchas, conflictos y pruebas; es el resultado de saber que, en medio de las tribulaciones, Dios está contigo, aunque haya momentos en los que no lo sientas. Que al comenzar este día, tu oración sea estas palabras de Mery Bracho: “En tu paz viviré y confiaré, en tu paz no temeré; a ti te llevaré mis preocupaciones y aflicciones, mis luchas, mis mezcladas emociones, y me relajaré en tu gran amor”.

23 de febrero 23 de febrero Una mujer que ama a Dios “La mujer se salvará si cumple sus deberes como madre, y si con buen juicio se mantiene en la fe, el amor y la santidad” (1 Tim. 2:15). La mujer que es esposa y madre tiene un papel preponderante e insus­tituible en el hogar, y su influencia trasciende los límites de ese hogar. Por esta razón, es necesario que desarrolle un gran sentido de responsa­bilidad y compromiso en lo que concierne a la realización de las tareas comu­nes de la familia. “Llevar bien una casa no es cosa fácil. Requiere grandes dotes de organización, creatividad, fortaleza, sabiduría, bondad, dominio propio, prudencia, orden y buena administración” (Cantú, p. 173). La atención del hogar y la familia no es responsabilidad pequeña; por el contrario, es allí donde se forman vidas para esta tierra y para la eternidad. Elena de White dice: “El conocimiento de los deberes domésticos es de incal­culable valor para toda mujer. Hay familias [...] cuya felicidad queda arruinada por la ineficiencia de la esposa y madre” ( El hogar cristiano , p. 75). Ante esta solemne declaración, la esposa, madre y ama de casa debería bus­car con deseo ferviente conocer y hacer la voluntad de Dios; solo así podrá reflejar lo santo y puro del cielo en todo lo que haga. ¡Cuántas son las mujeres que, abrumadas por las tareas propias del hogar, desarrollan un espíritu amar­go y ansioso, olvidando descansar a los pies de Jesús! Ojalá se detuvieran un poco y escucharan la dulce voz del Maestro diciéndoles: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mat. 11:28, RVR 95). Con cuánta ternura el Señor nos llama y cuán poco, a veces, estamos dispues­tas a aceptar su dulce invitación. Ahora es el momento de desarrollar una relación de compañerismo per­manente con Jesús, de tal manera que nuestros hogares sean como la luz guia­dora de un faro en medio de la oscuridad de la noche. Seamos mujeres de oración, para que podamos modelar las virtudes eternas frente a nuestros hijos, y ser de apoyo y ayuda para nuestros esposos. Recuerda que todo lo que haces está a la vista de Dios. Que tu oración sea: “Señor, que la necesidad de tu presencia nunca se extinga en mi vida. ¡Por favor, nunca te canses de tocar a la puerta de mi corazón! Tómame en tus brazos y concédeme el privilegio de ver a todos mis seres amados entrar a la patria celestial”.

24 de febrero 24 de febrero Digamos “gracias” “Den gracias a Dios por todo, porque esto es lo que él quiere de ustedes como creyentes en Cristo Jesús” (1 Tes. 5:18). Hace un tiempo, al ir de compras al mercado, me llevé una agrada­ble sorpresa. Un niño pequeño y su madre conversaban por el pasi­llo. El pequeño hablaba en voz muy alta, de manera que pude escuchar a la perfección lo que decía: “Mami, gracias por tantas cosas ricas que estás comprando para mí, para mis hermanos y para mi papá”. Sorprendida, me adelanté un poco para ver su rostro y, cuando me vio, movió su mano peque­ña en señal de despedida. Salí de allí y camino a casa todavía resonaban en mis oídos sus palabras. Me pregunté: ¿De dónde emerge su gratitud? Deduje que en el hogar y de los labios de sus padres ha escuchado y aprendido a decir “gracias”. La gratitud despierta sentimientos que proveen bienestar. Vivimos en una sociedad que cree que lo merece todo: los hijos exigen a sus padres bienes materiales, sin siquiera darse cuenta del sacrificio que requieren; los esposos reciben atenciones de parte de sus esposas asumiendo que solo cumplen con su deber; muchas esposas concluyen que los recursos que sus esposos llevan a casa es lo menos que pueden hacer. Poco se escucha la palabra “gracias”. El Señor nos exhorta diciendo: “Den gracias al Señor, porque él es bueno, porque su amor es eterno” (Sal. 118:1). La gratitud no es, como muchos piensan, pagar por un favor recibido; es una actitud que nace del corazón; es una disposición interior que se pro­yecta exteriormente. La persona agradecida se alegra por los bienes recibidos de parte de Dios, como la salud, la vida, el bienestar o la amistad. Amiga, será bueno que cada amanecer y al terminar el día agradezcas, recordando todo lo recibido de Dios y de las personas que conviven contigo. La gratitud es un valor que hay que “sembrar” poco a poco en el corazón de los niños y los jóvenes; es un hábito que debemos cultivar. Como dice la autora Joyce Meyer: “La gratitud mantiene al diablo lejos, pero cuando nos quejamos, llega de nuevo y para quedarse”. Para desarrollar gratitud: Reconoce lo que Dios hace por ti cada día. Reconoce lo que otros hacen por ti cada día. Exprésate con palabras y expresiones que muestren ese reconocimiento.

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