¿Qué está pasando debajo de tu techo?
¿Hay una multitud y bullicio que obstaculizan el milagro? ¿Hay prejuicios que pesan más que la verdad sencilla?
¿Hay un amigo que está intentando llevarte a los pies de Jesús?
¿Hay un pasado que te atormenta y te hace sentir indigno?
¿Y si dejas que el techo se rompa y no te preocupas por los escombros por un rato?
“El efecto producido sobre el pueblo por la curación del paralítico fue como si el cielo, después de abrirse, hubiese revelado las glorias de un mundo mejor. Mientras que el hombre curado pasaba por entre la multitud, bendiciendo a Dios a cada paso y llevando su carga como si hubiese sido una pluma, la gente retrocedía para darle paso [...] murmurando entre sí: ‘Hemos visto maravillas hoy’ ” ( El Deseado de todas las gentes , p. 236).
Permítele al Maestro entrar en tu casa. Que tu techo tenga una historia para contar.
Aroma a sábado - 16 de enero
“No dejen que el mal los venza, más bien venzan el mal haciendo el bien” (Rom. 12:21, NTV).
Los viernes de tarde eran especialmente cansadores. Y ese viernes, con un esguince en el pie izquierdo, la mochila llena de libros, un bidón de agua de ocho litros y el cansancio de toda la semana, venía caminando en mi diaria lucha contra el viento característico de la ciudad donde me encontraba colportando. Todo era árido y había solamente un par de arbustos secos en la especie de vereda que me llevaba a casa, además de mucha basura.
Sin embargo, había algo que siempre me llamaba la atención: en medio de toda las bolsas y plantas sin vida, había un arbolito que se erguía valiente y le daba un poco de verde al paisaje. Tenía un montoncito de tierra que rodeaba el tronco que intentaba crecer a pesar del clima poco favorable.
Ese viernes descubrí la razón de esa prolijidad.
Un hombre que peleaba contra el viento como yo, con una pala y mucho cariño, lo cuidaba, limpiaba y regaba. Tuve que parar para agradecerle por lo que estaba haciendo y su respuesta quedó registrada en mi mente para siempre: “Yo sé que este lugar es feo, pero este pedacito de tierra es mío y yo lo voy a cuidar. Si hago lo mejor en la pequeña parte que me toca, se nota la diferencia”.
A veces pensamos que simplemente con no hacer el mal ya podemos quedarnos tranquilos. Pero en este mundo eso no alcanza. Este lugar es feo, aunque Dios lo creó hermoso.
No alcanza con no hacer cosas malas. Tenemos un pedazo de tierra, un templo que cuidar, una misión que realizar. Y para eso se necesita acción, no simplemente la pasividad de algo malo no realizado. Para vencer el mal, se necesita hacer el bien, ocupar los huecos, los tiempos “muertos” con cosas buenas y emplear los momentos productivos en hacer justamente el bien. Solo así podemos asegurarnos de estar cuidándonos, y marcar una diferencia aunque sea en la vereda en que nos toque estar.
Una pequeña acción hoy puede llevarte a un sinfín de buenas acciones mañana, en el pedacito de tierra que se te asignó. ¡Defiéndelo! Dios te lo dio y pedirá cuenta de él.
Hoy venzamos el mal... haciendo el bien.
Parábolas modernas - 17 de enero
“Ahora vemos todo de manera imperfecta, como reflejos desconcertantes, pero luego veremos todo con perfecta claridad” (1 Cor. 13:12).
Cierta vez, mi teléfono celular voló accidentalmente hacia el suelo y, por primera vez después de tantas caídas, se rompió.
Ver su pantalla resquebrajada y su funcionamiento resiliente me hizo pensar. Recordé todos los celulares que he visto, con pantallas mucho más frágiles que la mía, arruinados por alguna caída accidental también. Y siguen funcionando. ¡Cuán fácilmente nos acostumbramos a verlos así: quebrados! Nos acostumbramos a ver las imágenes distorsionadas que proyectan. Adaptamos nuestros ojos a las líneas que dificultan el manejo y la visión.
Quizás algo que costó mucho esfuerzo, en cuestión de segundos queda con marcas imborrables. Quizás alguna astillita de vidrio aún se clava en los dedos y hace sangrar. Y aceptamos esa realidad y seguimos funcionando.
No sé si tu celular costó cien dólares o mil, pero todos pueden quebrarse... todos podemos quebrarnos. El daño nos puede ser infligido o podemos infligirlo nosotros también.
Lo importante es recordar que hay arreglo. No nos acostumbremos a ver todo con líneas que recuerdan las caídas. No adaptemos nuestra visión ni veamos la vida solamente desde la perspectiva de algo quebrado o distorsionado.
Así como al entrar a un salón de espejos, donde nuestra figura queda totalmente distorsionada, reconocemos que lo que tenemos frente no siempre es un reflejo fiel de la realidad y que nuestra mente está siendo engañada, reconozcamos que en este mundo solo veremos reflejos imperfectos.
Pero estas noticias no son desalentadoras, porque en sí mismas esconden una promesa esperanzadora.
Hay ayuda disponible, aunque sea, y en primer lugar, en Dios. Es gratuita, aunque a él le costó todo. Es misericordiosa, paciente y llena de amor perfecto.
Él es experto en arreglarnos, pero más que eso: hoy quiere transformarnos y prepararnos para cuando veamos todo con perfecta claridad. Puede ser como ese paño limpio que borra las imperfecciones y suciedades del lente a través del que vemos todo. Puede mostrarnos, a través de su mirada limpia, cuál es su plan.
Dios pregunta - 18 de enero
“Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees?” (Hech. 8:30).
Cuando era pequeña, jugaba a memorizar las historias y el momento exacto de dar vuelta las páginas. De esta forma pretendía “leerle” a mi hermana. ¡Tenía tantas ganas de poder leer de verdad!
La pregunta de hoy no la hace Dios, sino un hombre dirigido por Dios. Esta historia no es común. Un hombre acepta cambiar la agenda de su día y sale a caminar por el desierto. De repente, comienza a hablar con un extraño. Ni siquiera sabemos si Felipe saluda al etíope; solo se le acerca, lo observa y le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?” Luego, procede a hacer con él un ejercicio de comprensión lectora y, para terminar, lo bautiza. ¡Qué insólito!
Sin embargo, todo tiene sentido si comprendemos quién es Dios y cuál es su plan, si entendemos cómo actúa y cómo actúan quienes lo siguen y lo aman.
Todo aquel que regala libros, que enseña a leer, a gustar de las buenas historias y a valorar los innumerables beneficios que produce el hábito de la lectura desde la niñez, no solo abre el mundo ya conocido, sino que además brinda herramientas para comprender mejor la Palabra de Dios.
Hoy muchos no entienden lo que leen y están ansiosos por encontrarse con alguien que les recuerde el valor de la historia más hermosa que se haya contado alguna vez.
“Este etíope simboliza una numerosa clase de personas que necesita ser enseñada por misioneros como Felipe; esto es, por hombres que escuchen la voz de Dios y vayan adonde él los envíe. [...] En todo el mundo hay hombres y mujeres que miran fijamente al cielo. Oraciones, lágrimas e interrogantes brotan de las almas anhelosas de luz en súplica de gracia y de la recepción del Espíritu Santo. Muchos están en el umbral del reino esperando únicamente ser incorporados en él. [...] Hoy también los ángeles guiarán los pasos de los obreros que consientan en que el Espíritu Santo santifique sus lenguas y refine y ennoblezca sus corazones” ( Los hechos de los apóstoles , pp. 90, 91).
¡Qué hermoso! Dios tiene un plan para cada uno de sus hijos. No solo lo cumplió en un camino desierto a Gaza, ¡puede cumplirlo hoy!
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