La letra del himno “He decidido seguir a Cristo”, según varias fuentes, se basa en las últimas palabras de un hombre de Assam, al noreste de India, quien junto a su familia decidió seguir a Cristo a mediados del siglo XIX, gracias a los esfuerzos de un misionero de habla inglesa.
El jefe de su tribu quiso hacerlo renunciar a su fe, pero él declaró: “He decidido seguir a Cristo”. En respuesta a las amenazas a su familia, dijo: “Aunque nadie venga conmigo, yo seguiré igual” (lo que en español cantamos como “si otros vuelven, yo siempre sigo”). Este hombre tuvo que tomar la dificilísima decisión de dejar que su esposa muriese por no renunciar a su fe.
Tiempo más tarde, él fue ejecutado. Mientras, de sus labios brotaba la frase: “La cruz delante y el mundo atrás”. Esta manifestación de fe llevó a la conversión del jefe de la tribu y de muchos en su aldea.
A partir de estas frases dichas en diferentes momentos, un misionero indio compuso el himno y lo tituló “Assam”, en honor al lugar de su origen.
Si bien no conocemos con certeza la veracidad de esta historia, gracias a numerosas biografías y a los escritos inspirados de Elena de White, sabemos que muchos cristianos decidieron sellar su fe con su vida. Ya fuera en la hoguera, en el patíbulo o en la arena ante las fieras, los fieles fueron de testimonio en su vida y aún más en su muerte.
¿Te has preguntado alguna vez qué canción escribirían de ti?
Dios nos ha llamado a seguirlo. Olvidemos lo que queda atrás, tomemos esta firme decisión y mantengámosla hasta la meta final... sin volver atrás.
Historias de hoy - 13 de enero
“No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1 Sam. 16:7, NVI).
“¿Con cuál secretaria hablaste?” “Con la de lentes”, contestó.
Escuché ese diálogo en la calle. Vivo en un país en el que usar los rasgos físicos para describir a las personas es muy común.
No es que haya algo malo en describir a las personas de esa forma. A veces es lo que más fácil nos resulta, lo más práctico y rápido. Tampoco hay algo malo en cuidar nuestro aspecto. Es parte de lo que somos y es importante tenerlo en cuenta.
Pero ¿qué pasaría si viviéramos en un mundo sin fotos o en un mundo en que la tarea de describir a las personas la tuvieran los ciegos? ¿Qué sabrían de nosotros los demás? ¿Qué cosas nos esforzaríamos por resaltar?
¿Qué rasgos tienen las personas que te rodean? No me refiero a los rasgos genéticos, sino a los cultivados conscientemente.
Quizás algunas cosas cambiarían, en nosotros y en los demás, si la próxima vez alguien respondiera:
“La simpática”, “la servicial”, “la que da abrazos apretados”.
A la hora de tocar vidas, poco importa si usamos lentes o ropa al último grito de la moda; si nuestros padres son bajitos o altísimos. Poco importa el color de piel, de ojos o de pantalón.
La persona con el gusto más exigente, creativo, refinado y visionario del planeta, lo último que mira es tu exterior. Tampoco mira tu CV, tu billetera, o tu árbol genealógico. Mira tu corazón. Y no te dio un like . No hizo clic en un corazón virtual y siguió de largo a la siguiente imagen. Se detuvo, detuvo el universo y dio su vida por ti. Dijo: “¡Te amo! ¡Hasta la muerte y por toda la eternidad!” y lo dijo de verdad. Dejó una de esas huellas de amor también en nuestro corazón, para que la recibamos y sepamos darla hoy, para que aprendamos a ver con sus ojos y entendamos nuestro valor.
“La sabiduría y la excelencia reveladas en el carácter y la conducta expresan la verdadera belleza del hombre; la dignidad intrínseca, la excelencia del corazón, determina que seamos aceptados por el Señor de los ejércitos. ¡Cuán profundamente debiéramos sentir esta verdad al juzgarnos a nosotros mismos y a los demás!” ( Patriarcas y profetas , p. 692).
Valores - 14 de enero
“Líbrame de las trampas que me han tendido y de los engaños de los que hacen el mal” (Sal. 141:9).
Se sentó en el cordón. Apoyó los codos sobre sus rodillas y hundió el mentón entre sus manos. Yo lo veía, desde la ventana, frustrado por algo que me parecía insignificante pero que en ese momento le había dado vuelta el mundo.
Unos segundos antes había estado jugando con sus amigos, como de costumbre, en la calle que separa su casa de la mía. Sus juegos y sus risas me hacían recordar a las tardes de mi infancia, y su alboroto inocente me hacía sonreír.
Pero las cosas cambiaron repentinamente. El juego cesó y dio lugar a la pelea. Ahí lo escuché gritar suplicante: “No seas tramposoooo”.
Claramente, no hubo pedido de disculpa y el juego se disolvió. Cada participante salió hacia un lugar diferente y en la calle reinó el silencio, pero también la tensión. El silencio despertó mi curiosidad y me hizo espiar desde la ventana. Ahí estaba él, sentado en el cordón, desconsolado.
La trampa duele, aunque sea (y sobre todo) a los niños.
Al verlo, pensé en todas las veces que hice trampa con cosas pequeñas y con cosas más grandes también. Trampas que quizá solo Dios vio pero que a la larga terminaron trayendo dolor, a otros y a mí, momentáneo o duradero.
Es que... es muy fácil engañar y muy difícil reconocerlo.
Hay trampas en el juego, trampas en el trabajo, trampas en el amor no perfeccionado e incluso trampas en la religión.
No sé cuál es tu tentación hoy, qué trampa estás tramando llevar a cabo, aunque pienses que es dentro de todo “inocente” o que hasta puede pasar como algo “inconsciente”.
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8, 9).
Oremos para que las trampas con las que nos enfrentamos hoy no sean obstáculo sino motivo para ir corriendo a quien es Fiel y Verdadero.
Al día siguiente, el cordón estaba vacío, y la calle llena de alboroto hablaba de reconciliación.
Que tu corazón y el mío, así como el cordón, queden limpios.
Encuentros con Jesús - 15 de enero
“Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él. Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús” (Luc. 5:18, 19).
Este techo fue muy especial. No sabemos cuántas personas había bajo él, no conocemos los nombres de los amigos del hombre paralítico, cuántos años llevaban de amistad, cómo se conocieron, qué días solían reunirse o con cuál tenía más afinidad. No sabemos si hicieron chistes al cargarlo en el lecho, si lo ayudaron a prepararse para estar más presentable, si ese día hacía frío o calor. Desconocemos qué acción específica pasada era la que atormentaba tanto al hombre como para que le resultara más valioso sentir el perdón de Jesús que valorar su curación física. No se nos dice quién se quedó a juntar los escombros del techo, o si alguien decidió dejarlos tal como estaban como monumento al gran milagro.
Solo sabemos que hubo fe y que Jesús sigue haciendo milagros. Desde que rompió con su gloria el techo de nuestra atmósfera para venir como niño, crecer y vencer, trajo la opción de la salvación para todo el que cree en él. No hay límites ni techos para las manifestaciones de poder en la vida de sus hijos que eligen creer.
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