Jesús quería resaltar la dimensión redentora del día sábado ante un pueblo que la había ocultado bajo un cúmulo de restricciones. La sanidad de las dolencias de estas personas implicó no solo una mejora física, sino salvación, liberación y acción; lo opuesto a la indolencia ejercida por muchos en ese día (algo que vemos aún hoy). Las enfermedades de estas personas eran crónicas y, al curarlas, Jesús también buscaba resaltar el aspecto redentor involucrado en su accionar.
Te invito a aprovechar el día de hoy para leer con más detenimiento y gratitud el Salmo 92. También te sugiero que estudies más profundamente las historias de estos milagros realizados en sábado y que las enriquezcas con la lectura de El Deseado de todas las gentes .
El hombre de la mano seca (Mat. 12:9-14; Mar. 3:1-6; Luc. 6:6-11), la mujer lisiada (Luc. 13:10-17), el hombre con hidropesía (Luc. 14:1-6), el paralítico de Betesda (Juan 5:1-18) y el hombre nacido ciego (Juan 9) fueron los beneficiados en sábado hace miles de años.
Hoy, el beneficiado puedes ser tú. La esencia sanadora del sábado se aplica a nosotros hoy y, al elevar nuestras voces en adoración durante este día, podemos hacerlo no solo por la gratitud de una verdad teológica en la que creemos, sino por la experiencia de sanidad que también vivimos de primera mano.
Objetos cotidianos - 3 de enero
La honda, el pato y el perdón
“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia...” (Heb. 4:16).
Richard Hoefler narra la historia de un niño que estaba de visita en la casa de sus abuelos y había recibido su primera honda. Muy entusiasmado, salió al bosque a practicar, pero no pudo pegarle a nada. Después de un rato, se dio por vencido y emprendió el camino de regreso a la casa. Cuando llegó al patio, vio al pato que su abuela tenía de mascota y, sin pensarlo demasiado, le lanzó una piedra. Después de sus frustrados intentos con la honda en el bosque, lo último que se imaginó fue que este golpe sí daría en el blanco. El pato cayó muerto.
El niño entró en pánico. Rápidamente, lleno de desesperación, escondió el pato muerto entre un montón de leña pero, apenas levantó la mirada, vio que su hermana lo estaba observando. Sally había visto todo. Sin embargo, se quedó callada.
Ese mismo día, al terminar el almuerzo, la abuela le pidió a Sally que lavara los platos. Pero Sally contestó: “Johnny me dijo que él quería ayudar en la cocina hoy” y, de forma comprometedora, mientras miraba a Johnny, continuó: “¿No, Johnny?” Se le acercó y en un susurro le dijo: “Acuérdate del pato”. Así que Johnny se levantó y lavó los platos.
Más tarde, el abuelo les preguntó si querían acompañarlo a pescar, a lo que la abuela respondió: “Lo lamento, pero necesito que Sally me ayude a preparar la cena”.
Sally, con una sonrisa triunfante y confiada, dijo: “No hay problema, Johnny me dijo que él quiere ayudarte”. Nuevamente se acercó a Johnny y le susurró: “Acuérdate del pato”. Así que Johnny se quedó en la casa mientras Sally iba a pescar con el abuelo.
Pasaron varios días en los que Johnny tuvo que cumplir con sus tareas y también con las de su hermana, hasta que no aguantó más y le confesó a su abuela la verdad acerca de cómo había matado al pato.
“Ya lo sabía, Johnny”, le dijo mientras lo abrazaba. “Ese día estaba parada al lado de la ventana y vi todo. Como te amo, te perdoné. Pero me preguntaba hasta cuándo dejarías que Sally te tuviera esclavizado...”
Hoy, no nos dejemos esclavizar por el enemigo. Vayamos a Dios. Él sabe todo y está listo para ofrecernos su perdón.
Dios pregunta - 4 de enero
“Si tomares en prenda el vestido de tu prójimo, a la puesta del sol se lo devolverás. Porque sólo eso es su cubierta, es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿En qué dormirá? Y cuando él clamare a mí, yo le oiré, porque soy misericordioso” (Éxo. 22:26, 27).
¿Cuánta ropa habrá llevado el pueblo de Israel en su larga travesía por el desierto? Dios cuidó sus vestimentas y calzados para que no se estropeasen. En un momento dictó sus leyes de amor y cuidado para el prójimo e hizo esta pregunta: “¿En qué dormirá?”
Había instrucciones claras acerca del jubileo, de las ciudades de refugio, de la responsabilidad social y de muchas cosas más. (¡Con razón Balaam quedó impresionado al mirar el campamento y ver tanto orden, disciplina y prosperidad!) Pero en ese momento, ¡Dios se preocupó por cómo iban a dormir!
Recuerdo vívidamente dos imágenes. En primer lugar, recuerdo las pesadas puertas de hierro de una cárcel que visité en mi adolescencia como parte de una actividad comunitaria del Club de Conquistadores. Lo que menos esperaba era encontrarme con algunos compañeros de clase que habían sido detenidos sin que nos enteráramos. No puedo olvidar sus miradas de vergüenza, impotencia y dolor al reconocerme.
En segundo lugar, recuerdo el llanto desesperado de un niño que se había quedado sin su autito porque otro niño acababa de quitárselo. No era un llanto caprichoso. Vivía solo en la calle, tenía poca ropa y ese autito roto era su único juguete y propiedad.
Lamentablemente, el mundo está lleno de situaciones como estas, y otras muchísimo más desgarradoras. Y por alguna razón en mis oídos resuena esta pregunta: ¿En qué dormirá?
Muchas veces olvidamos la importancia de la preocupación por el prójimo y la correcta administración de nuestros bienes.
“Si los hombres cumplieran con su deber como mayordomos fieles de los bienes del Señor, no habría el clamor por pan, ni el sufrimiento por la miseria, ni la desnudez y la necesidad. La infidelidad de los hombres trae el estado de sufrimiento en el que la humanidad está hundida” ( El ministerio de la bondad , p. 18).
Al ser misericordiosos, nos parecemos más a Jesús y podemos revelar mejor ante este mundo el carácter divino.
¿Recuerdas el caso de alguna persona que esté “sin vestido”?
Quizás esa ley dada en el Éxodo hace tantos años puede ser nuestra norma hoy.
El poder de la música - 5 de enero
¡Oh, qué amigo nos es Cristo!
“...los he llamado amigos, porque todo lo que a mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes” (Juan 15:15).
Joseph Scriven tenía 25 años. Estaba enamorado y a punto de casarse, pero el día previo a su boda, su prometida murió ahogada en un trágico accidente. Con el corazón roto, Joseph cruzó el océano Atlántico desde su Irlanda natal para comenzar una nueva vida en Canadá. Se estableció en Ontario y, al lado de un río, hizo un compromiso con Dios de vivir su vida de acuerdo con las enseñanzas del Sermón del Monte, para servir a otros y reflejar el amor de Cristo siempre. En ese pueblo comenzó a conocérselo como “el buen samaritano de Port Hope”.
Pasaron varios años y empezó a trabajar como maestro en una escuela. Allí se enamoró de Eliza, quien era pariente de uno de sus alumnos. Se comprometieron y estaban por casarse cuando, inesperadamente, las esperanzas y los sueños de Joseph se hicieron añicos otra vez. Eliza enfermó gravemente y murió semanas antes de la boda.
Este hombre, experimentado en dolor y soledad, recurrió una vez más a Dios para recibir fuerzas y consuelo. Su fe en él, así como su relación diaria tan cercana, lo ayudaron a salir adelante.
Poco después de que Eliza muriera, Joseph se enteró de que su madre estaba muy enferma. Como no podía volver a verla, le escribió una carta para darle ánimo y consuelo, y adjuntó uno de sus poemas titulado “¡Oh, qué amigo nos es Cristo!” Había conocido a un Dios que está dispuesto a sobrellevar nuestras cargas y sanar nuestro dolor.
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