—Qué curioso que haya venido, Simbad —dijo con voz queda y afable Irma Galamb. Al oírla, Simbad vio cobrar forma a la carita sumida en la oscuridad. Creyó ver la nariz ligeramente curva y delicadamente sensual cuyo movimiento palpitante y cuya sombra rosada lo habían hechizado desde el primer momento en su día. En ese instante veía la suave sombra azulada sobre los labios como bajo la luz de los focos del teatro durante la danza del velo en la opereta. Los labios que se curvaban gentilmente y que a veces recordaban a los de un niño que oscila entre reír y llorar estaban entreabiertos y mostraban la valla de marfil de sus blancos dientes. Los ojos morenos se posaron en Simbad con cierta expresión de somnolencia, pero también de curiosidad, como si se centraran en un sueño a punto de emprender el vuelo en el momento del despertar en la amanecida azul, de acodarse en la almohada mientras el sueño revoloteaba todavía en silencio sobre la cama como una mariposa cansada que se retira ya a descansar.
Estiró el cálido brazo, desnudo hasta el hombro, y tocó con la mano la mejilla de Simbad. Después los dedos se perdieron en la cabellera del muchacho.
—Qué curioso que haya venido precisamente ahora, Simbad, pues acabo de soñar con usted. Veía unos polluelos de ganso amarillos y unas flores amarillas. Y unos niños muy pequeños. Como si también fueran flores amarillas... Una nube azul con forma de pájaro flotaba sobre mi cabeza, y un niñito lloraba en alguna parte... En algún sitio a la orilla del oscuro arroyo bajo un viejo sauce carcomido. Y usted venía atravesando el prado con sus largas piernas. Cada paso equivalía a una milla, pero aun así no resultaba en absoluto aterrador. Y yo me vestí entonces, me senté junto a la ventana y esperé.
Su mano tocó los labios de Simbad, que la besó.
La actriz se inclinó hacia adelante y comenzó a hablar de forma vertiginosa, apasionada:
—He sido sumamente desdichada hasta ahora. No me han querido, me han perseguido, he sido una criatura mísera, infeliz. Pero ahora me siento feliz porque ha llegado usted, hijo mío querido, procedente de mis sueños. Ha venido como en estos suele ocurrir. Juvenil, radiante, bello... No le pregunto qué lo ha traído. Ha estado aquí y me siento dichosa. Si yo muriera por la mañana, me sentiría más feliz que nunca, pues ¿qué más puede sucederme en la vida?
Calló y se quedó en medio de la habitación con los brazos estirados. Su capa se abrió, una intensa fragancia femenina asaltó el rostro de Simbad.
Simbad se acercó rápidamente, pero la actriz, sobresaltada, dio un paso atrás. Cogió del brazo a Simbad y lo condujo hacia la puerta. Giró dos veces la llave en la cerradura. Abrió la puerta tiritando de frío, con los ojos empañados en lágrimas.
—Váyase, porque ya amanece...
Todavía sacó la mano por el resquicio de la puerta, y el muchacho la besó.
Luego la llave volvió a dar dos vueltas en la cerradura.
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