Isabel Margarita Saieg - Serendipia antémica

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Serendipia antémica: краткое содержание, описание и аннотация

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Sus caminos se cruzaron cuando menos lo esperaban, pero fue aquella coincidencia lo que los salvó de perderse para siempre en la oscuridad.
Adelaide quiere hallar una forma de olvidar su pasado, Paris necesita una razón para vivir el presente, Theodore busca recuperar aquello que dejó atrás y William piensa que por fin ha logrado salir adelante. Pero, al cruzarse sus caminos, sus vidas se trastocan y toman rumbos impensados.
Serendipia antémica es la historia de cuatro adolescentes que intentan reencontrarse con ellos mismos mediante la música, la poesía, el arte y el amor. ¿Podrán conseguir lo que buscan? ¿O encontrarán algo mejor?

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Sí que hay gente loca.

Imaginé a Mel mientras cerraba los ojos con la conciencia agotada. Ver su imagen en mi cabeza me hizo imaginar una canción. La tenía frente a mí, con su feroz cabellera rizada y oscura cayéndole sobre los hombros como si el cielo nocturno acabase de hacer erupción.

Hablábamos, pero no escuchaba ni su voz ni la mía. La melodía aún sonaba, llena de secretos, gritando para poder salir a la luz, pero luego caí en cuenta: aquel sentimiento tan profundo, de calma y enamoramiento, no me lo generaba la canción, sino el brillo de sus ojos, su mirada radiante dentro de una llamarada de caos. La música sonando era un simple adorno al lado de aquella obra de arte.

Al verla en la bodega, tan rota y tan fuerte al mismo tiempo, descubrí lo peligrosos que pueden ser un par de ojos negros en situaciones de tal nivel de tensión. Parecían contar historias, como si hubiesen pasado años desde la última vez que revelaron algo de esa magnitud. El único problema era que sus ojos no me revelaban nada. La carta lo hizo. El disco lo hizo. La canción lo hizo. Ella lo hizo.

Un estruendo en la habitación de mis hermanas me hizo reaccionar y volví a lo mío.

Tomé la caja con cuidado y caminé hasta mi cuarto. Me senté en la silla del escritorio y encendí la pequeña lámpara que tenía sobre la mesa. Tomé un marcador negro y escribí en la parte superior de la caja:

Discos de Paris. No tocar .

Luego saqué un disco al azar y lo puse sobre la mesa: The Wall -Pink Floyd. Es uno de los favoritos de Theodore, así que ya conocía algunas de sus canciones. La carátula era blanca con las letras escritas en color rojo. Saqué el disco, lo puse cuidadosamente en un sobre de papel, para después volver a guardarlo en la caja con los demás discos. Tomé la carta y la guardé dentro del digipak , lo puse dentro de mi mochila y, por fin, me fui a acostar.

Dios, Mel, ¿qué estás haciendo con mi cabeza?

Ni siquiera yo lo sabía. ¿Por qué lo sabría ella? Después de todo, nada más habíamos pasado una hora, sino menos, dentro de la bodega de la sala de arte, dejó caer un digipak que resultó traer una carta dentro y así.

Probablemente no fuese ella quien me atraía, sino su historia, su enigma. Al menos de momento, lo mejor sería no hacer tantas preguntas.

Antes de entrar en la cama, me preocupé de cambiar mi reloj despertador para que sonara media hora antes. Mis hermanos tendrían que saber lidiar con ello. Llegaría antes a la escuela y podría verla caminar hasta su casillero. Estaba todo listo, pero tenía miedo. Realmente no sabía qué esperar de todo esto.

Capítulo 4

5 de octubre, 7:33

PARIS CARSON

Desperté muy feliz a la mañana siguiente. No demoré nada en ducharme, vestirme y salir a la calle. Ni siquiera me despedí de Will y Amadeus, quienes luego de despertar por la alarma a las 7:00, volvieron a caer profundamente dormidos. Solo me preocupé de cruzar la calle que separaba mi casa del colegio May Lander.

Ya que estaba muy bien de tiempo, me detuve un segundo a observar mis alrededores. El edificio del May Lander era muy grande. Había un cartel con la insignia del colegio en la parte superior, bajo un viejo reloj averiado que marcaba las 11:15 hace más de dos años. A la izquierda del edificio se encontraba la pista de atletismo que tan bien conocía. Me dieron ganas de ir a correr una vuelta, pero tenía que entrenar en la tarde y no quería desgastarme. Además, no me daba el tiempo.

Después de haber estado cerca de cinco minutos vagando por la entrada de la escuela, me acerqué a la escalera que llevaba a la zona de casilleros. Caminé por al lado de los números cero y cien, para llegar hasta los doscientos. Me acerqué al mío, el doscientos cuarenta y uno, y dejé mi mochila adentro. Apenas entraba, era un verdadero desastre. Me gustaba guardar todo, incluso residuos, pues podría llegar a usarlos para algún proyecto de arte.

A pesar de que mi más grande pasión era el atletismo, el arte era cada vez más importante en mi vida. No era un genio como Mel ni mucho menos, pero había hecho trabajos bastante buenos. Antes de que ocurriera todo el asunto de la bodega, pensé en pedirle ayuda con un par de técnicas de dibujo y pinceladas, que es lo que a ella mejor se le da, pero los rumores sobre su pasado y esa relación que mantenía son tan intensos, que preferí no acercarme para evitar conflictos y malentendidos.

Son cosas como esta las que me hacían cuestionarme: ¿habré hallado la carta por obra del destino?

Es difícil analizar situaciones como esta, pues uno tiende a creer que las ilusiones no son en vano, que las cosas que suceden, suceden porque así lo ha planeado alguien superior a nosotros y que hay que seguir sus pistas hasta entender el camino que se nos ha puesto al frente. Pero también puede no ser nada. O más que ser nada, ser el deseo de encontrar la respuesta a todo.

Me apoyé sobre la puerta de mi casillero y dejé caer la cabeza hacia atrás. Todo era muy extraño. No podía entenderlo, no quería entenderlo, pero, ¿debía entenderlo?

Estuve así durante un buen tiempo, hasta que empezó a entrar más gente. Tuve que disimular mis intenciones. Aún ponía especial atención a quienes caminaban por el pasillo, solo que ahora lo hacía mediante la cámara de mi celular. Apuntaba a la puerta para que la gente que pasaba creyera que estaba mensajeándome con alguien o, si alguien veía que tenía puesta la cámara, que estaba grabando una especie de montaje.

Y entonces la vi, de pie a un par de metros de mí, calzando un par de botines negros, jeans anchos y un suéter de color azul. Llevaba el cabello tomado en una coleta, dejando ver sus delgadas mejillas y sus ojos cansados.

No me miró. Estaba frente a ella y no me miró. No sé si tenía miedo de que Cris la viera, si había decidido actuar como si no me conociera, o si, simplemente, no se fijó.

Cuando ya estaba un poco más lejos, apagué mi celular y la seguí con los ojos hasta que se encontró con una chica alta, pelirroja y muy pecosa. Se veía tímida, aunque con Mel parecía estar muy en confianza, como si fueran familia, pero era imposible que lo fueran. Eran muy diferentes. La otra chica tenía los ojos claros, la tez blanca y de lejos parecía una cereza: dulce y rojiza, incluso quizás inocente. Al lado de ella, Mel se veía como una criminal o una drogadicta, que la verdad, no estaba muy lejos de ser lo que Santana quería que fuera.

Las vi abrir sus casilleros, que quedaban justo uno al lado del otro: doscientos trece y doscientos catorce, de Mel y de la otra chica, respectivamente. Una vez que los identifiqué, desvié la mirada y fingí de nuevo revisar mensajes. En el entretanto, varias personas se me acercaron para saludarme: miembros del equipo de atletismo, compañeros de clase, una que otra chica, pero no podía prestarles atención. Solo quería que sonara el timbre para poder, por fin, dejarle el disco dentro del casillero. La espera se me hacía eterna.

Cuando quedaban cerca de cinco minutos para la primera clase, vi a Theo acercándose a mí, con el rubio cabello escondido bajo un gorro de lana y una chaqueta negra que le cubría todo el cuerpo hasta la rodilla. Observé su expresión de disgusto incluso a metros de distancia, pues a pesar de que casi siempre es serio y pesimista, a veces puede ser muy expresivo.

—La cara de enamorado no te la quita nadie, ¿eh, Carson?

—Curiosidad —lo corregí.

Hizo una mueca y no añadió nada más. Después de eso empezó a hablar de temas que no me interesaban. Lo único que me importaba era el ding dong del timbre cuando fueran las ocho, y los minutos que tendría que esperar después de eso. Respondía, sin pensar, a lo que Theo me decía, como si fuese un cómputo programado con anticipación. No sé si se dio cuenta de lo desviado que me encontraba, pero si lo hizo, lo ignoró por completo.

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