Fuente: Biblioteca Salvat de Grandes Temas (1974e).
Figura 1.5 El popularísimo Copito de Nieve, gorila albino del zoológico de Barcelona, muerto hace ya algunos años
Fuente: Schultz (1979).
La lista de defectos originados en mutaciones dañinas puede alargarse indefinidamente: la polidactilia o posesión de más de cinco dedos en una o más extremidades, la sinfalangia o fusión de dos de las falanges, la enfermedad de Alzheimer, la braquidactilia o cortedad de la falange media, la aniridia o falta de iris, la fragilidad hereditaria de los huesos, el xeroderma pigmentoso o sensibilidad excesiva de la piel a la luz solar, las ictiosis o defectos en la textura de la piel, la falta absoluta de dientes y la sordera son una muestra ligera de las terribles taras que acechan ocultas dentro del genoma humano.
La carga de productos químicos artificiales de la vida moderna se ha convertido en una grave amenaza de cáncer debido a las mutaciones dañinas, desconocida en el mundo natural y simple de nuestros antepasados. Por esa razón nos ha tomado sin ninguna preparación adaptativa para ello. Pesticidas, preservativos de alimentos, edulcorantes artificiales y antibióticos son apenas unos pocos nombres de una lista larga de enemigos útiles que cada día crece más y más.
El fenómeno de cambios pequeños, pero con efectos grandes —esencia del transistor—, es también común en la vida diaria. Del gran Julio César se cuenta que en cierta ocasión, habiendo decidido perdonar a uno de sus altos oficiales acusado de traición, envió a quienes debían juzgarlo el siguiente lacónico mensaje: “Liberarlo, no ejecutarlo”. Los encargados de transmitirlo, para mala fortuna del acusado, introdujeron sin querer una “mutación” letal en el texto: una transposición de la modesta coma. El mensaje quedó así: “Liberarlo no, ejecutarlo”.
Reproducción sexual
La segunda fuente, y muy importante, de diversidad genética en las poblaciones tiene su origen en la reproducción sexual. En aquellos organismos que presentan reproducción asexual —especies formadas únicamente por madres solteras—, el material genético pasa completo de la madre a los hijos. Estos forman, entonces, un clon o conjunto de réplicas exactas de la madre, salvo que en el mismo momento de engendrarse el nuevo individuo se produzca algún tipo de mutación que tenga efecto sensible. En las especies con reproducción sexual, por el contrario, el material genético del hijo se obtiene por la combinación o mezcla de la mitad del material genético del padre con la mitad aportada por la madre.
Los gametos o células germinales, óvulo y espermatozoide, son producidos por medio de la meiosis, un proceso especial y complejo de división celular compuesto por dos divisiones nucleares consecutivas. Durante la primera, los cromosomas homólogos se aparean —beso de despedida, lo llamó un biólogo— y, con frecuencia relativamente alta, se rompen e intercambian entre sí algunos segmentos, también homólogos. Este apareamiento —microcoito genético— con intercambio, denominado entrecruzamiento o recombinación genética, tiene como efecto directo un aumento apreciable en la variabilidad genética de los descendientes. Y, también, hace que los cromosomas no sean, hablando en sentido estricto, las unidades mínimas de la herencia, ya que después del entrecruzamiento cada cromosoma resultante es un mosaico de partes maternas y paternas. Un collage de padre y madre.
Todo lo anterior significa, en rigor, que los cromosomas de los descendientes son, casi con certeza, algo nuevo bajo el sol. Una combinación no experimentada antes y, dada su altísima improbabilidad, algo que no se repetirá jamás sobre el planeta Tierra. Ni fuera de él. Un factor que acentúa más nuestra individualidad. Podemos afirmar con absoluta confianza que, aparte de los mellizos idénticos, cada uno de nosotros es un suceso único en el universo. El poeta Ernesto Cardenal (1989) también lo ha entendido con toda claridad: “La sexualidad no es dos en uno únicamente / sino la unión de dos para uno distinto. / Es pues la fuente de la diversidad, de lo diferente, / la asimetría de la vida y su belleza” (p. 329).
La meiosis en la especie humana se conoce con lujo de detalles. Cuando el feto hembra llega al quinto mes de su desarrollo, los óvulos, que le servirán años más tarde para producir su propia descendencia, comienzan a formarse, sobra decir que muy prematuramente, y siguen un proceso bastante diferente del de los espermatozoides. Después de iniciada la primera división nuclear, y cuando aún los cromosomas se encuentran apareados realizando el entrecruzamiento, el proceso se paraliza de manera misteriosa. El millón o más de células que potencialmente se convertirán en óvulos permanecen en un estado de animación suspendida hasta que, años más tarde, a uno de ellos, seleccionado al azar durante uno de los ciclos menstruales, le llegue el turno de salir al encuentro de un espermatozoide. Si el encuentro no se lleva a cabo, el huevo muere y desaparece. En caso contrario, el proceso de división se reanima, justamente en el punto donde se había suspendido años atrás, y muy pronto se completa el proceso de división.
Durante la meiosis se presenta una notable asimetría: la mayor parte del citoplasma se localiza en una de las dos células hijas, la que luego pasará a ejecutar la segunda división. La otra célula queda convertida en un insignificante vestigio, conocido con el nombre de cuerpo polar, que, después de dividirse en dos células, también insignificantes —un recuerdo inútil de su pasado—, termina desapareciendo sin pena ni gloria. La misma asimetría en la repartición del material citoplasmático se presenta durante la segunda división: una de las células se queda con casi todo, la otra se convierte en cuerpo polar y también desaparece de la escena. Por último, si se produce el encuentro sexual, la célula triunfadora mezcla su material genético con el del espermatozoide que primero se presente en la meta y se da inicio al desarrollo embrionario de un nuevo individuo, heredero de estos dos triunfadores. La evolución marcha siempre a paso de vencedores. Es una de sus características intrínsecas.
En el instante justo de la fecundación, los materiales genéticos aportados por óvulo y espermatozoide se combinan para completar el germen de un nuevo organismo, portador futuro de la mitad de la dotación genética de cada uno de sus progenitores. La fecundación se convierte en una forma de comunicación entre los programas genéticos, la más íntima. El sexo se convierte en nexo.
Ledyard Stebbins (1982) compara este proceso con el juego de póquer entre dos. Cada jugador trata de mejorar su mano, cambiando las cartas malas. En el póquer genético se descarta la mitad de los cromosomas para recibir a cambio un conjunto nuevo. En ambos juegos se corre el riesgo de desmejorar. Pero en el genético el riesgo es mayor, pues al descartar no se eligen exactamente los cromosomas defectuosos. Es lo que se denomina póquer a ciegas. Sin embargo, la gran similitud de los conjuntos genéticos —más del 92 % de los genes son idénticos en la especie humana— hace que el juego a ciegas sea menos riesgoso de lo esperado de acuerdo con el simple cálculo de probabilidades.
Para comprender con plenitud la enorme fuente de variabilidad que lleva implícita la reproducción sexual entre humanos basta un poco de matemáticas elementales. Dado que cada gameto recibe de cada par homólogo de cromosomas uno solo determinado al azar, y son veintitrés pares, el cálculo combinatorio afirma que podrán existir un poco más de ocho millones de gametos diferentes (dos elevado a la potencia veintitrés). Ahora bien, cada uno de los ocho millones de posibles espermatozoides puede combinarse con el mismo número de posibles óvulos, lo que da una cifra aproximada de setenta billones de individuos diferentes, descendientes de una sola pareja y con los cuales, si se materializaran todas las posibilidades, habría gente suficiente para poblar dieciocho mil planetas similares al nuestro. Y esto sin considerar las novedades creadas por el entrecruzamiento y las inevitables mutaciones.
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