Jean Andrés Palacios - Los rechazados

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¿Qué harías si un extraño te cita a un lugar aún más extraño? Cuando Francisco cumplía tres años en su trabajo, una desconocida le dejó en las manos un papel con una dirección escrita. Él era un joven reflexivo y solitario. Dudó si asistir al lugar indicado. Podía ser alguna especie de trampa. Sin embargo, no llegó a imaginar que esa desconocida sería capáz de cambiar su rutina y ser muy importante en su vida. Ambos estaban ligados por algo más que el rechazo de la sociedad. Al descubrirlo, Francisco revivió el dolor más grande de su corazón.

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Francisco, que tenía la barriga llena de gases, tomó un sándwich y una cerveza por no parecer mal educado. Cuando volteó a analizar el tipo de personas que había, una especie de pena le recorrio el cuerpo. Nadie comía nada, sólo bebían y fumaban. Él sería el único, por consiguiente. Muchas veces se detuvo de hacer algo luego de darse cuenta de que era el único que lo haría.

Ana, que estaba atenta a él, tuvo la impresión de que su nuevo amigo se sentía algo avergonzado.

—¡Come! —le dijo—, debes tener hambre.

Francisco se sobresaltó ante lo que le pareció una orden de la chica. De todas formas, se llevó el pan a la boca. Y no supo como, pero en el transcurso de tres mordidas, de manera inconsciente, siguió a Ana hasta una de las mesas.

—Siéntate aquí —le indicó la joven—, puedes hablar con ellos, yo ya regreso.

—Bueno…

—Juanca, Rob, él es nuevo, se los presento: se llama Francisco.

—Un gusto —dijeron ambos, sonriendo, y le tendieron las manos.

Ana los dejó a los tres y se perdió en las escaleras.

Juan Carlos y Roberto terminaron su charla interrumpida, como si Francisco no estuviese presente, y luego lo integraron. Fue en cuestión de segundos. Segundos en los cuales Francisco tuvo la sensación de que sería rechazado en el club de los rechazados; el colmo. Incluso llevar el sándwich a la boca le costaba una suma de pena, pero lo hacía aun así para refugiarse en eso, para parecer ocupado, concentrado en ello.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó, de pronto, Juan Carlos.

Francisco levantó la mirada. Lo tomó por sorpresa.

—Veintidós… ¿y ustedes?

—Yo tengo quince —respondió Juan Carlos—, y Roberto tiene dieciséis.

En la mesa había una cajetilla de cigarrillos vacía, otra a la mitad, y cuatro botellas de cerveza vacías. Francisco vio todo eso y luego los miró a ellos.

—¿Te impresiona? —le preguntó Roberto.

—Lo que me impresiona son esas barbas de viejo que tienen. A mi ni me sale.

Los dos jóvenes rieron. En ese momento reapareció Ana.

—Ya veo que se llevan bien —comentó.

Se sentó a lado de Francisco, agarró una botella que estaba a la mitad y le dedicó un largo sorbo.

Se quedaron en silencio alrededor de un minuto.

—Bien —dijo Roberto, algo mareado—, ¿a ti cómo te rech…?

—¡Oye! —lo interrumpió Ana—. No hace falta apresurar nada.

Francisco no comprendía de que hablaban.

—Seguro que te has de preguntar en donde estás —se dirigió Juan Carlos a Francisco.

—Supongo que me hago una idea… por el nombre.

—Claro —rio Juanca—, somos un club de rechazados.

—¿Y… aquí nos curamos o algo así?

—¿A qué te refieres? —dijo Juanca.

—Como en esos grupos de alcohólicos anónimos… o de drogadictos —se explicó Francisco.

—También somos un grupo de alcohólicos y drogadictos —comentó Rob.

—¿Y aquí nos ayudamos? —preguntó Francisco, observando con recelo las botellas sobre la mesa.

—¡Nada de eso! —dijo Juanca—, los rechazados nunca sanamos.

Francisco no replicó.

—Es sólo para sentirnos menos solos —añadió Rob.

—¡No digan bobadas! —exclamó Ana—. Están ebrios, no les pares bola, no dejes que te metan ideas tontas —le dijo a Francisco.

El joven no respondió.

—Si uno lo desea, si se puede sanar aquí —continuó Ana.

—¿Conoces a alguno que lo haya hecho? —preguntó Francisco.

—No he estado mucho tiempo aquí, pero supongo que si. Algunos se han ido y no han vuelto más…

—En algún momento vuelven —interrumpió Rob.

—Y si no vuelven es porque…—Juanca se quedó a medias.

—Es porque ya no les interesa —completó Ana.

Pero Francisco si lo comprendió.

—Y si no les interesa es porque ya sanaron —continuó la joven.

—Ya, dejémoslo así, digamos que si se puede curar —razonó Juanca—, pero la cicatriz que queda sería tan abultada como para notarse por debajo de la ropa.

—Olvidemos esto —propuso Rob—, para hablar de hipótesis mejor no hablemos de nada.

—Estoy de acuerdo —dijo Ana.

Francisco los escuchaba con atención; no les entendía demasiado, y tuvo la remota idea de no poder encajar con ellos.

—En fin, Fran —continuó Ana—, no es común esto que acabamos de hablar. Para que estés al corriente, nosotros preferimos otros temas.

—No es como que nos la pasemos diciéndonos que somos rechazados o algo por el estilo —intervino Rob.

—Sería como autocompadecerse —dijo Juanca—, y eso es una mierda.

—Sólo venimos a conversar —explicó Ana—, a conocer personas, a hacer amigos y no sentirnos solos. Aquí todos nos tratamos de llevar bien, porque a pesar de compartir algo en común, somos muy distintos; con formas diversas de sentirnos heridos.

—¡Estás compadeciendote! —dijo Juanca, con los ojos bien abiertos.

Francisco no tenía idea de qué decir. En la mañana estuvo pasando productos en el láser y cobrando el dinero que salía en la pantalla de la máquina como lo había hecho ya tres años. Y creía que nada iba a cambiar por un largo tiempo. Pero de pronto estaba con en un grupo de desconocidos que se dirigían a él con la confianza de toda una vida. Sobre todo, lo que le encandiló la oscuridad fue la aparición de esa rareza del existir. Esa flaca de ojos grandes que decía llamarse Ana. Una lucecita que, con altruismo, llegó para cambiarle la vida, pero no su inevitable final.

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