Fulton Sheen - Dios y el hombre

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Este libro es el primero de dos volúmenes que recogen las intervenciones televisivas del autor en su programa La vida vale la pena, que obtuvo en 1952 treinta millones de espectadores y un premio Emmy al personaje más influyente de la televisión americana. Este libro es, por tanto, el libro más atractivo del autor, y en él trata sobre el amor, la conciencia, el miedo y el pecado, el bien y el mal, entre anécdotas, poesías y reflexiones sobre el destino del mundo y la paternal intervención divina.
No faltan varios capítulos sobre Jesucristo, su Iglesia y la gracia, capaz de elevarnos sobre el pecado y hacer que nuestra vida merezca la pena ser vivida.

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En primer lugar, tenemos un Congreso. Hay una ley interior que dice: «Debes, no debes». La conciencia hace que nos sintamos bien después de una buena acción, mientras que una acción indebida nos hace sentir mal. ¿De dónde procede esa ley? ¿De mí mismo? No. Si la hiciera yo, no podría deshacerla. ¿Procede de la sociedad? No, porque a veces la conciencia me alaba mientras que la sociedad me condena, y a veces la conciencia me condena mientras que la sociedad me alaba. ¿De dónde procede la parte ejecutiva de la conciencia, que juzga si he obedecido o no la ley? La conciencia dice: «Yo estaba allí. ¡Te he visto!». Y ellos dicen: «¡No le hagas caso!». Uno sabe muy bien lo que debe hacer. Todo el mundo conoce los motivos que inspiran su conducta.

La conciencia, por último, nos juzga y alaba determinados actos. De alguna manera, sentimos la misma felicidad y alegría que sentiríamos si nos elogiaran nuestro padre o nuestra madre. Sentimos la misma tristeza e infelicidad que sentiríamos frente a la condena de un padre o una madre. Detrás de la conciencia tiene que haber algo, el Tú divino, que es la referencia de nuestra vida. La mayoría de los trastornos mentales que sufrimos hoy día son debidos a una revolución mental en contra de la ley que está inscrita en nuestros propios corazones. Cuando la gente recupera su conciencia recupera la paz y la felicidad. Entonces la vida es muy distinta. Lo que buscamos es la paz del alma.

La conciencia nos dice cuándo obramos mal; por eso nos sentimos como si en nuestro interior se hubiera roto un hueso. Un hueso roto duele porque no está donde debería estar; nuestra conciencia nos inquieta porque no está donde debería estar. Gracias a nuestra capacidad de autorreflexión podemos vernos a nosotros mismos, especialmente de noche. Como en cierta ocasión escribió alguien, «el ateo tiene miedo a la oscuridad». Y hay una vocecilla que dice: «Eres infeliz, ese no es el camino». Tu libertad nunca es destruida. Notas esa tenue llamada y te preguntas: «¿Por qué no será más fuerte?». Es lo suficientemente fuerte si la escuchamos.

Dios respeta la libertad que nos ha concedido. Quizá hayas visto un cuadro de Holman Hunt en el que el Señor, con un farolillo en la mano, está llamando a una puerta tapada por la hiedra. El cuadro de Holman Hunt recibió muchas críticas. Quienes lo criticaban decían que la puerta no tiene picaporte, y estaban en lo cierto. ¡Esa puerta es la conciencia, que se abre desde dentro!

3.

EL BIEN Y EL MAL

NADIE NACE ATEO NI ESCÉPTICO —que es aquel que pone en duda la posibilidad de descubrir alguna vez la verdad—. Estas actitudes proceden menos del modo de pensar que del modo de vivir. Si no vivimos como pensamos, pronto empezamos a pensar como vivimos. Acomodamos nuestra filosofía a nuestras obras, y eso no es bueno.

Os voy a contar la historia de una atea que vivía en Londres (Inglaterra), donde yo desarrollaba buena parte de mi labor en la parroquia de St. Patrick, en Soho Square. Un domingo por la mañana pasé al presbiterio de la iglesia para preparar la misa y me encontré a una mujer que, puesta en pie, arengaba a los fieles desde el comulgatorio.

—¡Dios no existe! —decía—. En el mundo hay demasiado mal. La razón no puede alcanzar su sentido. Es imposible demostrar la existencia de Dios. Me paso las noches en Hyde Park negando la existencia de Dios y recorro toda Inglaterra, Escocia y Gales repartiendo folletos que niegan que exista.

Me acerqué al comulgatorio y le dije:

—Joven, celebro oírle decir que cree usted en la existencia de Dios.

—¡Qué estupidez! Yo no he dicho eso.

—Pues yo le he entendido todo lo contrario —repliqué—. Imagínese que todas las noches me fuera a Hyde Park para negar la existencia de los fantasmas de doce piernas y los centauros de diez. Imagínese que recorriera toda Inglaterra, Escocia y Gales criticando la fe en fantasmas y centauros como esos. ¿Qué diría de mí?

—Que está usted loco —contestó ella—. Deberían encerrarle.

—¿Y a Dios no lo incluye usted en la misma categoría que a esas fantasías de la imaginación? —dije—. ¿Por qué sería una locura que yo las negara y no es una locura que usted niegue a Dios?

—No lo sé. ¿Por qué?

—Porque cuando yo niego la existencia de esos fantasmas imaginarios estoy negando algo irreal, mientras que cuando usted niega a Dios está negando algo tan real como un navajazo. ¿Cree usted que en este mundo existirían las prohibiciones si no hubiera algo que prohibir? ¿Habría leyes antitabaco si no existiera el tabaco? ¿Cómo puede existir el ateísmo si no hay nada que negar?

—¡Es usted odioso! —dijo la joven.

—Usted misma acaba de dar la respuesta —le dije.

El ateísmo no es una doctrina, sino un grito airado.

Existen dos clases de ateos. Están las personas sencillas con ciertos conocimientos científicos que admiten que probablemente Dios no existe, y hay otra clase de ateos que son militantes, como los comunistas. En realidad no niegan la existencia de Dios: desafían a Dios. Lo que evita que se les tome por locos es la realidad de Dios. Lo que les proporciona algo real sobre lo que volcar su odio es la realidad de Dios.

Una vez expuestas las actitudes que el alma puede adoptar ante la evidencia, pasemos a analizar el conocimiento de Dios. ¿Cómo conoce Dios? Dios conoce mirándose a sí mismo, igual que un arquitecto. Nosotros conocemos mirando las cosas. Antes de levantar un edificio, el arquitecto es capaz de decir el tamaño, la ubicación, el peso y el número de ascensores porque es él quien ha diseñado el edificio.

Dios es la causa del auténtico ser del universo. El arquitecto examina su propia mente para entender la naturaleza de lo que ha diseñado; el poeta conoce los versos que están en su mente; y Dios conoce todas las cosas mirándose a sí mismo. No necesita esperar a que dobles una esquina para saber que lo estás haciendo. No ve a los niños metiendo la mano en la lata de las galletas y concluye que están robando. A ojos de Dios todo está desnudo y al descubierto. En Dios no hay futuro. En Dios no hay pasado. Solo hay presente.

Imagínate que vas andando por un cementerio y ves una serie de tumbas que pertenecen a la misma familia. La inscripción de la primera lápida dice: EZEQUIEL HINGENBOTHAM, FALLECIDO EN 1938. Avanzas un poco más y ves otra lápida que dice: HIRAM HINGENBOTHAM, FALLECIDO EN 1903. Unos cuantos pasos más allá: NAHUM HINGENBOTHAM, FALLECIDO EN 1833; y aún más allá: REGINALD HINGENBOTHAM, FALLECIDO EN 1861. Estas lápidas señalan acontecimientos sucesivos ocurridos en el espacio y el tiempo. Ahora imagínate que sobrevuelas el cementerio en un avión: en ese caso, lo verías todo a la vez. Así ve la historia quien está fuera del tiempo.

Supón que ves el rollo de una película que contiene el desarrollo de una trama de principio a fin. Supón que ese rollo de película tuviera conciencia. De ser así, conocería toda la trama. Si tú y yo quisiéramos conocer la trama completa, tendríamos que esperar a que la película se proyectara entera en la pantalla. Iríamos conociendo de forma sucesiva lo que el rollo de la película conoce de una sola vez. Esto es lo que ocurre con el conocimiento de Dios.

Dios lo conoce todo porque es Creador; cada una de las cosas de este mundo ha sido hecha conforme a un patrón que existe en la Mente Divina. Mira a tu alrededor y fíjate en un puente, una estatua, un cuadro o un edificio. Antes de su inicio, cada uno de ellos existía en la mente de quien los diseñó o los planificó. De igual modo, no hay en este mundo árbol, flor, pájaro ni insecto que no se corresponda con una idea existente en la Mente Divina. Ese patrón se ha envuelto en materia. Lo que hacen nuestro conocimiento y la ciencia es desenvolver la materia para redescubrir las ideas de Dios. El hecho de que Dios haga cosas de esas ideas y patrones garantiza la racionalidad y el sentido del cosmos, lo que hace posible la ciencia. Si en el universo no hubiera inteligencias humanas y angélicas, las cosas seguirían siendo reales porque se corresponden con la idea existente en la mente de Dios.

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