Fulton Sheen - Dios y el hombre

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Este libro es el primero de dos volúmenes que recogen las intervenciones televisivas del autor en su programa La vida vale la pena, que obtuvo en 1952 treinta millones de espectadores y un premio Emmy al personaje más influyente de la televisión americana. Este libro es, por tanto, el libro más atractivo del autor, y en él trata sobre el amor, la conciencia, el miedo y el pecado, el bien y el mal, entre anécdotas, poesías y reflexiones sobre el destino del mundo y la paternal intervención divina.
No faltan varios capítulos sobre Jesucristo, su Iglesia y la gracia, capaz de elevarnos sobre el pecado y hacer que nuestra vida merezca la pena ser vivida.

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Visto mi entusiasmo por Sheen, quizá alguien pueda pensar que, en mi opinión, en nuestra misión de evangelización deberíamos, simplemente, recurrir a su método y a sus contenidos. Pero no es así. Por supuesto que hemos de aprender de él, pero también debemos imitar su compromiso creativo con la cultura de su tiempo. En cierta medida —y lo digo por mi larga experiencia práctica en este sentido—, la evangelización es hoy mucho más difícil que en tiempos de Sheen. El motivo que me lleva a hacer esta afirmación es que el arzobispo fue capaz de recabar un consenso cultural notablemente amplio en muchas cuestiones morales, filosóficas e incluso religiosas. El hecho de que le siguiera un inmenso número de no católicos da fe de ello. Hoy, sin embargo, ese consenso en buena parte se ha desvanecido. De ahí que limitarse a repetir ideas, imágenes y comparaciones puede carecer de eficacia con el público contemporáneo. Aun así, todos deberíamos empeñarnos en ser tan inteligentes como él, tan audazmente integradores y sintéticos como él, y estar dispuestos a ejercitar nuestra imaginación analógica con algo del talento y la creatividad de Sheen.

PREFACIO

ESTA ES LA HISTORIA DE UNA AMISTAD nacida gracias a los escritos de Fulton J. Sheen. Descubrí al arzobispo Sheen el verano de 1981. Después de graduarme en la Academia Militar de Estados Unidos de West Point, me hice amigo de Richard F. Aschettino, un coronel del ejército ya retirado y con un máster en filosofía cuya tesis versaba sobre Sheen. «Asch» me dio a conocer su obra y, fascinado por el don de comunicación del arzobispo, me leí treinta libros suyos en doce meses.

En 1982, buscando más libros de Sheen, di con la copia de unas grabaciones suyas dictadas en 1965. El título original de ese conjunto de audios era Life is Worth Living. Aunque las grabaciones compartían el mismo título y formato de su popular programa de televisión, este compendio oral no guardaba ninguna relación con él y se elaboró ocho años después de que el programa dejara de emitirse, una vez concluido el Concilio Vaticano II. El formato del programa de televisión consistía en ofrecer cada semana un mensaje nuevo a la audiencia, no necesariamente religioso y no siempre relacionado con el anterior, aunque siempre con la esperanza de acercar un alma a Dios. Este trabajo va un poco más allá que el programa de televisión. Sheen se sirve de cada charla para ir arrastrando una a una a las almas a una relación personal con Cristo.

Las grabaciones se llevaron a cabo en la intimidad de su domicilio, en Nueva York. Sus palabras, extraídas de sus cuarenta y cinco años de experiencia sacerdotal, brotan de su corazón sin ayuda de ninguna nota. Cada tema dura unos veinticinco minutos. Para ilustrarlos, se sirve de muchas anécdotas de su propia vida, así como de las referencias a unos cuatrocientos cincuenta pasajes de las Escrituras y a muchos poetas y escritores ilustres.

«Lo que da sabor al agua que bebo es mi sed», decía Sócrates. El gran atractivo de Sheen nace de su trato con gente de todos los contextos religiosos. A raíz de su ministerio a través de la radio y la televisión, recibió miles de cartas, de las cuales solo un tercio procedía de católicos. Este trabajo supone un intento de saciar la inmensa sed espiritual de personas de todo el mundo. La demanda internacional de su mensaje superó su capacidad de respuesta a cada petición individual. Sheen creó esta colección de vinilos para responder a las necesidades de los cientos de miles de personas que le escribían pidiendo una guía personal. Así como Cristo obró el milagro de la multiplicación de los panes para dar de comer a cinco mil personas, Sheen se sirvió de la tecnología moderna para obrar una multiplicación que ha alimentado y sigue alimentando muchas vidas. Fue un gran maestro y un gran sacerdote cuya parroquia era el mundo.

En la elaboración de Tu vida merece la pena ha colaborado mucha gente. Gracias a Mons. Thomas Gervasio, que me instruyó en la fe católica y me animó a emplear las grabaciones del arzobispo Sheen. Gracias a los muchos sacerdotes que me han facilitado la traducción del latín, francés y griego, en especial a Mons. James Mulligan, S.T.L. Mi agradecimiento especial a Esther B. Davidowitz, quien emprendió la difícil tarea de editar las transcripciones originales. Hemos tenido la inmensa fortuna de contar con la experta ayuda editorial del profesor Alfred S. Groh para la redacción. Siena Finley, R. S. M. el profesor Kenneth D. Hines, Edwina Ustynoski, Paul Buckalew, Elizabeth Reinartz y Laurie Siebert han compartido con nosotros sus conocimientos de la fe católica. Gracias a la hermana Pat Schoelles, S. S. J., a la hermana Connie Derby, R. S. M., a Bob Vogt y a Patrick Mulich del St. Bernard’s Institute de Rochester, Nueva York, quienes pusieron a mi disposición los archivos del obispo Sheen durante el verano de 2000. Y, sobre todo, gracias a mi esposa y a mi familia, y a su paciencia y su fe infinitas a lo largo de este proyecto. ¡Dios os bendiga!

PRIMERA PARTE

DIOS Y EL HOMBRE

¿Qué tienes que no hayas recibido?

Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías,

como si no lo hubieras recibido?

(1 Co 4, 7)

Si es terrible caer en manos de Dios,

más terrible es soltarse de ellas.

FULTON J. SHEEN

1.

LA FILOSOFÍA DE VIDA

LA PAZ SEA CON VOSOTROS. Hay dos maneras de despertarse por las mañanas. Una es diciendo: «¡Buenos días, Dios mío!»; y la otra es diciendo: «¡Dios mío, otro día!». Empecemos por la segunda.

La gente que se levanta así sufre angustia vital. La vida les parece bastante absurda, y hoy día abunda la literatura que trata del absurdo de la vida. Una de las mejores expresiones de ese absurdo es el relato sobre dos fábricas situadas a uno y otro lado de un río. Una de ellas reúne piedras gigantescas, las tritura y las convierte en polvo; luego un barco transporta el polvo al otro lado del río, donde la segunda fábrica lo transforma en bloques enormes. A continuación los bloques se devuelven a la primera fábrica, y así una y otra vez. Se trata de una forma literaria de expresar la visión de la vida que tiene la gente de hoy.

Ese absurdo lo encontramos en la obra de teatro de un existencialista que describe a tres personas en el infierno. Cada una de ellas está deseando hablar de sí misma, de sus desgracias y sufrimientos personales. A las demás solo les interesan sus propias desgracias y sufrimientos personales. Esta es la última frase cuando por fin cae el telón: «¡El infierno es el otro!»; y así es como viven algunos. Junto a este sentimiento del absurdo se da también una deriva. Hay mucha gente que se parece al Old Man River: se limita a flotar en el agua dejándose llevar, como una flecha sin blanco, un peregrino sin santuario, un viaje por mar sin puerto. ¿A qué conclusión común han llegado quienes se levantan y dicen: «¡Dios mío, otro día!»? Para ellos la vida no tiene ningún sentido; carece de objetivo, de meta o de destino.

Recuerdo cuando aún era un joven sacerdote y fui por primera vez a estudiar a Europa. En verano hice un curso en la Sorbona de París con el objetivo fundamental de aprender francés. La pensión en la que me alojaba pertenecía a madame Citroën. Llevaba allí alrededor de una semana cuando la mujer vino a decirme algo, pero no la entendí. ¡Qué mal te sienta que en París los perros y los caballos entiendan francés y tú no! Como en la pensión vivían tres profesores norteamericanos, les pedí que me hicieran de intérpretes. Y esto fue lo que pasó.

Madame Citroën me contó que, después de casarse, su marido la abandonó y su hija acabó convirtiéndose en una de esas piltrafas morales de las calles de París. A continuación se sacó del bolsillo una ampollita con veneno.

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