Gabriel Segurado - Cien pasos al norte

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Cien pasos al norte: краткое содержание, описание и аннотация

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"Cien pasos al norte" es una novela ágil, emocionante y llena de misterio en la que se mezclan de forma natural el género romántico, el thriller y el espionaje. Mónica, la protagonista, decide romper las ataduras de su rutina y emprender un viaje hacía Puerto del Rosario, un lejano país Latinoamericano. Así comienza una apasionante aventura que nos sumerge en la peligrosa investigación de un complot político y financiero que la enfrentará a terribles secretos, obligándola a tomar decisiones que pondrán en riesgo su vida. El amor también tiene un papel destacado despertando en Mónica sentimientos, prejuicios y emociones encontradas. Esta novela de acción, romance e intriga te atrapa desde la primera línea convirtiéndote, como lector, en el auténtico protagonista.

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A la mañana siguiente un fuerte hedor me destierra del sueño. Una vez desperezada y liberada de la poltrona, que como a una pepita de frijol me mantiene abrazada, retiro la pálida manta de bandas verticales tricolor a juego con las hamacas que cubre la entrada y, sin moverme del umbral, observo sorprendida la gran actividad que, en tono relajado, ya se desarrolla por todas partes. Las niñas y niños más pequeños acumulan leña traída por los jóvenes que la depositan en la periferia. Las mujeres más ancianas se afanan en quemar el pestilente pelo de un Caititu con el propósito de preparar su carne en un Biaribi u horno subterráneo. Las casaderas, con largos troncos de no más de un puño de ancho y un mortero tallado a base de maestría, machacan una pasta hecha con harina de mandioca y mucha paciencia. Los hombres, hundidos hasta poco más de la cintura y equipados con anzuelos, redes y rudimentarios aparejos de cáñamo, pescan a pocos metros de la orilla ejemplares como el Tambaqui, uno de los peces más exquisitos del mundo. Salgo de la cabaña y a mi paso los paisanos me saludan con una leve reverencia acompañada de un risueño guiño de aceptación y cariño. Ya en el centro del poblado una atractiva mujer engalanada con brillantes metales y lujosas pinturas festivas me invita con un gesto amable a que la siga hasta «La Casa de los Ritos». Una singular construcción revestida con cristales enhebrados a base de finos cordeles enganchados por doquier que tintinean con la fina brisa y lanzan intermitentes rayos de luz.

—¡Entra! —me ordena la voz profunda y suave de Heliat, que reconozco al instante—. Por favor, siéntate.

Me acomodo sobre una alfombra natural y, con la espalda apoyada en un rulo de piel, alzo la vista para distinguir —una vez que mis pupilas se acomodan a la discreta penumbra— la mirada tierna del hechicero. En un ambiente de completa solemnidad posa sus manos sobre un pequeño cofre de cobre en forma de baúl y recita una especie de cántico en un dialecto extraño. Abre el recipiente con sumo cuidado y respeto y del pequeño arcón extrae un legendario oráculo sagrado de no más de una cuarta de diámetro forjado en oro macizo y esmaltado en bajorrelieve. Asiéndolo con ambas manos lo alza por encima de su cabeza al son de la misma plegaria. Lo incrusta en una especie de altar rocoso emplazado y orientado de tal manera que un haz de luz solar proveniente del exterior impacta sobre él, proyectando el reflejo de su imagen profética sobre la blanca sílice hacinada y allanada en un gran plato de arcilla.

—Este es el gran legado de nuestra tribu… Cualquiera de nosotros daríamos la vida por preservarlo para nuestra estirpe. También tú podrás encontrar en el oráculo sagrado las respuestas a muchas de tus preguntas —manifiesta el hechicero con sabia clarividencia.

Me reclino apresurada, sedienta de respuestas, y le interrogo convencida de estar frente a un genuino ser espiritual.

—Dime, Heliat. ¿Cómo sabías que iba a venir si mi único rumbo es la deriva? Yo me dirigía a Manacos y solo la casualidad hizo que me desviara del camino y me encontrara con Yaizá.

Permanece un rato en silencio, como meditando la respuesta, me mira fijamente a los ojos y descubro la extraordinaria profundidad de su serena mirada.

—Los dioses —me instruye— nos han anunciado por medio del disco dorado que enviarían a sus ninfas aladas para traerte hasta nosotros con el propósito de que nos ayudes y nos protejas —alcanza una fina astilla, para utilizar como puntero, y prosigue—, fíjate en estos diagramas. A lo largo de generaciones hemos ido transmitiendo de padres a hijos las claves del relicario para poder descifrar el significado de los símbolos, dibujos y esquemas que esconden las verdades supremas de los Tupanga. Tú eres una de esas verdades —concluye señalando una pequeña figura que el valioso metal refleja sobre la fina arenilla.

—Pero si yo no soy capaz de ayudarme ni a mí misma, cómo voy a proteger a todo un pueblo —le contesto a sabiendas de que mis palabras le van a decepcionar.

—Cada uno de nosotros —prosigue— somos como un gran joyero repleto de celdillas que contienen nuestros más preciados dones. Estas oquedades están tapadas por pequeñas puertas con grandes cerrojos. Para conocer nuestras habilidades ocultas debemos buscar y encontrar la llave de cada una de estas cerraduras y liberar nuestras capacidades.

—No estoy yo muy segura de que tenga ningún don especial que encontrar —manifiesto frustrada.

—Un arquero nunca conocerá su puntería si no halla los dardos —insiste mirándome con vehemencia.

—Puede que tenga razón —replico poco convencida.

—No mires solo con tus ojos, deja a tu corazón que vea a través de ellos. Estas representaciones —señala— se grabaron antes de que el mundo fuera mundo y predicen tu encuentro con nuestro pueblo y la gran batalla. Las profecías hablan de una gran lengua en forma de serpiente que se traga todo nuestro mundo. Cabañas, tierras, cultivos y hasta la misma selva que nos da cobijo y alimento serán engullidas por el gran reptil.

Sus últimas palabras me devuelven a la realidad reventando todo el misticismo atesorado.

—Pero eso es imposible —protesto— no existen animales tan grandes. ¡Ya los habría visto la comunidad científica! Un cíclope así no se puede esconder —niego con la cabeza.

—La boa se tragará nuestro mundo y solo tú puedes vencerla —me recita en plegaria.

Lo del increíble vaticinio de mi llegada al poblado como «Su esperada arma de Liberación» me pareció una farsa inocente, ocurrente y hasta divertida —viniendo de un pueblo milenario y aislado cultural y geográficamente—, pero lo del gran bicho que se lo come todo ya no hay forma de procesarlo con un mínimo de razón. No puedo seguir fingiendo interés y empiezo a revolverme incómoda en el asiento con la necesidad de terminar la reunión. No quiero herir los sentimientos de un hombre de buena voluntad, que protege su fe y sus creencias, pero tampoco pienso seguirle la corriente.

—La serpiente no es invencible —continúa ajeno a mi escepticismo—, puesto que está gobernada por hombres.

—O sea, que un hombre a lomos de un gran reptil va devorar a vuestro pueblo y yo tengo que luchar con él hasta vencerle —digo con rudeza—. Siento ser tan directa, pero me parece que yo no tengo nada que ver con este ser mitológico ni con su montura. Y como, perdone mi franqueza, no creo en nada de esto, me parece que lo más honesto es no defraudaros y marcharme. Me levanto con dificultad, pues a mis piernas anquilosadas les cuesta descruzarse, y me despido con una sensible reverencia.

—Dime, Mónica —me interroga el anciano con los dedos entrecruzados a la altura del pecho—. ¿Qué buscas? ¿Qué fuerza te impulsó a dejar las comodidades de tu mundo y emprender tan osado viaje?

—Pues… no lo he pensado… Busco… una existencia llena de sentimientos positivos y la oportunidad de que mi vida sea útil para alguien —declaro asombrada por mis propias palabras.

—Entonces, tu camino ya tiene una dirección —afirma inmóvil.

—Pues yo creo que no sigo ninguna dirección, más bien me siento como si hubiera dado un salto al vacío y no encontrara la anilla que abre el paracaídas. Solo espero localizarla antes de darme el tortazo.

—Has hecho un largo camino buscando algo que solo puedes encontrar en tu interior —me confirma en un intento por orientarme.

—Puede que sea así —digo animada por el debate—, pero también busco ese lugar bello y apartado en un rincón paradisíaco del planeta que me envuelva con su natural serenidad. Siempre será más fácil encontrar la paz en un sitio así que en una frenética y ruidosa avenida.

—La paz que buscas no está en las calles, las avenidas ni los paraísos.

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