A medio recorrido, extenuada, descanso sobre un pequeño manto de hierba, coloco la cabeza entre las rodillas y dejo resonar una mecánica sintonía interpretada por mis agitados pulmones. Mientras tomo aliento alzo brevemente los ojos y me encuentro con la mirada de un mochilero de look hippie, con largas rastas y barba de varios días que, desde el otro lado del sendero, me envía un simpático saludo a mano alzada.
—Hola, parece que este sea el punto obligado de descanso, en el rato que llevo aquí ya habéis parado varios peregrinos. ¿Tú también vienes por la presa? —me pregunta con vocablos lánguidos y aletargados.
Está tirado en el suelo con el desbaratamiento de una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.
—Sí, supongo que me gustaría saber qué está pasando.
Tiene un poco pinta de «colgado» pero parece buena gente.
—¡Buf! —suspira con un atontamiento supino—, ten mucho cuidado con eso de la información. Aquí todo es de un secretismo absoluto. Estos cerdos tienen comprada a media ciudad y sobornados a todos los políticos con algo de poder. Y la presa…, la presa está custodiada por un ejército. Como te vean haciendo preguntas, si tienes mucha suerte, te pegan un tiro, pero lo más seguro es que se diviertan contigo un buen rato y, cuando se aburran, te despellejen viva.
—No sé a qué viene tanto rollo, solo tengo curiosidad por saber qué pasa.
—Ya sabes, pasa lo de siempre. Una gran compañía sin humanidad que se apodera por la fuerza de los recursos naturales de los indígenas para lucrarse —balbucea expulsando hasta por las orejas una gran nube de humo que exhala de un pitillo de maría mal liado, causa probable de parte del agujero de ozono y de su evidente lentitud neuronal.
—Pero, si todo esto ya se sabe, alguien estará haciendo algo —me quejo molesta.
—Los politicuchos son muy vulnerables a la riqueza y al poder. Yo voy a unirme a un grupo que está intentando demoler la presa, ya que no han conseguido parar las obras. Si tanto te interesa, seguro que ellos podrán contarte muchas más cosas. Además, creo que no deberías ir sola por ahí y menos con esa pinta de veraneante. Como te vea una patrulla lo mismo tienes un problema.
Diego, el mochilero «fumeta», me acompaña el resto del camino.
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