Suzette Elgin - Lengua materna

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"No se permitirá a ninguna ciudadana trabajar, tener dinero, propiedades o bienes sin el permiso de un hombre".Es el año 2205. La subsistencia de la Tierra depende del comercio interplanetario y los derechos de las mujeres se han derogado: están sometidas a los hombres. Solo las lingüistas, un pequeño grupo de mujeres cuyas extraordinarias dotes como traductoras hacen posible la comunicación con los extraterrestres, disfrutan de cierta consideración social.Nazareth es una brillante lingüista que trabaja hasta la extenuación para el Gobierno y sueña con jubilarse y entrar en una casa estéril, donde las mujeres que ya no están en edad de procrear esperan la muerte. Mientras tanto, un movimiento clandestino empieza a surgir entre las sombras de estas casas: en ellas, las mujeres están desarrollando un nuevo lenguaje secreto que les permitirá liberarse de sus opresores. Pero las rebeliones particulares de Nazareth amenazarán con acabar con el movimiento de la resistencia y cualquier esperanza de libertad. El clásico de la ciencia ficción feminista antes de
El cuento de la criada. Finalista del Premio Locus."Un referente feminista que es, a la vez, una muestra magistral de la mejor ficción especulativa." Ursula K. Le Guin"Publicada en 1984, Lengua materna lo deja claro. Las mujeres pueden empezar a cambiar el mundo gracias al poder y la precisión del lenguaje." Maggie Shen King, autora de
An Excess Male

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Resolvieron sin problema los primeros siete puntos del orden del día y no hubo necesidad de hacer ninguna pausa. Lo único sobre lo que Thomas se sentía un poco más inseguro, el contrato para el REM80-4-801, no tuvo ninguna oposición. A veces, una reunión con una proporción sustancial de jóvenes participantes sin experiencia tenía sus ventajas. Había preparado sus argumentos, por si acaso, pero o bien ninguno de los otros se había percatado de la peligrosa apertura en el subpárrafo once, o no les preocupaba lo suficiente como para perder el tiempo discutiendo al respecto. El resto de asuntos eran pura rutina, y completaron la lista en menos de doce minutos.

Ahora se disponían a abordar el último tema. Con cuidado, Thomas lo leyó con un tono de voz indiferente, sin añadir énfasis alguno y, a continuación, esperó. Como había previsto, Aaron fingió estar tremendamente aburrido; tenía la habilidad propia de la línea Adiness con las expresiones faciales, además de la facilidad que confiere la práctica, y mostró un completo desinterés.

—Este asunto queda abierto a discusión —declaró Thomas—. ¿Algún comentario?

—Sinceramente, no veo ninguna necesidad de discusión —observó Aaron de inmediato—. Creo que habríamos resuelto todo este asunto con facilidad mediante memorandos, y Dios sabe que tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo. Como todos, Thomas; seguro que no soy el único que está atascado con los plazos de entrega federales.

Thomas no estaba dispuesto a pronunciarse todavía; alzó las cejas apenas la fracción precisa, se frotó la barbilla con suavidad y esperó… hasta que Aaron habló.

—Reconozco que tuviste que añadir este asunto a un orden del día formal; me has convencido de ello —comentó—. Y lo hemos hecho. Ha salido a la luz, es una cuestión pública, para que todo el mundo lo vea y aplauda. Y ya hemos perdido demasiado tiempo. Propongo que votemos y acabemos de una vez.

—¿Sin ninguna discusión? —preguntó Thomas con suavidad. Aaron hizo un gesto de indiferencia.

—¿Qué hay que discutir?

Paul John intervino; era lo bastante viejo como para que la arrogancia de este yerno en concreto no le pareciera divertida en absoluto, y demasiado anciano para que su brillante uso del lenguaje o su buen aspecto lo impresionasen.

—Lo descubrirías si dejaras hablar a los demás —repuso el anciano—. ¿Por qué no lo intentas y lo compruebas?

Thomas actuó con rapidez, pues no le interesaba ver a Aaron y Paul John iniciar una de las sesiones de combate dialéctico a las que eran tan aficionados. Eso sí que sería una pérdida de tiempo.

—Aaron —intervino—, esta reunión no es una mera fachada.

—No. Teníamos que discutir esos contratos. Y votar sobre ellos.

—Y este tema tampoco es trivial —insistió Thomas—. Hay un motivo, un buen motivo que nada tiene que ver con hacerlo público, para que lo tengamos en consideración. Porque sentimos, y estamos obligados a sentirlo, algo más que afecto formal hacia la mujer en cuestión.

—Y te recuerdo que, en términos puramente económicos, la mujer merece ese afecto por completo —intervino Kenneth desde el otro extremo de la mesa, en la pata derecha de la A. Estaba nervioso y carecía de la habilidad necesaria para ocultarlo con el tono de voz o el lenguaje corporal, pero mostraba determinación—. Nazareth Chornyak ha dado nueve niños sanos a esta línea —añadió—. Eso son nueve lenguajes alienígenas añadidos a los haberes de esta casa. No se trata de una muchacha sin experiencia.

Thomas vio cómo Aaron permitía que un leve signo de desprecio, un parpadeo de desdén medido con sumo cuidado, surcara su rostro; luego, lo reemplazó por una falsa y empalagosa amabilidad acorde a lo que iba a decir a continuación. No era, en absoluto, una competición justa: por un lado, estaba el pobre Kenneth, salido directamente del populacho y conducido a la casa Chornyak, sin ningún dominio de las habilidades lingüísticas; y, por otro, Aaron William Adiness, hijo de la casa Adiness, la segunda de las dinastías lingüísticas, solo por detrás de la línea Chornyak. Kenneth era un pato en un barril, y Aaron disfrutaba demasiado de la caza como para dejar escapar la ocasión.

—Hay veces, Kenneth —contestó con tono compasivo—, en que resulta obvio en extremo que no naciste lingüista. No aprendes nunca, ¿verdad?

Kenneth se ruborizó, y Thomas sintió lástima por él, pero no interfirió. En cierto sentido, Aaron tenía razón: Kenneth no aprendía. Por ejemplo, todavía no había aprendido que seguir el juego a Aaron solo servía para alimentar su gigantesco ego y era, por tanto, una pérdida de tiempo. Kenneth siempre picaba.

—No es la mujer —agregó Aaron con amabilidad— la que añade los lenguajes alienígenas a los haberes de la casa. Es el hombre. Es este el que se toma la molestia de fecundar a la mujer, a la que se mima y se trata con indulgencia enfermiza para asegurar el bienestar de su hijo. Atribuir crédito alguno a la mujer, que desempeña el papel de un simple receptáculo, es romanticismo primitivo, Kenneth, y completamente acientífico. Relee tus textos de biología.

Releer. Presuponía que Kenneth ya los había leído y que no había aprendido nada de la experiencia. Magnífico. Y típico de Aaron Adiness.

Kenneth farfulló y enrojeció todavía más.

—Maldita sea, Aaron…

Aaron navegó en la corriente de la conversación; Kenneth apenas estaba presente, excepto como objetivo de su misericordiosa instrucción.

—Y harías bien en recordar que, si no fuera por la intervención de los hombres, solo nacerían mujeres. La raza humana degeneraría en una especie compuesta enteramente por organismos inferiores a nivel genético. Tal vez quieras reflexionar sobre ello, Kenneth. No estaría mal que tuvieras en mente esos hechos básicos, como antídoto para las tendencias sentimentales.

Entonces, se reclinó hacia atrás, exhaló una bocanada de anillos de humo hacia el techo, sonrió y dijo:

—No confundamos el continente con el contenido, querido hermano.

En la otra pata de la mesa, Jason se rio en respuesta al viejo chiste. Thomas se sintió decepcionado. Más tarde, le diría unas palabras a su hijo por aplaudir al que utilizaba un arma cuando el blanco era un pato en un barril. Se sintió más satisfecho con lo que sucedió a continuación, cuando la reprimenda llegó de la pantalla del comset donde el rostro de James Nathan parpadeaba y ondeaba contra las fluctuaciones de los suministros de energía de la casa.

—Maldición, Adiness —intervino este otro hijo más capaz—, la única razón por la que no hemos terminado con esto para pasar a esos plazos de entrega por los que estabas tan preocupado hace cinco minutos, y la única razón por la que no estoy de vuelta en la cama, donde, sin duda, debería estar, es por lo mucho que te gusta hablar. Ninguno de nosotros, y eso incluye a Kenneth, a quien pido disculpas por tus malos modales, necesita que recites información que todos los seres humanos conocen desde los tres años de edad. Ahora, daré por hecho que has terminado, Aaron, y te sugiero que así sea.

Aaron asintió con cortesía y aplomo, y sonrió con tranquilidad, y Thomas supo que este consideraba que la reprimenda merecía el placer de haber jugado con Kenneth, Williams de apellido de soltero. Aaron consideraba que el hecho de que Kenneth aportara genes nuevos no justificaba su presencia. Desde el principio, se había opuesto a que entrara en la casa como esposo de Mary Sarah, y nunca ocultó que su opinión no había cambiado, a pesar de los siete años que habían transcurrido. Le gustaba recalcar que Kenneth era «sin duda, afeminado». No delante de él, por supuesto, pero siempre allí donde el insulto llegara a su cuñado al poco tiempo.

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