Franco Santoro - Historia de dos partículas subatómicas

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Historia de dos partículas subatómicas: краткое содержание, описание и аннотация

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Vicente Vargas González, un pintor con sinestesia, callejero y conocido por ser un bueno para nada; Felipe Aliaga, un cantante de metro; y Ana Belén, miembro de una estricta congregación religiosa y apasionada por la mecánica cuántica, cohesionan en un mismo destino, donde la pobreza y las desventuras son parte de su día a día. Las ansias de libertad, la aspiración por un mejor futuro, la amistad y el amor conllevan al enfrentamiento y la toma de difíciles decisiones cuando un grupo de narcotraficantes llega a ofrecerles un trato muy tentador. ¿Será la solución a sus problemas? ¿Podrán lidiar con ello?

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***

Teobaldo, el día del accidente de su mujer, estaba sentado en el living de su casa, fumando un cigarro y viendo las noticias en la tele. El volumen estaba bajo y el silencio de la noche entraba por todos los agujeros de la casa. La noche ―como diría Shakespeare― nodriza de la culpa. Hablaba solo y le pegaba piteadas a su cigarro. Murmuraba potenciales palabras para su esposa:

―Desde que te conocí he admirado tu capacidad de contar historias que bordean lo imposible y resultan ser ciertas. Las narras como si fueran nada o simples idas al baño. Fue lo que me atrajo de ti, tu capacidad de sobreponerte a lo adverso sin quejarte ni decir siquiera que estabas cansada o atemorizada. Sigo admirándote por eso. Sin embargo, desde que estamos juntos, he creído falsamente que necesitas de mi ayuda, que en realidad no eres fuerte. Me lo has hecho creer así. Me has convencido de eso. Ahora, en estos momentos, siento admiración, compasión y atracción hacia tu cuerpo al mismo tiempo, pero no te amo. Me hostiga decírtelo, me cansa besarte. El temor de saber con creces que no encontraré a nadie mejor que tú, me ha mantenido aquí estos últimos dos años, esperando enamorarme de otra para irme, mas no lo he conseguido. No puedo seguir engañándome; no quiero estar contigo.

Ensayó ese discurso una y otra vez, gastándose toda la cajetilla de cigarros. Se fue a dormir cuando en la tele cortaron las trasmisiones, y la afonía se transformó en bofetadas para los tímpanos. Esa misma madrugada, una patrulla de carabineros llegó hasta su casa y le avisó del accidente.

***

Vicente Vargas González llevaba siempre a su cuñada postrada a los salones de pool. Una vez, intentó enseñarle a jugar, pero ella no pudo aprender; no tenía la fuerza suficiente para sostener el taco. De modo que la dejaba sentada en una esquina de la mesa y desde allí la mujer gritaba todas las bolas que el pintor metía. No se entendía mucho lo que decía, pero de seguro eran halagos para él.

El mes de enero, días después de celebrar Año Nuevo, ambos fueron a la playa. Vicente dijo a su hermano que se quedara en la casa. “Aprovecha. Dale en el gusto al cuerpo. Será pecado, pero también es necesidad. Dios lo entenderá”. Teobaldo no respondió, metió su mano al bolsillo y le dio dinero al artista. Estuvieron tres semanas en El Quisco, en la cabaña del bisabuelo materno.

―Tome, Nino. ―El pintor le entregó una docena de billetes a su bisabuelo―. Se lo manda Teo, dice que es para que pueda ponerle ducha al baño y construya un portón decente.

El viejo miró el turro de plata de reojo y negó con la cabeza.

―Si quisiera bañera, reja, cerámica en el suelo y todo lo demás, regresaría a Santiago a encerrarme en mi casa. Dígale a su hermano que esto es una cabaña, y el chiste es que sea diferente a una casa.

Vicente guardó el dinero en su bolsillo y cambió el tema de conversación.

―Silencioso el pasaje. El mar está lejos y puede oírse.

―Siempre es silencioso. Los viejos somos así.

―¿En las cabañas contiguas viven viejos? Al parecer no vive nadie.

―En este momento, nadie. En noviembre viene mi compadre Arévalo y su esposa.

―¿Y se juntan?

―Sí.

―¿Y qué hacen?

―Nada.

―¿Cómo?

―Solo nos sentamos en el jardín a conversar. Arévalo, de vez en cuando, viene en su furgón Volkswagen y lo revisamos.

―¿Siempre ha sido así?

―Sí. Esta población se fundó en los años setenta. En esa época, la mayoría de los que llegamos aquí ya éramos abuelos. Antes veraneábamos en los bosques de El Quisco, con carpas, cagando en hoyos en la tierra. Tiempo después, decidimos construir cabañas; compramos entre muchos amigos y compañeros de trabajo este terreno y creamos la población Los Setenta. Arévalo y yo somos los únicos que quedamos, todos mis amigos han muerto. A sus familias no las conozco, y no vienen para acá tampoco.

Abrió una botella de vino y le dio un vaso a Vicente. El pintor balbuceó un par de palabras refiriéndose a la fundación de Los Setenta, una frase estúpida, indigna de eco, y le preguntó a su bisabuelo:

―¿No había dejado de ser alcohólico?

―Sí, ya no lo soy.

―Entonces, ¿por qué está tomando?

―Porque no soy alcohólico, pendejo. Te dije. ―Tomó un trago monumental―. En este mundo existen dos tipos de alcohólicos: el que toma todo el tiempo y el que no toma. No soy ninguno de ellos.

Vicente asintió desinteresado. Luego, se acercó a Johanna y le ayudó a ponerse su traje de baño.

―¿Vamos a caminar? ―le preguntó.

Ella, con un gesto indescifrable para un desconocido, dijo que sí.

―Guárdeme el vaso de vino ―dijo el artista a su bisabuelo―. Regreso más tarde.

El silencio anaranjado. La brisa marina. La sal. El mar plateado en el horizonte, procesado por el pintor en ondas sonoras desesperantemente inexplicables.

Había una avenida enorme que recorrer. Parecía que al final de ella descansaba el océano. Vicente compró una palmerita a Johanna y se la dio de a pedazos para que no manchara toda su cara con azúcar. Iban cantando “Mediterráneo”, de Serrat.

¡Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa! / Y escondido tras las cañas / Duerme mi primer amor / Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vayas.

En la Avenida Francia, desde que Vicente era un niño, había un edificio a medio terminar y un restorán al que nadie entraba. También, un bosque de pinos viejos y pensiones que se hallaban frente a él. Estas eran cabañas de un piso, embellecidas con conchitas pegadas a la pared. Un estilo muy playero.

***

Años después, Vicente regresó a El Quisco, esta vez con Ana Belén, la física. El restorán al que nadie entraba era un local de fantasmas, derrumbado, y el edificio que estaba a medio terminar seguía así.

***

Llegaron al centro de El Quisco y recorrieron las ferias artesanales. Vicente entró a la panadería para escuchar el aroma de las masas calientes. El sonido se parecía al eco que emanaba la fragancia a bloqueador en algún ocaso de febrero.

Estuvieron casi toda la tarde mirando el mar, ola tras ola, hasta que el sol se escondió.

―A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino ―cantó Vicente mientras se preguntaba qué mierda significaba “recodo”. De pronto, pensó en la chica del sombrero de ala ancha.

“¿Dónde estará? ¿Qué hará en estos momentos? Quizás estamos más lejos que nunca, tal vez duerme una siesta o camina por Puente Alto ―reflexionó―. Posiblemente la acaban de atropellar. Capaz está besando a su primo. A lo mejor salió en la mañana a comprar fajitas para el desayuno, fue a la universidad, y en el camino le dio una diarrea fulminante. Se bajó con la transpiración a flor de frente y entró a un baño público. Allí, al darse cuenta de que no había papel higiénico, sacó su sombrero ala ancha de la cartera y lo deslizó con suavidad por sus nalgas. Le dio tanta pena perderlo que no fue a la universidad y se devolvió a su casa. Entró despacito y vio a su madre teniendo sexo con el vecino. Su familia se había derrumbado. La chica del sombrero, arrancando sin rumbo establecido, llegó al terminal de buses. Vio su calendario de bolsillo y supo que era dieciocho de enero. ´¿Cuál es la letra dieciocho del abecedario?´ ―se preguntó―. ´La letra Q´ ―se respondió. Fue a la boletería y consultó a la vendedora si había una ciudad en Chile que empezara con la letra Q”.

―El Quisco, señorita.

―Entonces, deme un pasaje para El Quisco, por favor.

El pintor detuvo sus pensamientos para mirar el calendario que tenía en su billetera.

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