J.C. Giménez - Translúcido

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Una novela extraña y conmovedora, con toques de terror, de novela psicológica e incluso romántica. Una historia sobre los valores familiares, oscura y pesimista, donde se pone a prueba la moral del ser humano.

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—Qué bien que hayas llegado —dijo al verme.

—Gracias por llamarme —le dije.

Me ofreció un abrazo del que no pude librarme y me palmeó la espalda para decirme al oído:

—Qué dura perdida.

—Lo es —convine.

—Nadie se lo esperaba, Marcos.

—Nadie.

Los dos sabíamos que eso no era cierto. En el pueblo, hasta las piedras que bordeaban el camino sabían que ese momento llegaría. Metástasis ósea, no hacía falta decir más. Guardé esa apreciación para mí y me libré de su abrazo. El tío Claudio me informó que esperaba a un empleado para iniciar el trámite. Le di las gracias y nos sentamos en las butacas de la recepción.

Cuando llevábamos cinco minutos, mi tío sin parar de hablar y yo asintiendo a todo tratando de alejarme de su halitosis, llegó un hombre trajeado, con el rostro más corriente que uno pudiera imaginar. Se movía con pesadez, como si llevara plomo en los zapatos. Lo seguimos en silencio y nos ofreció asiento en un pequeño despacho tan gris como el traje que vestía. Una vez estuvimos los tres acomodados, el empleado abrió una ancha carpeta de color negro y empezó a diseminar su contenido sobre la mesa.

—Me consta que su padre era cristiano —me dijo.

—Sí, el que más —se adelantó a decir el tío Claudio.

Lo miré por el rabillo del ojo por habérseme adelantado.

—Sí, todos los domingos iba a misa —dije sin ganas.

—Bien, bien —dijo el empleado con la vista clavada en sus papeles—. ¿Han pensado en lo que quieren que diga en los recordatorios?

—No, acabo de llegar —dije, pasando la vista por los trípticos que nos mostraba—. Pero si me da un momento…

—No corre prisa —se aventuró a decir el empleado—. Primero deberían elegir ataúd, supongo que el velatorio se celebrará con ataúd abierto.

—Supongo —dije por decir algo.

—Sí —dijo el tío Claudio. Saltaba la vista que era mucho más versado en estos temas—. La familia agradecerá verlo para despedirse de él como Dios manda. Y estos recordatorios valdrán —añadió señalando el que me quedaba más alejado.

Le eché un vistazo y asentí, la verdad es que me daba lo mismo que saliera cristo crucificado que el pato Donald. La conversación continuó durante media hora en la cual mi mente se abstrajo por completo. Mi atención recaía en el amplio ventanal a la espalda del empleado y en sus vistas. Había dejado de llover por fin y el cielo empezaba a clarear.

Empapado hasta los calcetines volví al coche y me dirigí a la antigua casa. El tío Claudio se quedó en la funeraria «por lo que pudiera pasar» y yo agradecí un poco de soledad. Aparqué junto al portón metálico. Atravesé el lastrado jardín e introduje la llave en la cerradura. Tomé aire y abrí la puerta. El olor a cerrado no me sorprendió en absoluto. Todo permanecía estancado en el pasado. El frío comedor con las baldosas del suelo negro carbón y el vetusto empapelado de rombos de las paredes me daban la bienvenida como si nunca me hubiese marchado. Incluso la mesa con mantel de lana color hueso con el brasero oculto entre sus patas no había sido movida ni un centímetro. Los recuerdos de la infancia se agolpaban en mi cabeza queriendo ser conmemorados a la vez. La llamada de Bruno me sacó de mi ensimismamiento.

—¿Cuándo llegas? —le pregunté.

—Aún no lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? —pensar que tendría que estar solo ante lo que estaba por llegar me aterraba.

—¿Es que no ves las noticias? —me dijo como si hablara con un ignorante.

—No, he estado ocupado escogiendo el ataúd de nuestro padre.

—¿Dónde estás?

—En nuestra antigua casa.

—Sal al jardín.

—¿Pero qué coño…?

—Sal, por favor —insistió. Pude notar el apremio de su voz.

—Vale, ya salgo —dije abriendo la puerta.

Las nubes se habían disipado dejando al descubierto un cielo azul completamente limpio. Mis ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la brillante luz diurna, pero cuando pude ver con claridad, me quedé sin habla. Algo que no debía estar allí había aparecido durante la lluvia. Me froté los ojos sin poder creerlo. Ni con una imaginación tan desbordante como la mía podría haber ideado algo parecido. Una grieta inmensa partía en dos el firmamento como si quisiera comerse el mundo de un bocado.

—¿Sigues ahí, Marcos?

—Sí, sigo aquí, Bruno —dije con voz trémula.

—Es flipante ¿no? —me dijo.

—Sí, flipante —repetí con los ojos clavados en la gigantesca brecha purpurea.

—Apareció hace unas horas y nadie tiene ni idea de lo que es. Han cancelado todos los vuelos hasta que descubran si es peligroso.

—No es más que un fenómeno atmosférico que… —empecé a decir.

—No me fastidies, ¿desde cuando eres científico, tío? Si fuera una jodida aurora boreal no cancelarían vuelos.

—Vale, no tengo ni idea de lo que es. Te lo pido por favor, haz todo lo posible por venir, no quiero comerme el marrón yo solo.

—¿Y qué quieres que haga? Te recuerdo que nos separa el océano atlántico y nunca se me dio bien la natación.

—Tú solo coge el primer vuelo que salga ¿vale? No creo que tarden mucho en restablecer las líneas.

—No sé, tío. Parece algo muy gordo.

—Gordo o no, el velatorio de nuestro padre es en dos días y necesito que vengas.

—Vale, tío, no te preocupes.

—Mantenme informado ¿vale? —le dije.

—Claro, Marquitos. Te quiero, tío.

—Sí, ya —dije entre dientes.

No sé cuánto tiempo pasé observando el desgarro en el cielo, pero atardecía cuando el tío Claudio me encontró allí plantado.

—Hola, Marcos —me saludó.

—Hola —dije entrando de nuevo a la casa. Aún no me había cambiado y mi cuerpo empezaba a entumecerse debido a la humedad.

—¿Has visto el cielo? —le pregunté secándome la cabeza con un trapo de cocina.

—Lo he visto —dijo como si no tuviera importancia mientras recorría las habitaciones.

—¿No te parece raro? —quise saber.

—Son los designios de Dios, no nos corresponde a nosotros comprenderlos.

—Buff —resoplé ante su ciega terquedad—. Si tú lo dices.

El tío Claudio se detuvo de repente, me atravesó con la mirada y torció la boca en una fea mueca que indicaba su descontento. Respiró dos veces antes de hablar.

—Mira, Marcos, sé que no eres creyente pero has de respetar a los que sí lo somos.

—Solo digo que no creo que sea Dios el que…

—Es así para mí.

—Perdona, no quería ofenderte —dije con sinceridad.

—Ya está olvidado, no es el momento de discutir sobre religión. Hay mucho por hacer y muy poco tiempo. Conviene tenerlo todo bien atado. Ahora ve a secarte —me ordenó—, te espero aquí.

Dejé el comedor pensando en que quizá me había sobrepasado. Solía ponerme a la defensiva cuando alguien sacaba el tema de la religión. Sé que estaba mal y que debería respetar las creencias del tío Claudio, pero me costaba controlarme. Tal vez si viviéramos en un mundo ideal no me hubiera burlado de él.

Encontré unas toallas en el armario del baño con las que pude secarme. Me deshice de la ropa mojada y la tendí sobre una silla en el jardín con la esperanza de que el sol hiciera horas extra con ella. Recorrí la casa en busca de algo que ponerme y acabé conformándome con lo primero que encontré: La bata y las zapatillas de estar por casa de mi padre. Parece mentira que la última imagen que albergaba de él fuera así vestido. Me puse la gruesa bata y me la até a la cintura. Las zapatillas eran de mi número y debía reconocer que eran bastante cómodas. Era la ropa de un muerto y olía como tal. Evité mirarme a ningún espejo por miedo a ver el reflejo de mi padre. Aquel sería mi atuendo hasta que la ropa se secara o hasta que los comercios abrieran por la mañana.

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