Antonio Vásquez - Señales distantes

Здесь есть возможность читать онлайн «Antonio Vásquez - Señales distantes» — ознакомительный отрывок электронной книги совершенно бесплатно, а после прочтения отрывка купить полную версию. В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: unrecognised, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Señales distantes: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Señales distantes»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Un joven acólito sufre una extraña enfermedad –o maldición– debido a la cual su cuerpo cobra, lentamente, la textura de una roca; de la mano de una joven japonesa, un turista mexicano visita un pequeño pueblo costero en el que participará de manera inesperada en un rito ancestral; un loro atormenta sin misericordia a un oficinista enamorado. Los personajes de los relatos contenidos en
Señales distantes parecen asegurarnos que ahí donde existen los más profundos dolores y obsesiones humanas, se abre una puerta donde tiene lugar lo extraordinario.Después de la notable recepción de
Ausencio, su primera novela, Antonio Vásquez vuelve a sorprendernos con una colección de cuentos en la que además de ofrecer los esbozos de una geografía personal a la manera de Onetti y Faulkner, rinde tributo a una de las más destacadas vertientes de la tradición literaria hispanoamericana: la literatura fantástica. Sin embargo, lo fantástico en los cuentos de Vásquez no se presenta como un puñado de actos mágico-folclóricos, sino como una forma de ver y sentir el mundo, como el hilo mítico que conecta nuestras íntimas muertes y resurrecciones cotidianas con el misterio de la creación: el ciclo del origen de la vida y su inevitable destrucción. Julieta Venegas, sobre «Ausencio»: «¡Libro impresionante! Vásquez escribe maravillosamente bien. el nivel de este escritor joven es alucinante. El tema de la herencia del padre llevado a un lugar muy fuerte. Y de la fragilidad, y de la tristeza, y el de perderse, es un libro realmente oscuro, a momentos me hizo ver a Buñuel, y otras el infierno. Es una maravilla, y lo pongo en mis favoritos, además de recomendar mucho, mucho a este escritor llamado Antonio Vásquez» Roberto Pliego,
Milenio: «Fantasmales son los escenarios del centro de la Ciudad de México, de sus parques, calles y cantinas, y aún más fantasmales los del poblado cercano a la capital oaxaqueña —estación de partida y también de último arribo— que ha dejado de mirar hacia adelante. Constructor de insomnios y temblores, Vázquez ostenta el ritmo y la paciencia suficientes para conducir a su protagonista hacia la indigencia espiritual y sumarlo a la corte de almas en pena que se multiplican a medida que avanza la novela.» Jorge Quezada,
Chilango: «Ojalá que en el futuro Antonio Vásquez siga publicando. Ausencio (Almadía), su primera novela, trata sobre la gestación del mal en el seno familiar y refleja la influencia de novelistas de la talla de Malcolm Lowry, Juan Rulfo y Juan Vicente Melo.»

Señales distantes — читать онлайн ознакомительный отрывок

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Señales distantes», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Al regresar a casa azoté la jaula contra la pared; la pateé repetidas veces y fumé hasta atestar la habitación de humo, esperando que se ahogaran los pulmones del loro. Maldije a la señora del mercado, a mi ingenuidad. Levanté la jaula y con mi cigarro quemé las alas que se agitaban dentro. El loro respondió clavándome su pico. Saqué mi mano y un hilo de sangre escurrió entre mis dedos. Está bien, le dije, ya basta. Abrí la ventana, coloqué la jaula sobre el alféizar y con un empujón la dejé caer al vacío.

Tardé en cerrar la ventana; satisfecho por mi hazaña, miraba el edificio que bloqueaba mi vista. Por eso no me di cuenta de que el loro había escapado de su prisión y venía hacia mí con vehemencia: voló a mi alrededor, sacudiendo el polvo de mis muebles, rasguñándome. Abría su pico, lanzando insultos entre los cuales escuché el nombre de Alondra. ¡Alondra!, gritaba, Alondra, repetía. El nombre de Alondra y el incesante aleteo del loro no cesaron de sonar.

SOLEDAD

Las moscas comienzan a abandonar la tiendita una por una. Afuera ha escampado y el sol se refleja en los charcos formados en la terracería. Es fuerte el sol del atardecer. Y no tardará en endurecerse el lodo. No me gusta cuando eso sucede; la gente y los carros que pasan rompen las costras de tierra y alborotan el polvo que después se asienta dentro de la tienda. Luego yo tengo que desempolvar los anaqueles y el mostrador, y por más que limpie, cada vez que paso el trapo sale negro. Es como cuando tengo que darle un baño a Soledad, mi madrina.

Ella, al notar que la tormenta ya paró, asoma su cara arrugada a través del umbral de la casa que está frente a la tiendita; con sus brazos flacos y tostados arrastra una silla de plástico y la coloca justo debajo del dintel. Le gusta estarse ahí, sentada, con las manos quietas en el regazo, vislumbrando Dios sabe qué con sus ojos nebulosos de cataratas.

Recuerdo cuando aún podía verme con claridad, cuando acariciaba mi pelo largo y me decía Qué buena niña y me regalaba muñecas. Eran unas muñecas viejas, cuyos vestidos se habían vuelto amarillentos, pero que aún eran chulas, de una porcelana muy brillosa. Ahora ya no estoy en edad para muñecas, pero me gustaría que Soledad pudiera ver mi rostro y no tuviera que revisarme con sus manos resecas cada vez que voy a visitarla. ¿Cuándo te me vas a casar, Lichita?, me pregunta siempre. Yo le respondo que no sé, que no hay nadie. Que para qué. Ella entonces abre bien los ojos, arruga su frente como tasajo chamuscado y me recrimina: No digas esas cosas, Lichita, si te oyera tu mamá…

¿Si me oyera? Si ya lo sabe. Por eso me ha puesto a atender la tienda, para ver si algún fulano entra y me lleva. Pero yo no me dejo. Aunque vengan a fregar a cada rato con su Qué bonita te ves hoy, Lichita, con su ¿Por qué tan solita?, no les muerdo el anzuelo. Que pescadores habrá muchos, ¿pero peces, en este charco? Y no es que me dé a cotizar, como cree mi madrina, sino que cuál es la necesidad de casarse: es pura necedad.

Mi mamá siempre quiso eso, casarse, aunque ahora lo niegue. Cree que una no debe andar sola por la vida, porque entre más sola más piensa la gente que se anda en malos pasos. Pues sus pasos la llevaron a juntarse con papá, y sepa lo que haya pensado la gente del pueblo cuando lo agarraron preso. Ahí sigue en la cárcel, y ahí que se quede. Tenía mala cara, grasosa, y no paraba de gruñir. Se quejaba de todo: que no había agua en el garrafón, que la comida estaba fría, que la vida le era ingrata. Entonces caían los golpes secos. La tunda. ¿Quieres que te dé una tunda?, así amenazaba. Mamá siempre era la más cercana, la que estaba a la mano, a ella le tocaban los primeros golpes. Mamá lloraba mientras los puños de papá la sacudían, pedía clemencia, juraba que lo haría mejor, que le exigiría caridad a la mismísima vida. Pero papá solo quería que se callara. Terminado el asunto, si papá aún tenía fuerzas, me buscaba. A veces lograba escabullirme.

Salía corriendo de la casa, cruzaba la calle y tocaba desesperada el portón de mi madrina. En ocasiones se tardaba en abrir, eso le daba la oportunidad a papá de alcanzarme y arrastrarme de vuelta a casa. Por fortuna, la mayoría de las veces mi madrina abría la puerta a tiempo. Ella me hacía pasar al patio, bajo el árbol de nísperos, y con su voz dulce me preguntaba cómo estaba: ¿Y tu mamá? Bien, le contestaba. ¿Y tu papá? Ahí anda… Luego sacaba una caja de madera con dulces que había mandado traer desde la capital. Siempre me regalaba dos; uno a mi llegada y otro cuando me iba.

Su casa me parecía enorme, la fachada modesta de adobe no anunciaba los muebles suntuosos que se encontraban dentro. Mi madrina me contó que mucho antes de que yo naciera la casa era aún más grande: Toda la cuadra era de mi papá, que en paz descanse, casi todo el pueblo lo fue, hasta que el gobierno le compró sus tierras por decreto.

Siempre creí que mi madrina era muy rica; por los vestidos que usaba, por la manera en que se enchinaba las pestañas y se paseaba altiva como las estrellas de cine que veía en su televisor con antena parabólica, el único del pueblo en ese entonces. Aunque las malas lenguas decían que de la fortuna que le había heredado su difunto padre ya le quedaba poco: Esa viuda gasta mucho, esa viuda se va a quedar en la miseria. Lenguas malas siempre hay, se echan a perder de tanta habladuría. A pesar de que Soledad nunca rechazaba una petición de que fuera madrina de casamiento, de bautizo, de confirmación… aún quedaban muchos en el pueblo que no eran ni compadres ni ahijados suyos, por eso tanta envidia con nosotros que sí lo éramos, por eso nos contaban esos chismes.

No es que mi madrina se haya acabado la fortuna de su padre, es que sus hijos pedían y pedían, como puerquitos que piden teta. De la capital llegaban los tres hermanos que se habían ido del pueblo para abrir una carnicería allá, llegaban sin siquiera preguntarle a su mamá cómo se encontraba: Mamá, mamita chula, préstenos dinero, es que no sale el gasto con lo de las ventas. Sus visitas se fueron haciendo más costumbre hasta que la costumbre fue tanta que mejor se quedaron a vivir en esa casa que había construido su abuelo. La carnicería acabó clausurada por falta de ganancias y puerquitos.

Los vi la noche en que tramaron la desgracia de su madre. Estaban reunidos en el comedor que se encuentra al lado de la cocina. Cuchicheaban sin vergüenza, los ojos negros, llenos de codicia. Mi madrina estaba en la sala, viendo la telenovela; yo la había dejado para servirnos más chocolate de leche. Ellos no se dieron cuenta de que me acercaba. Pegué oreja y oí a los hermanos decidirse por un disparejo: Quien gane elige primero, dijo uno, el segundo lugar que se decida con un volado, el perdedor será quien se quede con mamá. Los hermanos decidieron su suerte y el perdedor mentó a su madre. Al otro día vi muy triste a mi madrina, sentada sola bajo el níspero. ¿Qué tienes? Nada, me respondió. Sus hijos se habían dividido la casa, y el menor de ellos amontonaba las pertenencias de su mamá frente a la pieza donde ella tenía su altar. Aquí vas a estar muy bien, mamita, con tus santitos, aseguró el hijo cansado por haber arrastrado la cama hasta ese cuartucho.

Me chocaba visitarla bajo esas condiciones, encontraba a mi madrina cada vez más decaída. Pues aunque habían vuelto sus hijos, para nada le hacían caso. Ni sus nietas le mostraban cariño. Yo las odiaba; cuando me veían me correteaban y al alcanzarme me jaloneaban el cabello. Suficientes cabellos me arrancaban en casa como para perder más en el único lugar que consideraba seguro. ¿Y tú qué vienes a hacer aquí?, me decían. Qué les importa, me habría gustado contestarles. Esta casa es nuestra, vete a la tuya. Les molestaba que hiciera tantas visitas, y que su abuela me regalara tantas cosas mientras a ellas solo les contaba historias que consideraban aburridas: ¿Para qué vienes a ver a la abuela, para aburrirte? ¿Qué, no te quieren en tu casa? Pues no, quizá, pero no les iba a confesar eso, no les iba a dar ese gusto. Si con trabajo escondía, para que ellas no se burlaran, los moretones que me dejaba papá.

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Señales distantes»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Señales distantes» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Rodrigo Pérez G - Señales de paso
Rodrigo Pérez G
Anton Lösche - A Beautiful Life
Anton Lösche
Jaume Salinas - Señales 2.0
Jaume Salinas
Jaume Salinas - Señales
Jaume Salinas
José Antonio Vásquez Angulo - Análisis y diseño de piezas con Catia V5
José Antonio Vásquez Angulo
Hugo Lovisolo - Vecinos distantes
Hugo Lovisolo
Juan Antonio Monroy - Sexo en la biblia
Juan Antonio Monroy
Antonio Ortuño - Antonio Ortuño
Antonio Ortuño
Antonio Vásquez - Ausencio
Antonio Vásquez
Отзывы о книге «Señales distantes»

Обсуждение, отзывы о книге «Señales distantes» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x