Así comienza “La criada”:
Ya sé que no soy linda. Tengo el pelo castaño y muy corto, y es tan escaso que apenas me oculta el cuero cabelludo. Camino con paso veloz y torcido, como si fuera renga de una pierna. Cuando me compré los anteojos pensé que eran elegantes (el marco es negro, con forma de alas de mariposa), pero ya entendí que no me favorecen y debo resignarme, porque no tengo dinero para comprarme un par nuevo. Tengo la piel color panza de sapo y los labios finos. Pero no soy, ni de lejos, tan fea como mi madre, que es mucho más vieja. Tiene la cara pequeña y arrugada, negra como una ciruela pasa, y la dentadura se le mueve en la boca. Apenas soporto sentarme frente a ella durante la cena y me doy cuenta, por su expresión, de que ella siente lo mismo al verme.
Hace años vivimos juntas en el sótano. Ella es la cocinera; yo soy la criada. No somos buenas sirvientas, pero nadie nos despide porque igual trabajamos mejor que la mayoría. Mi madre sueña con ahorrar el dinero suficiente algún día para dejarme e irse a vivir a la campiña. Yo sueño prácticamente lo mismo, aunque cuando estoy enojada y triste la veo sentada al otro lado de la mesa con las manos como garras, y espero que se atragante con la comida y se muera. Así, ya nadie podría impedirme que le revisara el armario para abrirle la alcancía a la fuerza. […]
Siempre que imagino esas cosas, sentada sola en la cocina bien entrada la noche, al día siguiente caigo enferma. Y es mi madre quien me cuida, quien me da de beber agua y me abanica con un matamoscas, sin cumplir con todas las tareas de la cocina, y yo me esfuerzo para convencerme de que no se alegra en silencio por mi debilidad.
Las cosas no siempre fueron así. Cuando Mr. Martin vivía arriba del sótano, éramos más felices, aunque casi nunca nos dirigíamos la palabra.
Y de los últimos párrafos:
Esta es una casa de alquiler. Mi madre y yo venimos con la renta. La gente va y viene, y cada un par de años hay un inquilino nuevo. Tendría que haber sabido que Mr. Martin también se marcharía algún día.
Al releer el cuento, noto que también expresa la típica ambivalencia de una adolescente hacia su madre: puede que le guarde resentimiento, puede que albergue fantasías violentas, pero luego, en tiempos de enfermedad o desesperación, a menudo termina recurriendo a esa misma madre en busca de ayuda.
Décadas después, tras la muerte de mi madre, encontré una carpeta guardada entre sus cosas, donde registraba los problemas que había tenido con la cocinera y la mucama en Argentina. Incluía copias de cartas para amigos y borradores de cartas para la cocinera. A veces le resultaba más fácil poner sus ideas por escrito que tener una conversación directa, fuera su antagonista la cocinera o, de hecho, su propia hija adolescente. Encontré varias hojas en las que había anotado oraciones aisladas en español para usar en la siguiente pelea, junto con las correcciones hechas por una amiga suya, hispanoparlante.
Los materiales que había encontrado me conmovieron y causaron gracia a la vez. Como tantas veces sucedió, mi cuento se inspiró en una mezcla de patetismo y humor, a la que se suma el papel que tiene la lengua, en este caso, las dificultades de mi madre para expresar sus deseos y problemas en español.
Pero, pasadas tantas décadas, mi método para abordar los materiales era ya muy diferente al de “La criada”. En aquel cuento, había tratado de seguir el consejo que se suele dar a los escritores jóvenes: recurre a materiales que conozcas para crear personajes de ficción y una situación ficcional con una trama que surja naturalmente de los personajes y la situación.
En cambio, en esta ocasión no quería procesar los materiales primero y luego crear un cuento tradicional, como había hecho antes: quería preservar los materiales intactos en su mayoría, con su fragmentariedad. Vislumbré la posibilidad de una forma que reflejara la naturaleza intermitente y continua de la batalla de voluntades tal como había sido en la realidad. No inventé nada, simplemente reorganicé lo que había encontrado. Digo “simplemente”, pero desde ya la organización fue un proceso largo: seleccionar, ordenar, recortar, hacer mínimas modificaciones, releer, decidir cuánto del español dejar sin traducir, decidir si usar cursiva para los diálogos, dejar todo reposar un rato y volver a reorganizar.
Al cuento le puse el título “Las mucamas odiosas”, que era como mi madre las había empezado a llamar en cierto momento, aunque no a la cara, por supuesto.
Lo escribí en pasajes muy breves, y uno de los más largos se encuentra cerca del comienzo:
Son mujeres de Bolivia muy rígidas, obstinadas. Resisten y sabotean siempre que pueden.
Vinieron con el departamento. Fue una ganga porque el coeficiente intelectual de Adela es bajo. Es tontísima.
Al principio, les dije: “Me alegra mucho que puedan quedarse, y estoy segura de que nos llevaremos muy bien”.
He aquí un ejemplo de los problemas que tenemos últimamente. El incidente que acaba de ocurrir es típico. Tenía que cortar una medida de hilo y no encontraba la tijera. Abordé a Adela y le expliqué que no encontraba la tijera. Alegó que no la había visto. Fui con ella a la cocina y le pregunté a Luisa si podía cortar el hilo por mí. Me preguntó por qué no lo cortaba con los dientes y ya. Le dije que no iba a poder enhebrar la aguja si lo cortaba con los dientes. Le pedí que por favor buscara alguna de las tijeras y lo cortara, de inmediato. Le dijo a Adela que fuera a buscar la tijera de la señora Brodie , y yo la seguí al estudio para ver dónde la guardaba. La sacó de una caja. De pronto, vi un cordel largo y destejido prendido a la caja y le pregunté por qué no recortaba el extremo deshilachado, ya que tenía la tijera en la mano. Me gritó que de ninguna manera. Quizás algún día hubiera que usar el cordel para atar la caja. Admito que me reí. Le saqué la tijera y lo corté yo. Adela chilló. Su madre se apareció por detrás. Me reí otra vez y entonces chillaron las dos. Y enseguida se callaron.
Ya les dije varias veces: “Por favor, no hagan las tostadas hasta que les pidamos el desayuno. No nos gustan las tostadas tan secas como a los ingleses”.
Ya les dije varias veces: “Por las mañanas, cuando hago sonar la campanilla, por favor tráiganos el agua mineral de inmediato. Después, hagan las tostadas y al mismo tiempo preparen el café con leche. Preferimos el ‘Franja Blanca’ o el ‘Cinta Azul’ de Bonafide”.
Me dirigí a Luisa con amabilidad cuando vino a traer el agua mineral antes del desayuno. Pero cuando le recordé las tostadas, soltó un sermón: ¿cómo se me ocurría que ella iba a dejar que la tostada se enfriara o se endureciera? Pero casi siempre estaba fría y dura.
Ya les dijimos varias veces: “Preferimos que compren siempre leche ‘Las Tres Niñas’ o ‘Germa’ de Kasdorf”.
Adela no sabe hablar sin gritar. Ya le pedí varias veces que hable despacio y que me diga señora , pero jamás me hace caso. También hablan muy fuerte entre ellas cuando están en la cocina.
Muchas veces, antes de que termine de decir dos palabras, Adela me grita: “¡Sí…, sí sí sí…! ”, y se marcha del cuarto. La verdad, no sé si podré aguantar más.
Había ensayado algo parecido antes, mucho antes incluso: usar materiales encontrados y dejarlos casi intactos. Las historias de “Los viajes de lord Royston” y “Extractos de una vida” estaban compuestas por textos de otras personas, pero editados y reorganizados con un propósito muy distinto. La primera tenía su origen en una serie de cartas enviadas a Inglaterra por el joven lord Royston desde los lugares exóticos que recorría. La segunda abrevaba de un libro autobiográfico de Shinichi Suzuki, lectura obligatoria para los padres cuyos niños estudiaban un instrumento según el método Suzuki. El elemento de ficción ingresa, en el caso de “Los viajes de lord Royston”, con la transformación de una serie de cartas en texto narrativo único y sin interrupciones y, en el caso de Shinichi Suzuki, con la transformación de una autobiografía de lo más sencilla, escrita en primera persona, a una narración estilizada en primera persona a cargo de un personaje ficticio (ficticio porque ha dejado de ser Suzuki). A su vez, mi intervención (además del cambio de forma: de la narración continua a secciones cortas, con título, casi epigramáticas) modificaba la personalidad y la mirada del narrador.
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