[Discurso en la Segunda Sesión Plenaria de la XVIII Comisión Central del PCCh para la Inspección Disciplinaria (22 de enero de 2013).] |
Comentario
«Aunque podría ser achacada a la voluntad divina, ¿acaso en las leyes que rigen el ascenso y la caída de una dinastía no influyen factores humanos?», se preguntaba Ouyang Xiu en el prefacio de su Nueva historia de las Cinco Dinastías. Allí analizaba el tránsito de la prosperidad a la decadencia que tuvo lugar con los últimos emperadores Tang, que de su apogeo llegaron a la extinción en muy poco tiempo, a raíz de lo cual concluía que «la diligencia mejora una nación mientras que la indulgencia la destruye», y que «los pequeños errores se acumulan hasta ocasionar desastres, pues la indulgencia ciega la inteligencia». Tanto la ruina de los Qin como la de los Tang nos enseñan esta lección histórica: la indulgencia destruye las naciones.
Qin Shihuang fue la primera gran dinastía histórica. Su primer emperador, Ying Zheng, logró unificar China mediante sus famosas regulaciones: «todos los carruajes tendrán ruedas de la misma medida; toda escritura, los mismos caracteres; medidas y monedas serán las mismas, y en cuanto a la conducta, rigen las mismas normas». A pesar de ello, como recogen los Anales históricos de Sima Qian, «la gente sufrió mucho tiempo por el yugo opresor del gobierno Qin». Ying Zheng comenzó la construcción de su mausoleo poco después de ascender al trono, un mausoleo que no se terminó hasta el 208 a.C., prolongándose su construcción durante 39 años y empleando a 720,000 personas (según algunas estimaciones, ocho veces más que la gran pirámide de Keops en Egipto). Según el Libro de los Han, «la caída de la dinastía Qin, apenas cuando su segundo emperador llevaba solo 16 años al mando, se produjo fundamentalmente porque los miembros de la familia real eran sumamente extravagantes en lo que a su salud concernía, y hacían enterrar a ciudades enteras junto con sus restos cuando morían». En Sobre el pasado de los Qin, Jia Yi escribió: «Un solo hombre puso a prueba todo un imperio, y los rebeldes derrocaron al gobierno y mataron al emperador, convirtiéndolo en el hazmerreír del Cielo, ¿y por qué? Porque el gobernante carecía de benevolencia, revirtió el poder del ataque y la defensa». Du Mu también exclamó que «fueron los Qin y no el Cielo quienes acabaron con su clan». En otras palabras, lo que acabó con su dinastía fue su propia extravagancia, así como su falta de humanidad y rectitud.
Por su parte, la principal causa de la caída de los Tang, de su viraje de la prosperidad a la decadencia, también fue la corrupción, la degeneración que ocasionó la búsqueda del lujo y los placeres a los que se entregó toda su clase dirigente. «Vista desde la lejanía, la capital Chang’An parecía una colina bordada, en cuya cima mil puertas se abrían. Yeguas traían lichis para deleite de las concubinas, sin que nadie supiera cuántas perecían por el camino por ello», escribía Du Mu en A la vera del palacio Huaqing, donde narraba la historia del capricho de los lichis de Yang Guifei, la favorita del emperador, una imagen con la que ponía al descubierto la búsqueda incesante de los placeres de la corte de los Tang, por los cuales no dudaban en emplear miles de personas, malgastando el esfuerzo y riqueza de la gente. El viejo libro de los Tang recoge que «en el palacio del emperador Xuanzong, fueron empleados unos 700 artesanos para bordar las ropas de la primera concubina, y otros cientos para tallar sus joyas», tal era su despilfarro y extravagancia. Cuando Xuanzong se entregó a la vida disoluta, permitió que oficiales desleales liderados por Yang Guozhong se entrometiesen en asuntos de Estado, lo que provocó disturbios que desembocaron en la rebelión de An y Shi, poniendo fin a una dinastía que había sido tremendamente próspera hasta entonces.
Constituye pues una férrea ley histórica que un gobierno honesto hace prosperar un imperio, mientras que uno corrupto acaba con él. Al rememorar el abrupto final tanto de los Qin como de los Tang, Xi Jinping enfatizaba que la corrupción es el cáncer de toda sociedad, urgiendo a todos los cuadros del Partido a tomar nota de las lecciones históricas como un espejo válido donde mirarse, con el objetivo de luchar con toda determinación contra la corrupción. Como él mismo declaró: «La revisión profunda de la historia, tanto propia como universal, sirve para concienciarnos de que mejorar la conducta de los cuadros y miembros del PCCh, mantenerse íntegro y combatir la corrupción, son vitales tanto para nuestra supervivencia como para la del país. Nuestra historia está repleta de ejemplos de gobiernos cuya corrupción los llevaron a la ruina. En lo que al mundo actual respecta, la lista de gobiernos que pierden su poder a causa de la corrupción y el desapego con sus gentes ¡es también demasiado larga para enumerarla!».
Xi Jinping posee una honda conciencia sobre la gravedad que entraña la corrupción. Ha puesto de manifiesto en numerosas ocasiones que constituye ciertamente «la más grave amenaza que encara el gobierno del PCCh», y que, si llegara a intensificarse, «acabaría finalmente con el Partido y el país». Igualmente, ha expresado que la gente detesta toda forma de corrupción y privilegio, comportamientos que además destruyen su vínculo con el Partido. Hace ya tiempo, cuando encabezaba la administración de Ningde en Fujian, dijo: «Aquí está el problema de quién ofende a quién: si una persona se salta y viola la ley persiguiendo su propio interés, minando con ello la autoridad y la imagen del Partido, es tal persona quien ofende al Partido, a la gente y a la ley, y no por cierto quien investiga y persigue tal crimen en nombre del interés común de la gente y del Partido».
PEI JU TUVO QUE ADULAR A LOS SUI, PERO PUDO CRITICAR A LOS TANG
En Retazos de la prosa antigua se recoge la historia de Pei Ju, un famoso ministro de la corte de los primeros Tang (618-907) que se atrevió a ser franco y crítico con sus superiores. Cuentan que incluso se atrevía a discutir cara a cara con el emperador Taizong, movido por su lealtad y rectitud. Sin embargo, anteriormente, cuando fue consejero en la corte de los Sui (581-618), se limitaba a adular y complacer al último emperador de la dinastía, Yang Di, viéndose obligado por cualquier medio a atender sus demandas. Al respecto comenta Sima Guang: «Pei Ju aduló a los Sui y criticó a los Tang, pero este cambio de actitud no fue debido a su naturaleza. Un monarca que detestaba oír opiniones contrarias transformó la franqueza en adulación, y, al contrario, aquel que gustaba oírlas, convirtió la adulación en franqueza». Lo que esto nos enseña es que solo deseando oír la verdad logramos la franqueza necesaria para conocerla. Nuestros cuadros deben seguir el principio que dice que «si el que habla no es castigado, el que escucha será alertado», dando la bienvenida así a la honestidad.
[Adhesión a la línea ideológica de buscar la verdad a partir de los hechos. Discurso en la ceremonia de apertura de la Escuela Central del Partido en el semestre de primavera de 2012 (16 de mayo de 2012).] |
Comentario
Ya decían los antiguos que las palabras bonitas no eran creíbles. La crítica incisiva, las palabras incómodas, cuanto más valor tienen más difícil resulta oírlas, pues se necesita coraje para escucharlas. Pero tanto la historia como la actualidad nos enseñan que poder decir la verdad depende enteramente de aquellos que quieran oírla.
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