Juan Villoro - El vértigo horizontal

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La estructura de este libro es un zapping de la memoria y la observación. Las secciones que dan orden a los fragmentos aluden a una manera de habitar la Ciudad de México, todas ejercidas por el autor, quien sobrevivió para contarla.Así, "
Vivir en la ciudad" describe escenas de la vida diaria, pasajes de la infancia del autor (las casas vacías de la colonia en la que creció, el último paseo con su abuela) en una ciudad de la que no queda más que la memoria personal y el cuento que con ésta se forja."
Personajes en la ciudad" retrata de cuerpo entero al Chilango, pero también a otros habitantes del ex DF, como Paquita la del Barrio o el Rey de Coyoacán, que mueven, cada quien a su manera, multitudes."
Lugares" como la zotehuela y su naturaleza de conversatorio, el laberíntico Ministerio Público, el peculiar comercio tepiteño. La variedad temática del libro comprende, además, el cine de luchadores, la ceremonia del grito de Dolores, los parques temáticos, los camellones anónimos, entre muchas otras variantes de la realidad chilanga. "
El vértigo horizontal" mezcla prácticamente todos los géneros escriturales en los que Villoro se ha destacado a lo largo de su obra: el artículo que detalla las paradojas de la vida diaria, la crónica histórica que propone una nueva mirada a los grandes episodios nacionales, el pasaje autobiográfico que enmarca los recuerdos en los que se funda una visión de la vida, el cuento de trama certera que nos conduce al asombro; además, en las páginas más altas encontramos esas zonas abiertas donde estas escrituras colindan y se potencian. Cartografía de una región donde el zigzag de la memoria y los rodeos que provoca el tráfico urbano dictan un ritmo cautivante.Desde varias trincheras temáticas,
El vértigo horizontal constituye una celebración, pero también una reflexión, sobre de los temas más caros de Villoro, en un libro ambicioso que aspira a la totalidad.

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Otras hipótesis asocian el nombre con un atado de chiles, alguien fuereño e incluso con un pez rojo. Lo cierto es que hoy en día muy pocos se preocupan por el sentido original del término, que no deriva de una acepción geográfica. ¿Dónde comienzan y dónde acaban los chilangos? Los nacidos en Ecatepec, Atizapán, Ciudad Satélite y otras regiones del Estado de México tienen su orgullo regional, pero no se ofenden si los asimilan a la multiplicidad de desgreñados del Valle de Anáhuac (ser regionalista en esta inmensidad disminuye las posibilidades de participación).

Aquí sólo vale la pena lo que sucede en multitud. El capitalino no lucha por adaptarse al hacinamiento; sabe que es su única condición posible. Si encuentra una taquería con muchas mesas disponibles, sospecha que en ese sitio los tacos son de perro. Lo que no se abarrota es un fracaso. Esto explica que el aeropuerto esté lleno de una compacta masa de visitantes: el chilango sólo sabe que ya llegó si lo esperan diez parientes.

Hace mucho que nuestras aglomeraciones dejaron de ameritar una causa. No son un fenómeno social, sino meteorológico. Esto en modo alguno implica que el habitante de Chilangópolis sea paciente. Si algo lo define es su ansia de estar en otro lado. Cada vez que voy al trópico me sorprende la forma en que camino. A las dos cuadras me descubro empapado de sudor. Sin resuello, con la mirada nublada, me pregunto: ¿por qué camino así si nadie me espera en ningún lado? Por venir de la Ciudad de México.

La motricidad chilanga obliga a avanzar como si supieras a dónde vas. Descubres un hueco y te apresuras. Nuestras evoluciones se guían por la idea de “ruta de evacuación”. Aunque estemos en un pacífico café, bajo una frondosa buganvilia, de pronto nos desplazamos a otra mesa para que alguien (todavía invisible) no nos gane el cenicero. Se trata de un tic irrenunciable, una segunda naturaleza que nos vuelve reconocibles. En sitios de calma chicha, mostramos el frenesí de los que sólo se adaptan a la desesperación.

Demasiados días de tráfico nos transformaron en idólatras de la velocidad. Para compensar el incesante repliegue de los lugares, creemos en las vías alternas. Las dos grandes obras de devastación en pro de la vialidad (los ejes viales y el segundo piso del Periférico) produjeron el síndrome de Magallanes. No sirvieron de mucho, pero nos hicieron creer que vale la pena tomar grandes arterias para dar rodeos. En busca de una ruta de circunnavegación, los automovilistas abandonan su camino y creen que un callejón torcido mejorará a fuerza de seguir de frente.

El chilango asume la vialidad como una lotería. Aunque la zozobra es su estado de ánimo habitual, se consuela pensando que sólo lleva una hora de retraso. Un golpe de dados abolirá el azar: llegará tardísimo, pero cuando todavía haya gente despierta.

El antiguo DF y sus regiones aledañas (el Gran Anexas) tienen el más intenso tráfico exploratorio del planeta. Más de cinco millones de coches emprenden su camino, no en pos de un derrotero, sino para ver si por ahí se avanza. Ni siquiera las travesías del transporte público son estables. La micro, el camión, el taxi y demás vehículos de deportación dan rodeos imprevistos en busca del milagro que tire las bardas y abra una vía al modo del mar Rojo. La búsqueda de atajos se asume con la devoción que los choferes tienen por san Cristóbal, patrono de los navegantes, o la Virgen del Tránsito (que entre nosotros debería ampliar sus facultades, resolviendo no sólo el paso al más allá, sino también el paso a desnivel).

El chilango no es una perita en dulce, hay que reconocerlo. De poco sirve considerar que podría ser peor si pusiera en práctica todas las cosas que se le ocurren en lo que va de un sitio a otro. Sufre lo suyo, eso que ni qué. Su vida se desarrolla en un tablero sin reglas definidas. Digamos que sale a jugar Serpientes y Escaleras y encuentra puras serpientes hasta que se entera de que las escaleras se han privatizado y sólo queda una a la que se llega por rifa. Extrañamente, esto lo consuela. El chilango arquetípico tiene mal genio, pero cree en la suerte contra todos los pronósticos. Según el doctor Johnson, quien se casa por segunda vez apela al triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Tal es la conducta básica del chilango. Los datos adversos no minan su incurable ilusión.

Nuestro trato con la realidad es fácilmente esotérico. La mayoría de las farmacias tienen nombres de iglesias, como si los remedios fueran actos de fe, y hay quienes creen que los preservativos adquiridos en la Farmacia de Dios o en la San Pablo hacen que todo pecado sea venial.

Incluso los desechos se someten a un sistema de creencias. Si alguien tira basura en tu calle, la única solución es poner una Virgen de Guadalupe para que la tiren en otro sitio (llegará el momento en que todas las calles estén sembradas de Vírgenes como parquímetros celestes).

Las convicciones trascendentales incluso asoman en los sitios más pedestres. Los negocios de fotocopias suelen decorar sus paredes con plegarias para los hijos no nacidos, letanías sobre la entereza del hombre y el valor espiritual de la hierba perenne. Palinodias de amor y arrepentimiento. Tal vez porque se trata de criptas de la reproducción ajenas a los derechos de autor, los negocios de fotocopias compensan el pecado de procrear en exceso exhibiendo suficientes consignas pías para que las veamos como capillas informales.

En este teatro de las supersticiones, los negocios no prometen honestidad ni entregan de inmediato una factura fiscal; buscan prestigiarse de otro modo, con un crucifijo protector o un banderín de la selección nacional. Al respecto, escribe Fabrizio Mejía Madrid: “La gente tiene confianza en una pollería sólo porque tiene un retrato del Papa”.

Para convivir con el horror, memorizamos los desastres e imaginamos otros peores. Si el estadounidense promedio es experto en reparaciones que siguen el método de “hágalo usted mismo”, el chilango promedio es experto en catástrofes que no puede reparar. La versión vernácula de Mecánica Popular debería llamarse Apocalipsis Popular , revista sobre terremotos, deslaves, actividad volcánica, falta de agua, contaminación, asaltos en cajeros automáticos, taxis piratas y otras tragedias de las que queremos saber mucho, no para remediarlas, sino porque estamos convencidos de que la información sobre el mal mitiga sus efectos. Los datos, por duros que sean, no nos alarman. El chilango juzga su circunstancia como un piloto en misión de combate: las turbulencias son buena noticia porque indican que el avión no ha sido derribado.

Al conocer la cantidad de plomo que llevamos en la sangre, no pensamos que deberíamos dormir en un refugio radiactivo con piyamas de titanio. Si nos enteramos de eso es porque ya sobrevivimos y la casualidad nos hizo pasar al otro lado, al repechaje de las últimas oportunidades, donde los zombis con metales en el torrente sanguíneo aún pueden competir.

En cada encrucijada urbana sobrevive el más apto, es decir, el que dispone de mayor picardía. Cuando descubres un sitio providencial de estacionamiento, también descubres que ahí hay una cubeta. Eso significa que el sitio ha sido “expropiado” por un franelero. Esta última palabra indica que no se trata de cualquier persona, sino de alguien autorizado por los usos urbanos. Lleva en la mano su identificación: un trapo o un trozo de franela. El único requisito para este paño es que esté sucísimo.

Aunque nos parece lógico que en Londres, Nueva York, Tokio o París haya parquímetros en todas las zonas comerciales, millones de chilangos desconfían de esa forma de organizar los estacionamientos callejeros. Es posible que las primeras tuberías con agua potable fueran vistas con la misma desconfianza. El caso es que la economía informal del franelero cuenta con el apoyo de quienes prefieren lidiar con él que con una máquina cuyas monedas podrían ir a dar a un bolsillo ilícito.

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