Pasado un largo tiempo, las certeras profecías se plasmaron en forma de carta que nos llegaría desde el país vecino, Gabón. Contenía imágenes que alegraron la vista a toda la familia y más los ánimos de mi abuela, que volvieron a estar en alza, tanto que aquella mañana decidió madrugar junto a su hijo taxista para estar presente en mi despedida a pesar del disgusto que le provocaban los viajes. Por esa razón me alegró tanto su presencia.
Mi tío, desde su taxi, nos observaba en todo momento a la par que se aproximaba mi madre, su adorada hermanita, para quien aquella mañana había solicitado eludir su trabajo como taxista para poner su vehículo a nuestra disposición para que no anduviéramos con prisas de última hora, convirtiéndose en testigo sonriente del momento familiar antes de acercarnos al aeropuerto. Avanzamos por calles oscuras y desiertas, interrumpidos por algún transeúnte que se dirigía a su huerto antes de iniciar su trabajo en las oficinas, o la de alguna jovencita con su cubo en la mano, en busca de agua. Yo me fijaba en cada personaje con el que nos cruzábamos mientras me despedía en silencio de la ciudad, recordando cuanto adoraba los amaneceres de nuestra isla próxima al ecuador, acostumbraba como estaba a contemplar el crecimiento del sol como un telón ascendente desde el fondo del mar.
Así fue como continuamos en dirección al aeropuerto, guiados únicamente por los faros del potente Land Rover de mi tío mientras en el interior nadie articulaba palabra alguna, como si temiéramos no llegar a la hora prevista pese al madrugón. Yo intentaba no alterar los nervios de mis padres con mis eternas dudas acerca de si el avión dispondría de su propia línea eléctrica o no. Tras reflexionarlo, decidí callar y acordarme de mis amigas, de quienes me había despedido la tarde anterior entre llantos y promesas.
Alejada de mi entorno, las vivencias en casa de la prima de mi madre y su marido Abdul, de Gambia, fueron extraordinarias. En África, él había sido profesor en su pueblo natal hasta que su situación se tornó insostenible debido a los desajustes sociales y económicos que provocaron la salida precipitada de varios docentes camino de los campos para acompañar a los padres a lidiar con el sustento familiar. Fue entonces cuando sería rescatado por un conocido, ya instalado en Europa, que se dedicaba a la agricultura y era conocedor del buen hacer de su amigo. De esta manera, este recalaría en el Maresme con un contrato para trabajar en el campo. Entre tardes de comidas y música, en un pequeño bar donde preparaban platos típicos de salsa gombo a base de ocra, la preferida de mi tía, se fueron sucediendo sus citas como habituales del lugar durante los fines de semana, y durante esos encuentros fue surgiendo la amistad entre ellos, primero de forma afectuosa. Años más tarde surgiría el romance entre ellos para finalmente casarse. En poco tiempo nacería su hermosa hija Faaghira, quien sería mi profesora de catalán.
La tarde que volví de la escuela y mi madre me anunció que marcharía a vivir a España con su prima y la hija de esta, fue como un sueño y a la vez una pesadilla porque sabía que me separaría de mis amigas justo cuando nuestros juegos se habían intensificado. Acabada la eterna época de las manifestaciones en el país, mi madre me consolaba para que no estuviese triste, asegurándome que no me aburriría, ya que tenía buena mano con los más pequeños y seguro que disfrutaría jugando con mi primita durante las horas en que sus padres trabajaban, aunque yo sospechaba que aquello no sería comparable a las tardes de juegos con mis amigas.
Luego, mi madre me hizo hincapié sobre mi estado de salud, que se vería mejorado en España, pues desde bien pequeña me aquejaban jaquecas magnificadas durante la estación seca, cuando me mantenía varios días encamada con sudoraciones que desembocaban en alucinaciones que las pastillas a veces no podían remediar, aunque sí lo lograba el jarabe vegetal que mi abuela me elaboraba, hasta la llegada de la estación lluviosa que entonces aliviaba mi estado notablemente.
Mi tía presenció esa situación durante su visita al país recién acabada la etapa convulsa, cuando aseguró a mamá que otro tipo de tratamiento y el clima frío disiparían las jaquecas y me permitirían abandonar finalmente mi medicación crónica, hecho que se cumplió. Y así fue como dejé a medias todos mis juegos de rol durante las tardes en el barrio.
Con la habitual alegría de una chica de doce años, yo acudía a la escuela y ayudaba a mi prima con los deberes escolares, después acostumbraba a llenar su carita de risas cada vez que veía los Teletubbies mientras le hacía incontables moñitos en el pelo.
Familiarmente me conocen por Chupita, un nombre cariñoso surgido de las primeras palabras que pronuncié cuando era una bebé, apelativo que me acompaña siempre, lo que me dificulta en muchas ocasiones relacionarme socialmente como Anita, que es mi nombre real.
En el Maresme me incorporé al curso ya iniciado, donde era mayor que mis compañeros, y aprendí rápidamente el idioma vernáculo. Al cabo de unos años empleaba mis tardes en ayudar en una panadería de barrio que regentaba nuestra vecina del piso de enfrente. Ella, de carácter dulce, me acogió como a una hija, lo que propició que aumentara mi relación social y se me facilitara amoldarme por completo a las costumbres de aquella nueva vida.
Por mi trabajo recibía una semanada considerable que me proporcionaba la oportunidad de salir por las tardes, durante los fines de semana, con mis amigos, por los alrededores de la playa donde aprovechábamos para perdernos entre los turistas que copaban el paseo marítimo. Una vez instaladas las ferias, nos encantaba subirnos a las atracciones y comer nubes y helados, disfrutando de las vistas del pueblo que me recordaban mi isla y su litoral. En esos momentos de estío sí era feliz, cuando lograba borrar de mi mente los recuerdos de mi infancia.
A través de esas salidas fue como, años más tarde, conocí a Marc, gran amante del hip hop que estudiaba una etapa más avanzada en mi instituto. Aprovechábamos, después de las clases de repaso que se ofreció a impartirme, para dar largos paseos con sus amigos y charlar, y tiempo después, la cercanía condujo al amor una noche de habaneras. Aquel fue el momento cuando empezamos a conectar, uniendo nuestros ideales con un solo fin, no separarnos. Por aquel entonces él ya estudiaba su primer año de carrera en Barcelona, y prometió esperarme. Así que me impulsé, ilusionada, en esa dirección.
El tiempo transcurría apacible. Tras mi curso de auxiliar clínico no tardé mucho en recibir respuesta a la oferta de empleo que presenté en un centro de salud mental de la ciudad. Aprovechando el período de prueba, me instalé en aquel piso del casco antiguo, propiedad de un familiar de mi anterior jefa de la panadería, quien facilitó un alquiler asequible con la promesa de cuidar el inmueble.
De modo que dejé de vivir con mis tíos y aterricé ilusionada en aquel fantasmagórico edificio. Pocos meses después, ellos me visitaron y quedaron asombrados por las reformas internas que habíamos obrado hasta conseguir un piso de revista. Más acompañada una vez Marc se incorporó, intentábamos compaginar sus turnos en el hospital, mi trabajo y un curso de informática al que me apunté en nuestro día a día.
El tiempo corrió sobremanera, sin que me percatase de que apenas quedaban diez días para empezar el año 2007, a pesar del frío enero que se avecinaba, que yo trataba de ignorar de tan ilusionada que estaba con todo lo aprendido en ese curso de Diseño Web. Estaba orgullosa de formar parte de una comunidad de cincuenta millones de usuarios de una red social que varios amigos me habían recomendado durante meses, lo que hizo que el trayecto a casa se me hiciera corto. Aceleré mis pasos abrigada hasta las cejas sin reparar en los vientos helados que impactaban contra mi rostro, más aún cuando andaba inmersa en los preparativos del viaje a mi tierra el próximo febrero, donde planeaba desquitarme del frío mientras visitaba a mis parientes.
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