Merry R. Jacob - Chuku Chuku Town

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Chupi (Anita), joven espontánea y natural de la ciudad de Malabo, presta sus servicios en un centro psiquiátrico de la ciudad de Barcelona y acaba de instalarse en un apartamento junto a su novio, mientras rememora su niñez y disfruta de la hermosa ciudad.
Haciendo amistades en una incipiente red social de moda, entabla una fuerte amistad con un internauta afroamericano quien, a través de e-mails, la encantará con la historia de sus parientes que vivieron en Port Clarence (actual Malabo) hace ya más de un siglo.
Su curiosidad la hace iniciar una ardua investigación sobre las huellas de estos personajes, y descubrirá historias de tres miembros de esa misma zaga familiar cuyos hilos se perdieron entre los acontecimientos del pasado que desembocaron en las mismísimas puertas del Holocausto.

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Pero la refriega cesó al mismo momento que se apagaba la algarabía de los embriagados marineros, que importunados en su labor vertieron un balde de agua tras otro hasta sofocar el motín, momento que aproveché para interrogar a la premamá acerca de su destino fatídico…, pero del más allá me llegó el impertinente sonido del despertador, luego un paseo por el baño y vuelta a soñar.

Me ocurría todos los viernes, cuando olvidaba desconectar la alarma ante la llegada del fin de semana.

Todo ello ocurría durante un caluroso verano en que el calor golpeaba con más furia de lo habitual mientras avanzaban los días en la ciudad de Barcelona, donde me hallaba ese final de agosto de 2006, en el piso de estudiante de Marc y sus colegas. Salvábamos el bochorno estival con cervezas frías y sangría tras las pizzas saladas de una noche de despedidas, con la atención puesta en los mundiales que alentaba Filippo, nuestro anfitrión, para quien el júbilo continuaría semanas después en su tierra, rodeado por los suyos.

Ambos colegas de Marc eran jóvenes amables que no dudaron en ayudarnos con la mudanza en cuanto les comunicamos la decisión de instalarnos juntos en la ciudad.

Marc solo disponía de los muebles de su habitación, que sus padres le compraron mientras estudiaba en Barcelona, pero aquello nos bastaba.

En esos días yo había comenzado las prácticas en el centro psiquiátrico, empleo que alternaba con un curso de informática por las tardes. Nuestros encuentros nocturnos eran interminables tertulias, orgullosos de nuestros proyectos en común, en medio de nuestro salón desnudo donde nos sentábamos en un viejo sofá frente al televisor mientras se anunciaba que Volver sería la película elegida para representar a España en los Óscar.

A finales de septiembre ya estábamos instalados en aquel edificio desvencijado del casco antiguo, más lúgubre que tétrico debido a su estado de conservación: telarañas esparcidas colgaban de sus altos pórticos internos a modo de candilejas, a veces unidas como cenefas ornamentales en cada tramo de techumbre.

Una mañana me senté en uno de los descansillos a observar como una araña, con un cuerpo desproporcionado respecto de sus largas patas, tejía siguiendo un acompasado ritmo. Por un momento imaginé que se detenía para observarme mientras yo contemplaba su obra.

La escalera había perdido el esplendor que antaño debió de lucir, a juzgar por el lustre en el talle de la balaustrada que sostenía la hilera del pasamanos que en su día debió mostrar el auge de la antigua clase burguesa que habitó el edificio, y por las viejas fotografías encontradas en nuestro apartamento; fotografías de individuos que lucían vestidos encorsetados estilo imperio en las damas y de tres piezas en los caballeros. Luego observé entristecida el tono opaco impregnado en el grabado de los pomos; también oscurecido y agrietado se hallaba el suelo de mármol, fruto del exudado humano que lo cubría con una pátina ocre. Los grafitis adornaban la entrada, obra del incivismo de los más jovencitos, acostumbrados a ignorar las reiteradas notas del portero.

Las voces de algunos vecinos me devolvieron a la realidad y continúe mi ascenso, alejando aquellas imágenes inoportunas. Recogí las pesadas bolsas del súper hasta alcanzar el quinto piso, animada por el módico alquiler facilitado por la dueña. Bien mirado, de nada me podía quejar, pues la señora Carmen, la propietaria, había remodelado el interior y aquello nos gustaba.

Horas más tarde me entretenía mordisqueando porciones de pizza, cuando caí en la cuenta de que no se escuchaban ni el correr de sillas ni el carraspeo habitual de mi vecina, que acostumbraba a golpear el suelo cuando el sonido de mi televisor la desvelaba, a la par que farfullaba improperios.

El saber que no estaba en aquel momento me animó a subir el volumen de la radio mientras sonaba la pegadiza Hips don’t lie, que tan de moda estaba. Con música de fondo, releí una vieja carta rescatada durante el traslado de las cajas al apartamento, escrita por mi amiga en los primeros meses de mi llegada al Maresme. De aquellos días en mi ciudad, recordaba que la noche anterior a mi partida apenas pude dormir por culpa de los nervios, pero igualmente mi madre me despertó de madrugada. Recordaba que era un sábado, por ser el día que despegaban los vuelos de Iberia, cuando un corte de luz propició mi desencanto al pensar —inocente de mí— que aquel viaje se suspendería a raíz de la falta de corriente.

Mi madre se asomó a la puerta de mi habitación para indicarme que me vistiera con los leotardos y el nuevo uniforme del instituto, que había mandado confeccionar tiempo atrás, ya que siempre fue una mujer previsora que reservó de antemano mi falda azul y la camisa blanca con su paga del djangue, una especie de encuentro mercantil donde participaba con las vecinas, que constituía un ahorro mensual que le permitía sufragar proyectos modestos. De modo que me calcé los leotardos y los mocasines, aún alterada por el incidente eléctrico, después de descubrir que la modista no pudo acabar de confeccionar mi hermoso y floreado vestido de tela de lapa, uno que días antes me había permitido elegir mi madre en el mercado. Después degusté, por última vez, el clásico desayuno de ogui, esa sabrosa papilla caliente de fécula de arroz, que acompañé con buñuelos de azúcar que trajo la modista al amanecer con motivo de mi despedida, ya que durante las madrugadas, antes de dedicarse a su labor costurera, se dedicaba a elaborar la masa que, una vez frita, se transformaba en los sabrosos buñuelos que su hija ofrecía en la venta ambulante. Lo extraordinario en aquellos años de estrecheces era observar la destreza de la mayoría de las mujeres que tiraban de su ingenio a la hora de mantener a sus familias.

Recuerdo que después aguanté el tipo ante los insistentes picores del entallado leotardo, bajo la atenta mirada de mi madre, situada ante la puerta de mi habitación para asegurarse de que esta vez la obedecía. Al rato descargó su mirada inquisitoria hacia mí, para afirmar que, una vez que yo abordara al avión, la temperatura sería más agradable.

Asentí obediente mientras me recolocaba mis dos moños y soplaba con fuerza la brillante vela del Petromax que iluminaba la estancia. Después bajé las escaleras de dos en dos en dirección al coche donde ya se ubicaba mi padre en el interior revisando la documentación, frente al que me esperaba mi abuela, charlando con su hijo acerca de su trabajo de taxista. Al verme aparecer, me plantó entre sollozos uno de esos abrazos interminables que no necesitan palabras, y de paso se despojó de su loko, el cual ajustó en mi muñeca mientras me cogía del brazo deseándome buena suerte.

—Esta pulsera contiene una carga ancestral que te protegerá de todo peligro; igual que lo hizo conmigo desde que me la entregaron, el día de mi boda.

Yo, confiada de su carga positiva, jamás me desprendí de ella y durante muchos años le pedí pequeños milagros cuando me quedaba en blanco durante algún examen o perdía mis llaves; cualquier excusa me servía para volver a besarla como si fuera un pequeño talismán, tal y como rezaron las palabras de mi abuela durante nuestra efusiva despedida en la que reconocía el esfuerzo que le suponía, alicaída como estaba aquel año por no tener noticias del paradero de su hija menor. Mi tía había tomado la decisión, en su momento, de partir de la ciudad junto a otras amistades, la misma fecha en que se clausuraron las celebraciones eucarísticas en todo el país, aprovechando el revuelo armado por la ciudadanía. Partieron en una pequeña embarcación hacia otro lugar, sin confiar a nadie sus planes. Por un largo periodo nadie supo de su paradero, era una época en que las libertades estaban totalmente extinguidas en el país, disgusto mayúsculo para mi abuela quien, a falta ya de iglesias para consuelo de sus penas, aceptó cabizbaja las predicciones de su curandero, quien, para aliviarla, le confirmaría la supervivencia de su hija.

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