Anna Sólyom - Neko Café

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La vida de Nagore ha sido una sucesión de calamidades desde que se separó de su pareja y se quedó sin trabajo. A punto de perder su apartamento por falta de pago, una vieja amiga le encuentra un empleo insólito: mesera del Neko Café, una cafetería donde siete gatos esperan encontrar dueño entre los clientes que van a pasar la tarde. Y aunque Nagore tiene pavor a los gatos, cada uno le ayudará a descubrir una clave del arte de vivir. Lo que comienza como un caos, se convertirá en una experiencia transformadora.
Ambientada en un café de gatos, como los que están triunfando en todo el mundo, la encantadora primera novela de Anna Sólyom es una narración inspiracional fresca y original sobre el arte de ser feliz.

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–Te presento a Capuccino –dijo Yumi, divertida–. Es el bebé consentido de este lugar.

Nagore ya estaba hiperventilando cuando la japonesa levantó al gato blanco y crema y le habló como a un niño.

–¿Nos dejas charlar un poco? –luego lo puso en el suelo y miró a su candidata de reojo–. Quizás adores a los gatos, pero tienes ailurofobia, querida.

–Ailurofobia… ¿y eso qué es? –repitió sintiendo que le subía la fiebre.

–Fobia a los gatos.

Al saberse descubierta, Nagore dejó que las lágrimas fluyeran libremente para lamer su rostro sudado. La japonesa bajó la voz, en tono de confidencia:

–No te preocupes, no es nada malo. De hecho, para los chicos es mejor así.

–¿Qué quieres decir? –preguntó secándose las lágrimas con una pequeña servilleta.

–Mira lo que ha sucedido con Capuccino… Es un gato muy curioso y a la vez muy cobarde. Jamás habría saltado al regazo de alguien que no conoce, como ha hecho contigo.

–No entiendo…

–Quizás los gatos no comprendan las palabras, pero son muy buenos leyendo emociones. Capuccino ha captado a la perfección que estás muerta de miedo y que no te moverías si subía a tu regazo. Por eso lo ha hecho. Sabe que no le harás daño ni lo molestarás.

–¿Por qué iba a hacerle daño? –preguntó Nagore, cada vez más confundida, mientras el felino en cuestión seguía en el suelo, esperando una nueva oportunidad para asaltarla.

–Si hay algo que odian los gatos es que los manoseen, podrás verlo cuando abramos el lunes. Por eso, en un círculo de personas siempre eligen a aquella que no va a acariciarlos por miedo.

–Entonces… –balbuceó Nagore–, ¿significa eso que estoy contratada?

–Por supuesto –repuso alegre–. Esta tarde iremos a la oficina del administrador a firmar tu contrato.

4 Presentaciones informales Cuando el nerviosismo de Nagore se calmó un poco - фото 12

4. Presentaciones informales

Cuando el nerviosismo de Nagore se calmó un poco, pudo ver que el espacio estaba diseñado con buen gusto. Entre las paredes de colores suaves había media docena de mesas bajas con sillas de colores y dos enormes árboles para gatos. Sus bandejas con arena estaban bajo las bancas, lejos de los recipientes con comida.

Yumi le explicó con precisión nipona todas las tareas que debería realizar cada tarde, antes de la llegada de los clientes, para la comodidad de los chicos.

–Aparte de limpiar sus areneros y ponerles comida dos veces por tarde, no necesitarán nada más de ti. Aunque estén aquí, son muy independientes, ¿sabes? Tu misión será, sobre todo, servir a los humanos: ya sabes, recibirlos, explicarles cómo deben comportarse con los gatos, preparar cafés con bigotes… también tenemos recuerdos a la venta en la vitrina al lado de la barra.

Nagore levantó la cabeza para ver la selección de gadgets: tazas con el emblema del local, dijes gatunos, portavasos con forma de pata y otras inutilidades, a su entender.

–Ya que vas a trabajar con ellos, ha llegado la hora de las presentaciones. Como a Capuccino ya lo conoces –dijo Yumi mientras el aludido recuperaba su posición en el puf–, quiero que conozcas a este señor de ahí arriba.

En lo alto del árbol artificial más apartado de la calle había una plataforma con dos ejemplares durmiendo: un gato enorme tenía acoplado en cuchara un ejemplar rojizo de menor tamaño.

Parecen alfombras en vez de gatos, pensó Nagore con disgusto.

–Ese gigante blanco es Chan, nuestro maestro zen. Es bastante mayor y verás que le falta un ojo. No sabemos cuál es su historia, pero todos los gatos se pelean por acostarse con él. Lo único es que se vuelve un poco loco con la luna llena... –agregó Yumi, pensativa.

–¿Qué quieres decir con que se vuelve loco? –preguntó Nagore mirando angustiada aquella gran masa de pelo.

–¡Oh, nada serio! Empieza a merodear maullando como si hubiera perdido algo –Nagore asintió, intranquila–. El más huidizo es el que duerme con el maestro: esa bola de pelo roja se llama Licor, que aún es un bebé. Todavía no tiene ni medio año. Le encanta escaparse y crear problemas. Cada vez que intentes tocarlo, saldrá a la carrera, pero tampoco puede ir muy lejos…

Me abstendré mucho de tocarlo, se dijo Nagore mientras notaba horrorizada que algo suave le rozaba los pies desde atrás, justo por encima del tobillo.

Se giró con rapidez pero no vio nada.

–¿Por qué están aquí estos gatos? –preguntó, luchando por mantener la compostura–. ¿Y cuántos son?

–El café da refugio a siete ejemplares de momento. Nuestra misión es encontrar para ellos un hogar permanente. ¿Tal vez te gustaría llevarte uno a casa? –al ver el miedo en los ojos de Nagore, se inclinó sobre una caja de madera con un agujero en lo alto–. Ahí dentro está Smokey. ¡Apenas la verás! Tiene una capacidad prodigiosa para esfumarse, por eso el nombre. Nuestra princesa de humo tiene unos maravillosos ojos verdes. Además de ocultarse, le encanta aparecer de repente como un fantasma. Luego desaparece de nuevo. Es muy esquiva y, al día de hoy, nadie ha logrado tocarla.

Nagore se asomó con prudencia sobre el agujero en la parte superior de la caja, pero solo logró ver dos estrellas verdosas que brillaban en la oscuridad.

–¿Es negra? –le preguntó a Yumi mientras intentaba domar sus nervios.

–Sí, correcto… Smokey es una pequeña pantera negra, siempre alerta. ¿Un poco como tú, quizás? ¡Apuesto a que también eres difícil de atrapar!

–No –murmuró sin entender aquel comentario–. De hecho, odio correr.

–Ya, pero tus ojos verdes son bonitos y tu pelo negro parece el de una japonesa… Quizás tienes más en común con Smokey de lo que crees.

Nagore liberó una risa estúpida como toda respuesta.

Tras avanzar hacia el centro del local, Yumi le presentó un gato atigrado que bostezaba sobre un almohadón solitario, como una balsa en medio del mar de madera que era el suelo. Justo entonces, Smokey apareció de la nada como un Ferrari negro y pasó entre las piernas de Nagore antes de brincar olímpicamente hacia el árbol cercano a la vitrina.

Yumi dejó escapar una risa tan dulce que Nagore tuvo que comenzar a reír también, lo cual ayudó a que su nerviosismo se evaporara.

–Ya te estás dando cuenta de que son espíritus libres –dijo la japonesa mientras se aflojaba el pelo de su moño, dejando que su melena negra barriera sus orejas.

–Quieres decir que de verdad no les importa que yo esté aquí, ¿verdad?

–Así es, a ellos les importa poco, puedes estar tranquila –dijo acariciando al felino atigrado, que parecía sonreír con los ojos cerrados–. Les da igual qué pienses de ellos. Si un gato quiere algo de ti, te lo hará saber. Si le falta comida o cualquier otra cosa, lo sabrás de inmediato –y, dando unas palmaditas en la espalda al gato atigrado, dijo–: te presento a Sherkhan que, aunque en varios idiomas indios significa “señor tigre”, su interés principal son los perros, por cierto...

–¿Le gustan los perros? –preguntó sorprendida.

–Bueno, le gusta volverlos locos. Es un provocador. Cuando ve a uno en la calle, junto al café, se lanza sobre el cristal y le da un susto de muerte.

El gato con rostro de mapache, nariz rosa y ojos azules como un cielo de verano seguía la explicación con gran interés desde su puf. Nagore rezó porque Capuccino no intentara volver a subir a su regazo. Parecía a punto de hacer algo… y finalmente decidió echar a Sherkhan de su almohadón, algo que el gato atigrado aceptó con resignación.

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