En este relato resumió Jesús toda la aventura humana. El hombre quería viajar, ¿por qué impedírselo? El Señor sabía de antemano que tendría hambre y sed, que sufriría, pero que un día comprendería que nadie puede amarle tanto como su Padre, y que entonces volvería y todo sería reparado. No es cierto que el Señor se hubiera enfurecido por la falta del hombre... ¡En absoluto! El Señor le dejó hacer, Él tenía sus buenos proyectos, pero es paciente; dijo: “Tarde o temprano mis hijos volverán. Cuando hayan sufrido mucho, volverán. Estarán polvorientos, haraposos, hambrientos, pero lo importante es que habrán sentado la cabeza, y esto es lo esencial. Yo les preparo un banquete para obsequiarles...” Pero mientras tanto, como los humanos escogieron descender, no pueden volver inmediatamente a la casa paterna, deben proseguir su experiencia hasta el final, lejos del Paraíso.
Sin embargo, la imagen del Paraíso que perdieron permanece enterrada en lo más profundo de sí mismos. Toda esta vida que vivieron allá arriba está grabada en ellos como una memoria imborrable, y por eso llegan a sentir nostalgia de ella. A veces, en sus oraciones, en sus meditaciones, gracias a una lectura, a la contemplación de un paisaje, de una obra de arte, escuchando una música, algo se despierta en ellos, un recuerdo... Viven de nuevo unos momentos del Paraíso, se sienten animados, serenos, iluminados. Sí, pero desgraciadamente algún tiempo después vuelven a sus preocupaciones prosaicas y todo se borra, se olvidan de lo que han vivido, y hasta a veces piensan: “Eran ilusiones. No hay que hacerles caso...” No, estos estados no son ilusorios, reflejan realidades, las realidades más esenciales, y hay que tratar de retenerlos, de detenerse en ellos para poder revivirlos.13 Y esto es, justamente, lo que se enseña en una Escuela iniciática: cómo volver de nuevo al Paraíso, a la casa paterna.
La meta de todas las religiones, de todas las Iniciaciones, es llevar al hombre a reencontrar este estado primordial de belleza y de luz que experimentaba cuando estaba sumergido en el seno del Eterno. No se preocupan tanto de relatar los diferentes momentos de la creación, y Moisés, por ejemplo, no escribió más de una página para decir cómo creó Dios el mundo. En cambio, las prescripciones dadas al pueblo judío para satisfacer las exigencias de Yahvé, llenan varios libros. Claro que los filósofos, los teólogos, los grandes Iniciados, se han ocupado de esta cuestión de la creación, de la manifestación, es decir, del descenso del espíritu a la materia. Pero, en conjunto, han considerado que no es demasiado útil instruir a los humanos sobre ello, y se han preocupado mucho más de darles métodos para hacerles volver a su patria celestial.14
La vida psíquica del hombre, y quiero decir con ello su vida intelectual, moral, espiritual, puede resumirse en dos palabras: subir y bajar. Subir significa adoptar el punto de vista del espíritu, y bajar significa adoptar el punto de vista de la materia. Pero ahora que hemos bajado a la materia, no podemos ya vivir como puros espíritus. Vivir en la materia conlleva todo tipo de necesidades, y la naturaleza nos proporciona todo lo que precisamos para proveer a estas necesidades. Alguno dirá: “Puesto que debo volver al Señor, me desembarazaré de todo, iré directamente a Él...” No, esto no es posible. Ahora, que hemos dejado el Paraíso, no podemos actuar como si hubiésemos permanecido en él; y si nos esforzamos en utilizar todo lo que tenemos a nuestra disposición para volver hacia el Señor, y no para alejarnos todavía más de Él, estamos justificados. Lo que cuenta es la meta, la dirección, es decir la razón por la que hacemos las cosas. Que atendamos a las diferentes necesidades del cuerpo físico, que estudiemos, que escojamos una profesión, que nos decidamos a fundar una familia, etc., está bien, pero siempre que todo lo hagamos para volver hacia el Señor, porque este retorno tiene lugar, en primer lugar, en la conciencia. Todos nosotros hemos descendido a la materia, puesto que estamos encarnados. Pero no estamos obligados a dejarnos engullir por esta materia que nos limita; al contrario, debemos aprender a hacer un trabajo con ella, sobre ella.
La historia del hijo pródigo es también la de cada ser humano que, en vez de vivir de acuerdo con las leyes divinas, decide hacer lo que le da la gana, porque tiene necesidad, según dice, de libertad, de aventuras... Al principio, su nueva situación le parece agradable porque se cree liberado de todas las obligaciones, pero poco a poco las cosas se van complicando. Y aún siendo un hombre rico y opulento, espiritualmente empieza a conocer las privaciones: el hambre, la sed, el frío, porque ya no está protegido. Lejos del Señor ya no tenemos protección y estamos expuestos a todas las privaciones.
En cuanto el hombre empieza a alejarse de la luz y del calor, es decir, de la sabiduría y del amor divinos, empiezan a surgirle las dificultades. Os daré una imagen. Es verano, el sol brilla, hace calor: la vida es muy sencilla. Pero llega el invierno: hace falta leña, carbón, gasóleo, aparatos de calefacción, etc., y tenemos que almacenar reservas, necesitamos más vestidos, más iluminación. Y después, aparece la niebla, la nieve, el hielo: las comunicaciones son más dificultosas, hay más riesgos de accidentes. Así que, menos luz, menos calor, y todo resulta más complicado. De la misma manera, cada vez que con sus pensamientos y sus sentimientos, el hombre se aleja del sol espiritual, de Dios mismo, pierde, poco a poco, todas sus posibilidades de manifestarse en la luz, en el amor y en la paz, y en cambio, otras posibilidades aparecen: las de sufrir, llorar, gritar, la de volverse malvado y destruirlo todo. El poeta Dante, que estaba instruido en la filosofía esotérica, describe el infierno como un cono invertido. Cuanto más culpable era un hombre, tanto más debía descender a las profundidades del cono para sufrir sus limitaciones. Se trata, evidentemente, de una simple imagen, pero corresponde a una realidad: cuanto más descendéis en la materia, más os alejáis del espíritu, de la Fuente, del Señor, y más os sentís aplastados, limitados, desgraciados.
Por eso, cada día, por la mañana, por la tarde, debemos acercarnos a la luz, al calor y a la vida de este sol espiritual que es Dios. Claro que estamos obligados a vivir en la tierra, y a tener, por tanto, múltiples actividades, pero manteniendo siempre el deseo de acercarnos a la Fuente. Y si por descuido nos alejamos de ella, debemos pararnos inmediatamente para enderezar la situación. No somos tan culpables por cometer un error como de obstinamos en él.
Os sentís limitados, atados, esclavizados, y os preguntáis: “¿En dónde me he metido? ¿Cómo salirme de ahí?” No hay más que una respuesta: retomad el camino hacia lo alto.15 No basta con pertenecer a una religión o a una enseñanza espiritual, hay que imponerse un trabajo preciso a hacer, un programa a realizar. Cuando os fijáis un programa, aunque no lleguéis a realizarlo completamente, en alguna parte, por lo menos, algo se ha grabado, se ha inscrito, y permanecerá siempre ahí para recordaros que habéis tomado buenas decisiones, y estos surcos que habréis efectuado, estarán dispuestos para ser llenados por fuerzas benéficas.16 Cuando caváis regueros, éstos canalizan el agua de la lluvia. Cuando os procuráis un programa, es como si preparaseis regueros por los cuales vendrán a circular las corrientes celestiales. Si no os dais un programa, el tiempo pasará a pesar de todo. Y entonces, es inútil pertenecer a una religión o a una enseñanza espiritual, y no sólo es inútil, sino que os diré, incluso, que es perjudicial. Porque las verdades que os son enseñadas, son verdaderas fuerzas, y aquéllos que no se deciden a hacer un buen uso de estas fuerzas son, un día, barridos por ellas. Las verdades de la religión, las verdades de la Ciencia iniciática, son como cerillas. Si no tenemos cuidado con las cerillas, nos arriesgamos a quemarnos y a quemar a los demás. Sí, reflexionad sobre todos los daños producidos por los adeptos de religiones y de comunidades espirituales que no supieron hacer un trabajo constructivo con las verdades que se les enseñaban.17
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