Omraam Mikhaël Aïvanhov - Sois dioses

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"Jesús fue más grande revolucionaro de entre los enviados de Dios, fue el primero en transgredir todas las costumbres antiguas, y expió en la cruz la audacia que tuvo al decir que él era hijo de Dios al igual que lo son todos los seres humanos. La insistencia con la que Jesús subrayaba la filiación divina del hombre, escandalizaba e irritaba a los escribas y a los fariseos hasta el punto de que, un día, intentaron lapidarle. Pero Jesús les dijo: «Os he hecho ver varias buenas obras que vienen de mi Padre: ¿por cuál de ellas me lapidáis? Los judios le respondieron: No te lapidamos por ninguna buena obra, sino por una blasfemia, y porque tú, que eres un hombre, te haces pasar por Dios.» Y fue entonces, cuando Jesús les recordó un versículo de los Salmos: «¿Acaso no está escrito en vuestra ley: yo de dicho: sois dioses?»

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Mientras consideréis a Dios como exterior a vosotros, debéis esperar que de vez en cuando seáis arrinconados sin derecho a quejaros por ello. Y si le rezáis pensando que está en alguna parte, más allá de las estrellas, ¿cómo queréis que vuestra oración llegue hasta Él? Mientras que, si sentís que está ahí, muy cerca, dentro de vosotros, inmediatamente entráis en comunicación con Él y os sentís penetrados de su presencia. Hasta que no hayáis aprendido a buscar a Dios dentro de vosotros, no cesaréis de pasar por altibajos: por unos momentos sentiréis gozo, inspiración, y después seréis invadidos por una sequía terrible, por la aridez y el desierto, y diréis: “Dios me ha abandonado.” No, es un error, Dios está en nosotros y no puede abandonarnos. Pero, claro, es muy difícil mantener constantemente esta conciencia de la presencia de Dios en nosotros. Incluso los más grandes santos, a pesar de su amor, a pesar de su elevación, conocieron, en uno u otro momento, esta sensación de ser abandonados por Dios. Incluso santa Teresita se quejaba diciendo: “Señor, ¿por qué juegas conmigo como si fuese una pelota? A veces me tomas, y después me dejas...”

Si nos sentimos abandonados por el Señor, es porque nosotros también le abandonamos. ¿Acaso estamos nosotros siempre con Él? No. ¿Por qué, entonces, debería estar Él siempre con nosotros y pensar siempre en nosotros? ¿Qué somos nosotros, qué representamos para que esté siempre obligado a ocuparse sin cesar de nosotros?... En realidad, el Señor piensa siempre en nosotros, pero de una manera diferente a cómo nosotros nos lo imaginamos.

Cuando un niño nace, la Inteligencia cósmica le da todo lo que necesita para vivir en la tierra. Nada le falta: la cabeza, los brazos, las piernas, los órganos, lo tiene todo. Le envían a la tierra completamente equipado como se hace con los soldados: les dan su uniforme, sus botas, su casco, su fusil, sus municiones, y después, tiene que espabilarse. También a nosotros el Señor nos ha dado todos los elementos que necesitamos para vivir y desarrollarnos espiritualmente, así como todos los órganos físicos y espirituales precisos para que podamos atraer y conservar estos elementos.7 Y es culpa nuestra si no sabemos utilizarlos para hacer de todo nuestro ser el templo de la Divinidad. Sí, mejor que un palacio, un templo. Evidentemente, sería un buen logro transformar nuestro fuero interno en un palacio, pero en el palacio falta este elemento de santificación que encontramos en el templo. Dios entrará en aquél que llegue a hacer de sí mismo un templo, y ya nunca le abandonará: la Divinidad no abandona el santuario que le ha sido consagrado y en el que se le sigue rindiendo un culto en la pureza y en la luz.8

Es preciso que los cristianos se decidan a seguir esta vía que Jesús trazó para ellos, la única que permite al ser humano realizarse en tanto que criatura espiritual y hacer el bien a su alrededor; porque las verdaderas posibilidades, las verdaderas riquezas, le vienen de la conciencia de que Dios está presente en él. Cuando hacía milagros, Jesús decía: “No soy yo, sino mi Padre que actúa a través de mí.” Aquél que desaparece, aquél que se funde en el Señor para ser uno con Él, se convierte en un poder formidable. Sí, al empequeñecernos hasta fundirnos con el Señor, es cuando nos hacemos grandes. Mientras que aquél que se afirma ante Él, como un ser separado de Él y oponiéndose a Él hasta negar su existencia, se debilita sin cesar. Si rechazáis a vuestro verdadero yo, que es Dios mismo, os priváis de sus riquezas. No puede dároslas: vosotros y Él sois dos mundos separados que no pueden comunicarse entre sí porque no vibran al unísono. Pero el día en que aprendáis a entrar en las vibraciones divinas, ya no habrá separación.

Todas las disciplinas espirituales tienen la finalidad de conseguir que el hombre se conozca como siendo Dios mismo. Cada progreso que podáis realizar en la identificación, os acercará a vuestro verdadero yo. Esta conciencia divina que habréis logrado desarrollar, participará en todas vuestras actividades. Empezaréis a sentiros otro ser, y Dios mismo vendrá a manifestarse en vosotros. Este es el sentido de las palabras de Jesús: “Mi Padre y yo somos uno...” Los Iniciados de la India han resumido este trabajo de identificación en la fórmula “Yo, soy Él”. Es decir, sólo Él existe; yo sólo existo en la medida en que consigo identificarme con Él. Y los discípulos aprenden a meditar en esta fórmula que pronuncian hasta que se hace en ellos carne y hueso.

Aquél para quien esta identificación se convierte verdaderamente en una realidad, vive en la plenitud. Claro que no todo el mundo puede llegar hasta esta cima, pero haciendo esfuerzos, es posible lograr escapar a ciertas limitaciones siempre que se sepa utilizar los medios que Dios ha puesto a nuestra disposición. Dios ha dado a todos los seres la posibilidad de acercarse a Él y de llegar a ser como Él.9 Hasta las criaturas más limita. das, las más imposibilitadas, poseen los medios de superarse, de sobrepasarse siempre que acepten dirigir su mirada y su pensamiento hacia estas regiones en donde brilla la chispa divina. Entonces comprenderán dónde está su verdadera predestinación.

Vosotros también podéis, pues, meditar en estas fórmulas: “Mi Padre y yo somos uno” y “Yo, soy Él” y repetirlas, pero sin olvidar que sólo se trata de un ejercicio. ¡No vayáis a imaginaros que ya sois Dios mismo! Porque, si no, os volveréis insoportables, y hasta os arriesgáis a perder la razón. Cuanto más nos acercamos interiormente a estas realidades divinas, tanto más sencillos y humildes debemos ser, sin deseo alguno de aplastar a los demás con nuestra superioridad. Al contrario, debemos tener cada vez más generosidad y amor. Porque Dios es amor. Si vais a exterminar a los demás para mostrarles que sois una divinidad, es que no habéis comprendido nada; a eso se le llama hipertrofia de la personalidad y no identificación con el Señor. Por lo tanto, os prevengo, este ejercicio, que es el mejor, puede ser también muy peligroso. Debéis estar atentos y tomar precauciones, es decir empezar por reconocer que los demás, lo mismo que vosotros, son una parte de la Divinidad. Y puesto que son una parte de la Divinidad, igual que la Divinidad, están en vosotros, y vosotros en ellos. Toda la humanidad habita en vosotros, y vosotros en ella. Al pensar así, dejáis de oponeros a los seres que os rodean, empezáis a sentir sus necesidades, sus preocupaciones, sus sufrimientos, y os sentís impulsados a ayudarles. Si no, os convertís en unos monstruos para quienes los demás no son más que insectos que se pueden aplastar. Cuando os doy ciertos métodos, debo también advertiros de las precauciones que hay que tomar para que estos métodos no os perjudiquen.10

Mantened siempre presente en el espíritu, el pensamiento de que todas las criaturas que están ahí, a vuestro alrededor, son una parte de vosotros. Cuando caminamos en este camino de la verdadera filosofía, nos damos cuenta de que todas las criaturas son uno. No existe, en realidad, más que un solo Ser, el Creador; todas las criaturas dispersas por una y otra parte, no son más que células de su inmenso cuerpo. Aprended, pues, a conectaros con el pensamiento con todas estas células: de esta manera realizaréis plenamente la identificación con el Creador.

La verdadera transformación del hombre está en esta conciencia de la unidad: nosotros no existimos como individualidades separadas, cada uno representa una célula del inmenso organismo cósmico, y nuestra conciencia debe fundirse en esta conciencia universal que abarca el hombre en su totalidad.

3

“El retorno a la casa del Padre”

El relato del pecado original, tal como es presentado al principio del Génesis, es uno de los más difíciles de interpretar.11 Conocéis este relato. El sexto día de la creación, Dios creó al hombre y a la mujer y los puso en el jardín del Edén. Les autorizó a comer del fruto de todos los árboles del jardín, excepto del Árbol del Conocimiento del bien y del mal, diciéndoles: “Si coméis de él, moriréis...” Pero la serpiente persuadió a Eva para que desobedeciese al Señor, y Eva, a su vez, persuadió a Adán. Comieron del fruto del Árbol del Conocimiento del bien y del mal, y para castigarles por esta desobediencia, Dios les expulsó del Paraíso. Ello se ha interpretado como que la situación creada por este acto de desobediencia, no entraba en los planes del Señor. Pues bien, esto no es seguro en absoluto.

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