Omraam Mikhaël Aïvanhov - Sois dioses

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"Jesús fue más grande revolucionaro de entre los enviados de Dios, fue el primero en transgredir todas las costumbres antiguas, y expió en la cruz la audacia que tuvo al decir que él era hijo de Dios al igual que lo son todos los seres humanos. La insistencia con la que Jesús subrayaba la filiación divina del hombre, escandalizaba e irritaba a los escribas y a los fariseos hasta el punto de que, un día, intentaron lapidarle. Pero Jesús les dijo: «Os he hecho ver varias buenas obras que vienen de mi Padre: ¿por cuál de ellas me lapidáis? Los judios le respondieron: No te lapidamos por ninguna buena obra, sino por una blasfemia, y porque tú, que eres un hombre, te haces pasar por Dios.» Y fue entonces, cuando Jesús les recordó un versículo de los Salmos: «¿Acaso no está escrito en vuestra ley: yo de dicho: sois dioses?»

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¿Quién era esta serpiente que sabía hablar tan bien y que poseía tantos conocimientos? Y ¿por qué el Señor les había permitido a tales criaturas (porque lo mismo que Adán y Eva no representan solamente a un hombre y a una mujer, sino a toda la humanidad, la serpiente representa también a toda una categoría de seres) habitar en el Paraíso? Nadie podía penetrar en él sin el permiso del Señor. Y si había creado a la serpiente, antes incluso de crear a los humanos, es porque tenía determinados proyectos, nada podía suceder al margen de su voluntad.

La serpiente, que repta sobre el suelo, es un símbolo de la materia. Y la historia del pecado original, es la historia del descenso del hombre a la materia. Se plantea, pues, la cuestión de saber si, al escoger descender, los hombres iban absolutamente en contra de la voluntad divina, o bien, si el Señor, que les dejaba libres, había considerado ya esta posibilidad para ellos.

En cuanto Adán y Eva hubieron comido del fruto prohibido, Dios dijo: “He ahí que el hombre se ha vuelto como uno de nosotros, para el conocimiento del bien y del mal. Impidámosle ahora que extienda su mano, tome de los frutos del Árbol de la Vida, coma de ellos, y viva eternamente...” ¿Había, entonces, un árbol? ¿Habían dos?... En realidad, lo importante es esta imagen del árbol, y si sabemos interpretarla, nos ayudará a comprender lo que los teólogos han llamado “la caída”. Podemos decir que, cuando se hallaban en el Paraíso, los primeros hombres estaban instalados en la cima del Árbol cósmico. Simbólicamente, la cima representa las flores. Adán y Eva vivían, pues, en las flores, es decir, en la luz, el calor, la belleza, la libertad. Pero, poco a poco empezaron a plantearse cuestiones: ¿Qué es este árbol en el que nos encontramos? ¿De dónde viene esta energía que lo alimenta? Vemos unas ramas, un tronco... Pero, más abajo, todavía hay algo que no vemos, ¿qué es? Nos gustaría conocerlo...” Y como para conocer las cosas hay que explorarlas, abandonaron su morada magnífica, que tocaba el cielo, y descendieron a través del tronco para llegar finalmente hasta las raíces, bajo tierra. Pero bajo tierra está oscuro, hace frío, ya no se tiene la misma libertad de movimientos, y por eso acabaron sintiéndose aplastados. Las raíces representan un estado de conciencia. Dios les había dicho a Adán y Eva: “Si coméis de este árbol, moriréis...” Pero no murieron; comieron y sin embargo siguieron viviendo, sí, pero en otra parte, porque la muerte de la que hablaba el Señor, era solamente un cambio de estado. La muerte es siempre tan sólo un cambio de estado. Interiormente, los primeros hombres dejaron la región de las flores para irse a la de las raíces.

Lo que la tradición llama “la caída”, no es otra cosa que esta elección que hicieron los primeros hombres de irse a explorar el mundo para adquirir el conocimiento. Eran libres y decidieron descender para conocer el árbol en su totalidad. Esto está muy bien, sólo que, cuando cambiamos de lugar, cambiamos también de condiciones. Y como las condiciones de la tierra no son las del cielo, se vieron obligados a padecer el frío, las tinieblas, la enfermedad y la muerte. Quisieron poseer los conocimientos de la serpiente, es decir, explorar la materia, y esto es lo que hicieron, ¡mirad qué éxito tuvieron en su empresa! Diréis: “¡Pero Dios les castigó!” No. Él dejó. solamente. que sufrieran las consecuencias de esta decisión. Dios no ha rechazado a los humanos, al contrario: si ellos quieren dejar las raíces para volver a la cima del árbol, a la luz, al calor, entre las flores y los frutos coloreados y perfumados, pueden hacerlo. Sólo que, antes, deben terminar la experiencia empezada.

No hay que imaginarse que Dios está furioso contra los humanos, no. El es liberal, comprensivo, y deja que hagan sus experiencias. El día en que quieran volver, volverán, el Señor está siempre dispuesto a acogerles, les espera para recibirles, para tomarles en sus brazos. Les ha dado la eternidad, encarnaciones y encarnaciones... Dice: “Sufrirán durante algún tiempo... (es decir, durante unos millones de años, claro, pero ¿qué son unos millones de años comparados con la eternidad?) pero son mis hijos, su espíritu es inmortal y un día, cuando vuelvan hacia mí, serán tan felices que se olvidarán de todos sus sufrimientos...” Este es el razonamiento del Señor. Y mientras esperan volver hacia Él, los humanos siguen instruyéndose.

Mientras el hombre vivía en el Paraíso, podía permanecer en él. Pero una vez desencadenado el movimiento de caída, es preciso que llegue hasta el final pasando por todas las etapas. Y si ahora quiere volver a subir, debe recorrer todo un itinerario. Imaginaos que estáis en la cima de una montaña: si sois razonables, si tenéis cuidado y procuráis no resbalar, mantenéis el equilibrio y podéis permanecer allá arriba todo el tiempo que queráis. Pero desde el instante en que os dejáis deslizar, os veis obligados a pasar por un camino determinado a través de rocas, de malezas, de abrojos, pudiendo incluso caer en un precipicio. Ya nada depende de vosotros, porque una vez que habéis desencadenado el movimiento, ya no sois libres. Y si queréis después volver a la cima, ¡qué dificultad para escalarla!

Desde el momento en que dejamos la cima, nos vemos obligados a soportar las leyes de un mundo sobre el que ya nada podemos, somos nosotros los que dependemos de él. Para conservar nuestra libertad, debimos quedarnos junto a Dios. Allí todo el espacio nos pertenecía, todo dependía de nosotros porque el mundo divino está formado por una materia tan sutil, tan maleable, que teníamos todo poder sobre ella. Allí éramos verdaderamente libres. El error de los primeros hombres – que es el de todos los humanos – fue el de confundir la libertad con el derecho de actuar a su antojo. Y no, nuestra libertad es la libertad de elegir, y una vez que hemos elegido ya no podemos escapar a las consecuencias de esta elección.12

No debemos imaginarnos que la historia del hombre se ha podido desarrollar sin el consentimiento del Señor, y que nada, ni su desobediencia, ni las peripecias de su destino, estuvieron previstas de antemano. El hombre se alejó de Dios, pero Dios no se opuso a ello en absoluto porque, si no, no hubiera podido alejarse; todo lo que el hombre hace, sólo es posible, de alguna manera, con el consentimiento de Dios. Y si quiere volver hacia Él, Dios le recibirá.

Para que veáis que esta idea no es contraria a la filosofía de Jesús, os leeré la parábola del hijo pródigo. “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y el padre repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su herencia viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquél país, y empezó a pasar necesidad. Se puso entonces al servicio de uno de los ciudadanos de aquél país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré hacia mi padre, y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose fue hacia su padre. Estando aún lejos, su padre le vio llegar y conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: Padre, pequé contra el cielo y ante ti, ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus siervos: ¡Traed aprisa el mejor vestido y vestidle; poned un anillo en su dedo, y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado!”

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