1 ...6 7 8 10 11 12 ...24 El reloj marcaba las seis y veintisiete. Faltaban todavía tres minutos. De pronto, Roubaud que acechaba las puertas de las salas de espera, visibles a lo lejos, mientras hablaba con el jefe de estación, se despidió de éste para ir a reunirse con Severina. Pero su coche ya no se hallaba en el lugar de antes, y tuvieron que dar algunos pasos para encontrar la cabina; entonces, volviendo la espalda, Roubaud empujó a su mujer, obligándola a subir. Ella, a la vez dócil e inquieta, miraba instintivamente hacia atrás, ansiosa de saber qué ocurría. Veía a un viajero retrasado que llegaba sin más equipaje que una manta sobre el brazo, el cuello de su grueso gabán azul subido y el ala del redondo sombrero tan inclinado sobre la frente que no podía distinguirse su rostro a la vacilante luz del gas, sino tan sólo un poco de barba blanca. A pesar del evidente deseo del viajero de no ser visto, Vandorpe y Dauvergne se habían adelantado hacia él. Le siguieron, pero él no les saludó hasta que estuvo, después de pasar junto a tres coches, frente al reservado, en el que subió a toda prisa. ¡Era él! Severina, toda temblorosa, se dejó caer en el asiento. Su marido le apretó violentamente el brazo. Roubaud estaba satisfecho ahora que era seguro que podría llevar a cabo su propósito.
Dentro de un minuto daría la media. Un vendedor se obstinaba en ofrecer los periódicos de la tarde, y algunos pasajeros se paseaban todavía por el andén, acabando de fumar sus cigarros. Al fin, todos subieron; se acercaban, por ambos extremos del tren, los empleados que cerraban las portezuelas. Roubaud, que había tenido la desagradable sorpresa de descubrir, en un rincón de la cabina, que había creído vacío, la oscura forma de una mujer muda e inmóvil, y sin duda de luto; no pudo contener una exclamación de cólera cuando de nuevo se abrió la portezuela y, lanzados al interior por un vigilante, aparecieron un hombre y una mujer, gordos ambos. La pareja, jadeante, se dejó caer sobre la banqueta. Iba el tren a caminar. La lluvia volvía a caer en menudas gotas, anegando el vasto campo tenebroso que, sin cesar, atravesaban los trenes, de los que sólo se distinguían los cristales alumbrados: una fila de pequeñas ventanas móviles. Algunas luces verdes se habían encendido; otros faroles bailaban al nivel del suelo. Y no había más que eso: una negra inmensidad en la que sólo formaban manchas pálidas los tejados de las líneas de gran distancia, débilmente iluminadas por un reflejo de los reverberos de gas. Todo se había hundido en las tinieblas y hasta los ruidos llegaban amortiguados; no se oía más que el trueno de la locomotora que había abierto sus válvulas, dejando escapar remolinos blancos de vapor. Una nube subía desplegándose como un sudario espectral, atravesada por espesas humaredas negras que surgían misteriosamente. Oscureció aún más el cielo y un nubarrón de hollín voló hacia el París nocturno, que ardía con mil hogueras.
Entonces el jefe segundo de servicio levantó su linterna para que el maquinista pidiera vía. Resonaron dos silbidos, y allá abajo, cerca del puesto del guardagujas se extinguió la luz roja. Apareció una señal blanca. De pie ante la puerta del furgón, el conductor jefe esperaba la orden de marcha. La transmitió. El maquinista volvió a dar un largo silbido y abrió el regulador. El tren partió. Al principio, el movimiento era insensible, luego el tren comenzó a rodar. Se deslizó por debajo del Puente de Europa y se internó en el túnel de Batignolles. No se veía de él más que el triángulo rojo de las tres luces traseras, sangrientas como heridas abiertas. Durante un par de segundos se podía seguirlo con la vista por entre las oscilantes sombras de la noche. Ahora huía lanzado a todo vapor, y nada podía ya detenerle. Había desaparecido.
En La Croix-de-Maufras, en un jardín cortado por el camino de hierro, estaba situada la casa, tan cerca de la vía, que todos los trenes, cuando pasaban, la estremecían. Bastaba un viaje para que permaneciera grabada en la memoria. El mundo entero, en su relampagueante carrera, sabe que la casa se encuentra ahí, aunque ignoren todo de ella. Siempre cerrada, como abandonada a su suerte, ostentan su persianas grises, manchadas de verde por los aguaceros del Oeste. Un paisaje desierto. Y la casa parece aumentar aún la soledad de aquel perdido rincón, alejado, en una legua a la redonda, de todo ser viviente.
Sólo se ve allí la casa del guardabarreras, situada en el cruce de la carretera de Doinville, a cinco kilómetros de esta población. Baja, con sus paredes agrietadas y sus tejas cubiertas de musgo, parece doblegarse con aspecto mísero en medio del jardín plantado de hortalizas en el que se levanta un gran pozo, tan alto como la casa. El paso a nivel se halla exactamente entre las estaciones de Malaunay y Barentin, a cuatro kilómetros de una y otra. Es, por lo demás, poco frecuentada. La barrera, vieja y medio podrida, apenas si se abre de vez en cuando para dar paso a los carretones de las canteras de Becourt, situadas a media legua de allí, en pleno bosque. No podría imaginarse rincón más apartado de todo ser humano, pues el largo túnel de Malaunay es como una muralla que cierra el acceso, y no se puede llegar a Barentin más que por un descuidado sendero que sigue la vía. Son raras, pues, las personas que visitan aquellos parajes.
Cierta tarde, a la hora de la puesta del sol, en medio de una atmósfera gris y suave, un viajero, que acababa de apearse del tren de El Havre en Barentin, estaba siguiendo, con paso rápido, el sendero que conducía a La Croix-de-Maufras. Aquel terreno no es sino una sucesión ininterrumpida de cañadas y cuestas, que el tren atraviesa pasando por terraplenes y dentro de profundas zanjas. Este cambio continuo de subidas y bajadas, por ambos lados de la vía, hace casi intransitables los caminos, y ello contribuye a aumentar la gran soledad del paisaje. Los terrenos pobres y blancuzcos no se cultivan; grupos de árboles coronan las colinas formando bosquecillos y, a lo largo de los angostos valles, corren arroyos sobre los que proyectan su sombra las hileras de los sauces. Y hay otras zonas cretáceas, completamente desnudas, que se suceden, estériles, en medio de un silencio de muerte. Impresionado, el viajero, que era joven y vigoroso, aceleraba el paso, como para escapar de la tristeza de aquel crepúsculo tan dulce y extraño en estas tierras desoladas.
En el jardín del guardabarreras, se veía, sacando agua del pozo, a una muchacha de unos dieciocho años, alta, rubia y fuerte, de labios gruesos, y grandes ojos verdosos. Tenía la frente estrecha, encuadrada por una espesa cabellera. No era guapa, con sus caderas sólidas y sus brazos duros como los de un mozo. Tan pronto como hubo visto al muchacho que bajaba por el sendero, soltó el cubo y corrió hacia la cancela, arreglada en la villa.
—¡Hola, Jacobo! —exclamó.
El joven levantó la cabeza. Acababa de cumplir los veintiséis años; era de elevada estatura, muy moreno, buen mozo con su rostro redondo, cuyas facciones habrían sido armoniosas sin unas mandíbulas demasiado fuertes. Tenía los cabellos densos y rizados, y su bigote, rizado también, era tan áspero y tan negro que realzaba la palidez de su tez. Al ver su piel fina y sus bien afeitadas mejillas, habrían podido tomarlo por un señorito, de no contrastar tal impresión con el sello indeleble de los de su oficio: la grasa que amarilleaba sus manos de maquinista, manos que, sin embargo, no habían dejado de ser pequeñas y flexibles.
—Buenas tardes, Flora —dijo sencillamente.
Pero sus grandes ojos negros, sembrados de puntitos de oro, parecían cubrirse por un velo rojizo. Sus párpados palpitaban, sus ojos evitaban la mirada de la muchacha, revelando un profundo malestar que rayaba en el sufrimiento, y todo su cuerpo se contraía en un instintivo movimiento de retroceso.
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