Emile Zola - La bestia humana

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Un pequeño descuido saca a La Luz el terrible pasado de Severina, y Roubaud, su esposo, se incendia de celos y venganza. La única solución posible para curarse de este mal, es la muerte de aquél que ha profanado la tranquilidad del matrimonio. Tras esta decisión, se desarrolla una serie de eventos trágicos, provocado por aquello que todavía nos hace animales. Grandes filósofos se han debatido, a lo largo de toda la historia, sobre la naturaleza del ser humano. Al ser seres cargados de consciencia, el impulso primitivo no debería de vivir dentro de nosotros. Sin embargo, la humanidad nos ha probado lo contrario. Es justo lo que los personajes de esta novela nos enseñan, ese lado impulsivo que nadie quiere ver y que todavía nos domina: adulterio, indiferencia, violencia, alcoholismo, codicia y, sobretodo, el instinto de matar. Personajes que nos demuestran lo que el humano realmente es: una bestia.

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El interior del coche no presentaba desorden alguno. Los cristales habían permanecido cerrados y todo parecía estar en su sitio. Pero un olor nauseabundo se escapaba por la portezuela abierta. Allí, en medio de un almohadón, se había coagulado un charco de sangre, un charco tan profundo y extenso que de él, como de un manantial, había brotado un arroyuelo, dejando cuajos de sangre sobre la cubierta del asiento. Y nada más, nada más que aquella sangre nauseabunda.

El señor Dabadie se puso colérico.

—¿Dónde están los hombres que hicieron ayer la visita? —gritó—. ¡Que me los traigan!

Presentes estaban, y se adelantaron balbuceando excusas; ¿cómo podían haberlo visto de noche? Habían pasado con las manos por todas partes. Juraban, en suma, que en la víspera no habían notado nada.

Mientras tanto, el señor Cauche, en pie dentro del vagón, tomaba notas con un lápiz. Llamó a Roubaud cuyo trato frecuentaba gustoso en los ratos de ocio, fumando cigarros y hablando con él a lo largo del andén.

—Señor Roubaud —ordenó—, suba usted. Necesito su ayuda.

Y cuando Roubaud saltó por encima del charco de sangre para no pisarlo, el comisario añadió:

—Mire usted debajo del otro almohadón a ver si también está manchado. Roubaud lo levantó y lo miró cuidadosamente.

—No hay nada —dijo.

Pero una mancha en la tela del respaldo le llamó la atención, y se la enseñó al comisario. ¿No parecía la señal de un dedo ensangrentado? No, acabaron por convenir en que era una salpicadura.

Todo el mundo se había acercado para asistir al examen, apiñándose detrás del jefe de la estación, al que una repugnancia de hombre refinado había detenido en el estribo.

De pronto se le ocurrió a Dabadie una reflexión:

—Diga usted, señor Roubaud —dijo—. ¿No estaba usted en el tren? Tal vez pueda decirnos algo.

—¡Es verdad! —exclamó el comisario—. ¿Notó usted algo?

Durante tres o cuatro segundos, Roubaud guardó silencio. En ese momento, estaba inclinado, examinando la alfombra. Pero se levantó casi en seguida y contestó con su voz natural, algo ronca:

—Seguramente, seguramente, señor... voy a decirle... Mi mujer se hallaba conmigo. Si lo que yo sé debe figurar en la información, preferiría que Severina bajara para refrescar mi memoria con la suya.

Esto le pareció muy razonable al señor Cauche, y Pecqueux, que acababa de llegar, se ofreció a ir a buscar a Severina. Se alejó a largas zancadas. Hubo un instante de expectación. Filomena, que había llegado con el fogonero, le seguía con la vista, irritada de que él se hubiera prestado a semejante comisión; pero viendo aparecer a la señora Lebleu, que llegaba con toda la ligereza que le permitían desplegar sus pobres piernas hinchadas, se precipitó a su encuentro, para ayudarla. Ambas mujeres levantaron las manos al cielo y prorrumpieron en exclamaciones apasionadas por tan abominable crimen. Aunque todavía no se sabía nada en absoluto, circulaban ya versiones y comentarios. En todos los rostros se pintaba una expresión de horror. Dominando el murmullo general, se oía la voz de Filomena que afirmaba, bajo palabra de honor, que la señora Roubaud había visto al asesino. Pero se produjo un profundo silencio cuando reapareció Pecqueux acompañado de Severina.

—¡Mírela usted! —murmuró la señora Lebleu—. ¿Quién creería que es la mujer de un jefe segundo al ver su aire de princesa? Esta mañana, muy temprano, ya estaba así, peinada y apretada como si fuera de visita.

Severina avanzaba con paso leve y firme. Había que recorrer un largo trecho de andén bajo las miradas de la muchedumbre, pero no flaqueaba; caminaba llevándose el pañuelo a los ojos para enjugarse las lágrimas que le arrancaba el profundo dolor que acababa de experimentar al oír el nombre de la víctima. Vestida con un traje de lana negro, muy elegante, parecía llevar luto por su protector. Sus abundantes cabellos oscuros relucían al sol, pues no se había tomado siquiera el tiempo necesario para cubrirse la cabeza, a pesar del frío. Sus azules ojos tan dulces, llenos de angustia y anegados en llanto, le daban un aspecto conmovedor.

—Razón tiene para llorar —dijo a media voz Filomena—. Ya están frescos ahora que les han matado a su buen Dios.

Cuando Severina se encontró allí, en medio de toda aquella gente congregada ante la portezuela del departamento, bajaron el señor Cauche y Roubaud, e inmediatamente, este último comenzó a decir lo que sabía.

—¿Verdad, querida mía, que ayer en cuanto llegamos a París, fuimos a ver al señor Grandmorin? —preguntó a Severina—. Serían las once y cuarto, ¿no es eso?

Y la miraba fijamente. Ella repitió con docilidad:

—Sí, las once y cuarto.

Pero sus ojos se detuvieron en el almohadón ennegrecido de sangre. Tuvo un espasmo, y profundos sollozos brotaron de su garganta. El jefe de estación, conmovido, se apresuró a intervenir.

—Señora —dijo—, si no puede soportar este espectáculo... Comprendemos perfectamente su dolor...

—¡Oh! No más que dos palabras —interrumpió el comisario—. Luego la haremos acompañar a su casa.

Roubaud se apresuró a proseguir.

—Después de hablar de diferentes asuntos, nos anunció el señor Grandmorin que iba a salir al día siguiente para ir a Doinville, a casa de su hermana... Aun me parece verle sentado en su escritorio. Yo estaba aquí, mi mujer ahí... ¿Verdad, querida, que nos dijo que iría a casa de su hermana al día siguiente?

Severina lo confirmó:

—Sí, sí, al día siguiente.

—Pero —objetó el señor Cauche—, ¿cómo al día siguiente? ¡Si se puso en camino aquella misma tarde!

—¡Aguarde usted! —replicó el jefe segundo—. Cuando supo que nosotros salíamos por la tarde, pensó tomar el mismo tren si mi mujer consentía en acompañarlo a Doinville y pasar un par de días en casa de su hermana, como ya lo había hecho varias veces. Pero mi mujer, que tenía muchos quehaceres aquí, rehusó... ¿Verdad que rehusaste?

—Sí, rehusé.

—Se mostró muy amable... Había intervenido en mis asuntos... Nos acompañó hasta la puerta de su despacho, ¿no es así?

—Sí, hasta la puerta.

—Por la tarde, nos marchamos... Antes de ocupar nuestra cabina, estuve hablando con el señor Vandorpe, el jefe de estación. No he visto nada en absoluto. Tuve un disgusto, porque creía que estábamos solos y luego noté que había una señora sentada en un rincón; para colmo, entraron dos personas más, un matrimonio... Hasta Rouen, tampoco vi nada en particular, no, nada... Por eso, al llegar a Rouen, donde nos bajamos para estirar un poco las piernas, ¡cuál fue nuestra sorpresa al ver, tres o cuatro coches más allá del nuestro, al señor Grandmorin, de pie, ante la portezuela del suyo!

“‘¡Cómo, señor presidente! ¿Ha salido usted finalmente?’ le dije. ‘No sospechábamos que íbamos con usted en el mismo tren’. Entonces nos dijo que había recibido un telegrama... Tocaron el silbato y nos fuimos corriendo a nuestra cabina, donde, entre paréntesis, no hallamos a nadie: todos nuestros compañeros de viaje se habían quedado en Rouen, lo cual, maldita la pena que nos causó. ¡Y esto es todo! ¿Verdad, querida?

—Sí, todo —confirmó Severina.

Este relato, por sencillo que fuera, impresionó enormemente al auditorio. En todos los rostros se pintaba el deseo de revelar el misterio. El comisario, dejando de escribir, expresó la sorpresa general al preguntar:

—¿Y está usted seguro de que no había nadie con el señor Grandmorin?

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