Alberto Chimal - Ligeros de equipaje

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El viaje, siendo desplazamiento, es lo que más cerca nos coloca de nosotros mismos, en un diálogo íntimo y refrescante donde nos preguntamos quiénes somos. Por su naturaleza de novedad y de situación fuera de la rutina, es tema recurrente en el cuento desde muchas tradiciones. El cuento incluso puede revelar que el viaje no necesita el traslado en el espacio. Ante el reto de viajar por miradas literarias diversas, convocamos a algunos escritores mexicanos a participar en esta reunión de cuentos sobre viaje. Y para nuestro halago y sorpresa hemos llenado el cupo del barco que ahora zarpa con estilos, propuestas, recorridos urbanos, náuticos, en trenes, por geografías locales y extranjeras, para azuzar nuevas preguntas y curiosidades. Mudar de escenarios, mudarse para continuar o para detenerse, para comenzar, para saber o para huir, estos quince cuentos nos señalan la vida que se mueve y lleva en su cresta azarosos encuentros, peculiares descubrimientos. Suba a estas historias, comenzamos el viaje, pero venga ligero de equipaje, cuando incursione por estas páginas irá llenando su maleta. Bienvenido a bordo. «Echó un vistazo a la tira de estaciones y contó las que aún tenía por delante. Al hacerlo, descubrió en el cristal de la ventana los ojos del hombre que estaba a su lado. La miraba expectante, como si supiera que en cualquier momento ella se levantaría, alejándose, huyendo de él.» Ana Clavel «Una idea me tomó desprevenida: ¿y si los misterios del viaje no hubieran existido más que en la ilusión de los que han relatado sus viajes?» Rosa Beltrán

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Sin ella no hubiera regresado

Edmée Pardo

Edmée Pardo(Ciudad de México,1965) es escritora, lectora, maestra de talleres de lectura comentada, de escritura y de creatividad; promotora de la lectura como herramienta de sanación, creadora de Leer para Sanar, conferencista y voluntaria.

Es autora de: Leer para sanar (2017), Encender el mundo (2017), Los días de Lía (2017), La abuela durmiente (2015), Oasis (2015), El misterioso caso de las llaves (2015), Las grandes ligas (2015), Las tres reglas que cambiaron todo (2014), Ese monstruo tiene mi cara (2014), El brasier de mamá (2013), Letras para sanar (2012), Enfermedad se escribe con C (2009), la colección de relatos Las plegarias de mi boca (2005), Escribir cuento y novela: Caja de herramientas y cuaderno de trabajo (2005), Leer cuento y novela, guía para leer narrativa y dejar que los libros nos hagan felices (2004), Flor de un solo día, cuento, Minimalia erótica (2002), Rondas de Cama y La madera de las cosas, invención varia y relatos (Cal y arena, 1999).

Ha escrito las novelas La voz azul (2015), El sueño de los gatos (1998), Morir de amor (2002) y El primo Javier (1996).

O sin él.

Cuando vi el mapa en la pantalla de la computadora supe que ese viaje sólo podía ser con ellos, para regalarles el agotamiento de los pasos y la visión amplia desde los senderos. Un hallazgo recién descubierto que me enfebreció tanto como el que imagino he de haber sentido cuando aprendí a erguirme y caminar. Cuarenta años después, un pie tras otro, sólo quería ver montañas, hablar de montañas, caminar por las montañas: andar por las alturas del mundo con ellos, vivir esa anchura con ellos, para que conocieran cómo se mira desde arriba.

A ambos los puso mi hermana en mis brazos con tres años de diferencia, rojizos y diminutos, cuando se convirtió en para siempre otra. Los recibí con el pulso acelerado de la que fui a partir de ese primer instante. Las fotografías que tengo en mi mente no son imágenes estáticas sino emociones que tienen la forma de un recuerdo. Como el del teléfono de lata con el que nos comunicábamos de un lado al otro de la casa, la voz queda sobre el hilo que de tan estirado las palabras caminaban como equilibristas de un oído al otro. O la visita al panteón cercano donde nos entretuvimos en las esculturas y el silencio, hasta que sus ojos se engrandecieron frente a las tumbas del tamaño de sus cuerpos y el paseo se convirtió en alerta porque comprendimos que no a todos les es dado el privilegio de los años y la vida. Hicimos máscaras, velas y perfumes. Jugamos al restaurante, al teatro y en las albercas. Fuimos al circo, al cine. Leímos historias y nos inventamos otras, nos metimos al mar, fuimos de pesca, jugamos cartas y cantamos en las carreteras. Fueron cachorros que se desarrollaron fuertes a la sombra de una ausencia, con tropiezos y cicatrices visibles. Son orquídeas exóticas que se elevaron con las raíces al aire y encontraron su belleza con el tiempo. No los vi crecer. Crecí con ellos. No los vi cambiar. Me transformé con ellos.

Miente quien dice que lo mejor del viaje está en los preliminares. Es cierto que en los ascensos de preparación se cultivó el anhelo de la altura y usamos palabras recién aprendidas que nos ampliaron los labios. No es que fuera yo experta, pero quería cuidarlos con mis descubrimientos: cómo sujetar los bastones, vestirse y desvestirse por capas, tomar agua y comer sin sed y sin hambre, calzar las gafas solares, encontrar el paso, su propio paso, para subir y bajar. Practicamos varias veces y empezamos a tejer otro lazo entre nosotros. Hubo agotamiento en los amaneceres cobrizos desde la cumbre, los ojos brillantes de dicha y sol. Un gozo iba creciendo en las articulaciones del cuerpo y nos hacía más amplios al regresar cada cual a su casa, un poco más enamorados de la montaña, de nuestras posibilidades en la montaña.

Una noche, de regreso de una larga caminata, me despertó el miedo con su forma de ogro que gusta ahuyentar la alegría. Lo conozco desde niña. Un miedo que susurra al ritmo del oleaje de la mente y que un tiempo confundí con premonición, luego con intuición, para comprender, en el sofá de un psiquiatra, que ese monstruo se llama sabotaje y que crece cuando me falta espacio para contener el deleite. Lo ahogué bajo la almohada pero siguió despertándome en los días ansiosos de los preparativos: cuando comprábamos chamarras y botas para el frío, cuando leíamos historias de los primeros exploradores. Le grité: aléjate que aquí no cabes. Sólo bajó el tono de su voz.

Preparé un botiquín de primeros auxilios ayudada por un doctor. Empaqué toda clase de recursos naturales para los incidentes: aceites, imanes, pomadas, vendas. Guardamos un libro de plegarias cada cual en la mochila que tardamos días en hacer y deshacer, calculando el tamaño y el peso. Finalmente volamos a Katmandú y nos reunimos frente a una taza de té masala con nuestro grupo de expedicionarios guiados por el más experto montañista. Lo nuestro sólo era caminata, en ningún momento se exigirían recursos técnicos como crampones, cuerdas o piolet. Además contratamos un servicio de porteadores que nos ayudaría con el bulto pesado de la bolsa de dormir y los afeites para la noche. Sólo había que cargar la mochila con las cosas del día: capas de ropa en chamarras de diferentes materiales, agua, comida de marcha, gorra, guantes, lentes, protector solar. Lo único que teníamos que hacer era caminar: lento y hacia arriba, a un paso constante; aclimatarnos y cuidarnos del aire.

Antes de volar a Lukla, ella me dijo:

—¿Nos pintamos las manos, tía?

Cuando era niña, y yo había vuelto de un viaje a India, llevé henna y plantillas para decorarnos las manos a la usanza hindú. Era tanto nuestro placer y constancia que hube de comprarle unos guantes blancos para cubrir los dibujos el día de su primera comunión bajo el reproche de mi hermana que sabía que a veces jugábamos de más. Hicimos una cita en el salón de belleza. Con paciencia y asombro vimos aparecer aquel pasado y ese presente tan vivo. Cuando vi las mujeres que hoy somos, con las manos abigarradas de figuras en trazos café, comprendí que este viaje sería jugar a eso que hacíamos tantos años antes.

El día que llegamos a Lukla fue, y seguirá siendo por muchos años, uno de los más plenos de toda mi existencia. Palpitaba la ansiedad del inicio del ascenso al campamento base del Everest. Hacía frío bajo un aire límpido y visible, tan líquido que tenía sabor el trago que respirábamos. No había motores ni luz eléctrica, no es que hubiera silencio pero eso que sonaba era la montaña y su grandeza con diminutas tribus de caminantes que queríamos pisar la tierra, esa tierra.

Antes de emprender el camino, le regalé a él una rueda de oración que se gira con el movimiento del brazo, en honor a una película que sucedía en Tíbet a la que los invité de niños. De lo único que se acordaba, ya adulto, era de los rezos del campesino que llevaba al yak de un risco a otro. Me reía ante sus recuerdos sin hilo, pero sobre todo ante mi ocurrencia de llevar a dos niños al cine de arte. Mi esperanza era que, al cruzarnos con un yak, sacara su rueda de oraciones y diéramos vida a una de las escenas de nuestra memoria.

Desde el día uno supimos que sería el mejor viaje de nuestras vidas. Lo anunciaron las banderas blancas y verticales que ondeaban oraciones. El aire las hacía rezar en el golpe de la tela contra el viento, y así las plegarias bendecían la montaña. Lo supimos en los puentes colgantes con aguas de azul tan claro que parecían blancas, en el verdor de la floresta, en los bombones amarillos que crecían como barda alrededor del refugio donde pasaríamos la noche. Era la primera vez de los tres en esos parajes y no sabíamos cómo ni qué contar al otro. Estábamos desorientados ante la belleza, pero con estar juntos retomábamos el norte.

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