–Estoy complicada –continuó. Complicada: enmarañada, de difícil comprensión –. ¿Puedes quedarte?
–Sí, por supuesto. No sé cuál sea el inconveniente –remarcó haciendo notar, sin decirlo, que intuía que la palabra minimizaba algo serio–, pero si puedo ayudarte, cuenta conmigo. Si es necesario me quedaré toda la noche.
Lágrimas mudas continuaban cayendo por el rostro de Emilia. Internamente agradeció la presencia de Adrián Heredia en su trabajo, en su vida. Él siempre estaba para ella. Si bien no se contaban intimidades, solían mantener conversaciones muy profundas. Hablaban en general de la vida, de los valores y de los acuerdos con la felicidad. Sin embargo, discrepaban en los planes y el tiempo. Mientras Emilia tenía su vida entera proyectada milimétricamente, Adrián había soltado todas las estructuras sin dejar de ser responsable de sí mismo y de sus acciones. Parecía que sabía vivir, disfrutar, estar para los suyos igual que para el mundo entero. Porque sabía mirar a su alrededor y, entonces, podía ver y apreciar lo que el destino ponía delante de sus ojos.
–¿Qué haría sin ti? –dijo todavía inmersa en sus pensamientos.
–Supongo que si abandonas la idea de planearlo todo, podrías hacer lo que quieras aunque yo no esté –dijo Adrián con cierto humor–. Pero considerando que no eres capaz de soltar el control de nada, es mejor que cuentes conmigo –concluyó.
Sus palabras cariñosas y esa cercanía respetuosa, la hicieron olvidar, por el tiempo que duró la charla, del desastre que era su vida.
–Quizá tengas razón –respondió por primera vez. Adrián sonrió, sorprendido.
–¡No puedo creerlo! Toda una posibilidad que por fin consideres darme la razón.
–Ya conversaremos. No sé a qué hora voy. Luego te llamo.
–Bien. Cuídate –se despidió.
Adrián se quedó anclado en esas últimas palabras por unos instantes. Algo sucedía.
–Disculpe –una pasajera interrumpió sus pensamientos, ¿puedo merendar aquí? –preguntó refiriéndose a la maravillosa sala de estar en la que se ubicaba la recepción.
–En verdad, aquí no. Preservamos este espacio para lectura con música acorde y cuidamos el aroma cuidadosamente en beneficio de los sentidos de los pasajeros. Pero, si gusta, puedo acompañarla al lugar donde funciona la confitería y estará muy bien allí.
–Me gusta aquí –reiteró.
–Deme la oportunidad de mostrarle el lugar adecuado y verá que prefiere quedarse ahí –insistió Adrián con su encantadora sonrisa.
–Bien. Es usted muy persuasivo –agregó la pasajera que debía tener unos ochenta años de caprichos acumulados, además de mucho dinero con el cual comprarlos.
Llegaron al espacio. Sonaba la tradicional música japonesa hogaku. El aroma del ambiente era perfecto, así como las mesas y las sillas con apoyabrazos. Una empleada se acercó a ellos.
–Por favor, Akira, ubica a la señora en nuestro mejor lugar, con vista al jardín –indicó Adrián–. Si está de acuerdo, claro –agregó mirando a la huésped.
La mujer, maravillada con la vista del extraordinario jardín estilo japonés que había diseñado un paisajista, no pudo disimular la sonrisa de aprobación que se dibujó en su rostro.
–Sí, estoy de acuerdo. Creo que, tal vez, usted tenga razón y este sea mejor sitio.
–Tal vez, señora Márquez. Solo tal vez –sonrió–. Ya me lo dirá usted después, si lo desea.
Adrián se retiró, satisfecho. Siempre lograba el mejor resultado de una manera conciliadora. Volvió a la recepción. El rostro de Emilia regresaba una y otra vez a su mente. ¿Qué estaba sucediendo? Pensó en volver a llamarla, pero lo consideró invasivo.
Dos horas después, Emilia, con lentes oscuros, entró al hotel y le indicó al empleado de la recepción que le facilitara las llaves de alguna habitación que estuviera desocupada; dormiría allí esa noche. Adrián se acercó y al mirarla comprendió que ella no estaba bien y que pretendía ocultar su angustia detrás de las gafas. Así, como leyendo su alma, le habló con ternura.
–Te cuento que me quedaré en el hotel toda la noche y no tengo intenciones de dormir; si necesitas hablar, estaré cerca –le dijo. No preguntó. No hacían falta detalles o explicaciones para percibir la gravedad de un problema que, evidentemente, había aniquilado la expresión y había alterado la exacta rutina de Emilia.
–Gracias –solo eso pudo decir. Quería encerrarse a llorar.
Entró a la habitación, cerró las cortinas y se apoyó sobre la pared de la ventana principal. Lentamente fue dejándose caer hasta desplomarse sobre el piso. Abrazada a sus rodillas liberó su agobiante angustia. En ese instante sintió que lo mejor sería morir. Pensó cómo escapar de la vida. Lo imaginó de mil modos posibles, como si, por decisión, su corazón pudiera dejar de latir, y en esa simpleza lograra terminar con el tormento que implicaba la impotencia. Coqueteó con la muerte desde las súplicas, la llamó en sollozos, la invitó a venir por ella, aunque en verdad lo que quería era matar su dolor y no dejar de vivir. Aceptar lo que ocurría no parecía una opción posible.
Había llegado al Mushotoku como alguien que está separada de su peor preocupación latente. De la peor pesadilla que suponía no poder hacer nada para evitar lo que estaba ocurriendo.
Sin darse cuenta, pretendía que la noche, el insomnio y el dolor tremendo de su alma no estuvieran allí, pero estaban. Los sentimientos gritaban sus silencios a la nada.
–Soy yo. ¿Puedo pasar? –dijo Adrián golpeando con suavidad la puerta.
Ella no respondió. Él volvió a golpear.
Emilia lo dejó entrar. Al ver sus ojos hinchados de llorar y la tristeza que había en su rostro, Adrián la abrazó. No preguntó nada. Solo la dejó llorar sobre su hombro largo rato, y cuando sintió que había alivianado un poco su angustia, le preparó un té con el set que había en cada dormitorio.
–Emilia, no sé qué sucede, pero el corazón manda, el nuestro y el de los otros, y es siempre fiel a lo que lleva dentro, el resto es solo cuestión de circunstancias. A veces, duele ver lo que no supimos mirar antes.
Ella seguía llorando. Él se sentó en el piso, a su lado, y la abrazó en silencio hasta que se durmió sobre su pecho. La tomó en brazos, la acostó sobre la cama y se sentó a su lado. Así los descubrió el amanecer.
Seguía lloviendo.
El secreto del cambio es enfocar toda tu energía no en luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo.
Frase atribuida a Sócrates,
Grecia, 470 a.C.-399 a.C.
BUENOS AIRES
María Paz se había quedado dormida junto a su hija bajo la luz de las estrellas de la habitación pensando en aquel cielo que la había cubierto ocho años antes en Johannesburgo. Su historia la definía. Amaba la naturaleza, los animales y ser libre. Desde pequeña había soñado con recorrer el mundo. Así, desde muy joven dedicaba todos sus ahorros para viajar a lugares exóticos. No llamaban su atención los destinos tradicionales, la atraía el magnetismo de los sitios que gritan una realidad diferente, lugares que guardan sus misterios y parte de su historia como un tesoro individual, que se ofrecen a ser conocidos pero no vulnerables.
Fue en una escala en el aeropuerto de Johannesburgo, durante un viaje con destino final en Singapur, cuando encontró el lugar que necesitaba su alma. Lo supo de inmediato. Cuando la primera impresión es tan intensa, no deja opciones para cambio alguno de opinión, y transforma los deseos en certezas.
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