Juan Pablo Bertazza - Alto en el cielo

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En esta novela, precuela de Síndrome Praga, Katka Fůrstová llega a la capital argentina, para localizar un gran emblema de la cultura praguense que, en pleno ascenso nazi, traficó un grupo de iniciados en el misticismo judío.
La misión que, de a poco, la lleva hacia uno de los rincones más céntricos y, a la vez, secretos de Buenos Aires muta y tambalea casi tanto como su ánimo, a medida que va absorbiendo los extraños códigos de la vida porteña.
Reveladora, poética y divertida, esta lúcida precuela de Síndrome Praga hace convivir el Barolo y el Palacio de Aguas Corrientes con parrillas de barrio, novelas góticas de Gustav Meyrink y la popular euforia de Natalia Oreiro.
Con su inusual extranjería, Alto en el cielo logra una de las metas de toda novela: el poder de resignificar, tanto la trama de su novela anterior, como los lazos culturales con Europa Central, la condición de Buenos Aires como inagotable metrópolis literaria y, además, esa extraña resistencia ―que, en esta historia, encarnan los artistas apartados―, hecha de ironía y talento, siempre ocupada en digerir tantos años de cíclicas repeticiones como las que, según la leyenda, marcan el regreso del Golem.

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–Estoy abriendo las puertas del Paraíso, bienvenidos...

A medida que iban llegando, los integrantes de la comitiva disfrutaban del paisaje de la Avenida de Mayo al que coronaba el edificio del Congreso.

–Bienvenidos al Paraíso, qué pena la niebla que hay... Ahora les voy a contar la otra sorpresa que tenemos, además del vino: no podemos ver el faro del Barolo sin acordarnos del palacio Salvo en Montevideo, un hermano gemelo construido en 1928 por el mismo arquitecto. La idea de Palanti era que la luz de los dos faros se encontrase en medio del Río de la Plata, qué romántico, ¿no? Pero como un buen tango, que es la música por excelencia del Río de la Plata y que seguramente ya van a disfrutar, eso nunca pasó. Algunos dicen que, como la Tierra es redonda, resulta imposible que se encuentren las luces. Pero, al parecer, el faro del Palacio Salvo fue robado y el nuestro quedó inhabilitado por mucho tiempo hasta que lo restauraron en el año 2010, con motivo del Bicentenario de la Revolución de Mayo. Desde entonces, se lo enciende todas las noches como... ¡ahora! Bueno, por favor cierren los ojos, ¿están listos? Uno, dos, tres. Por las dudas traten de mantener los ojos cerrados. Yo vivo en Parque Lezama, no sé si conocen, y les aseguro que la luz llega hasta mi casa.

Apenas Silvana terminó de hablar se oyó un ruido de motor muy fuerte y discontinuo, como una cafetera descomunal o una máquina de imprenta y, justo en el momento en que Katka cerraba los ojos, sintió que alguien la agarraba del hombro, le decía una palabra que no lograba distinguir bien y la llevaba hacia otro lugar. Abrió los ojos y vio al nefasto tipo de la cicatriz y el pelo cortado en forma de cepillo que la había ido a buscar al aeropuerto, un checo de familia rusa que se hacía llamar Vladimír Ulman. No tenía ni idea de dónde había salido y cada vez le generaba más desprecio. No sólo le esquivó la mirada, sino que lo empujó para dejarle en claro que ella no se iba a dejar tocar, pero él ni se inmutó. Repitió la palabra “erizo” y Katka volvió a pensar que, por alguna razón, en buena parte del mundo, las mayores expresiones de estupidez suelen provenir de los servicios de inteligencia.

En uno de los balcones, lo que se suponía que iba a ser el anuncio de algunos detalles de su misión terminó transformándose en una absurda clase de historia: si bien ya lo venían ocultando en distintos cementerios y domicilios muy difíciles de localizar, algún tiempo después de que Hitler ganara las elecciones en Alemania, un grupo de judíos había decidido esconder muy bien al Golem para evitar que los nazis lo utilizaran a su favor.

A pesar de que ese tipo tan desagradable que olía a colonia infantil estaba muy cerca de ella, Katka tenía que hacer un esfuerzo enorme para escucharlo por encima del ruido del faro. Adentro, Silvana decía que eso era para ella una experiencia mística. Les recomendó que disfrutaran la belleza de la Avenida de Mayo y la cúpula verde del Congreso de la Nación, aunque hoy, por culpa de la niebla, apenas pudiera verse. Y les pidió que se detuvieran en ese pequeño punto que se veía cerca del Congreso, sí, una estatua. Pero no una estatua más sino una escultura realizada por Rodin.

Aunque hasta ese momento no le había dicho nada que no supiera antes de viajar a Buenos Aires, Vladimír Ulman le aclaró a Katka que, por ahora, no estaba autorizado a dar más precisiones y, como si estuviera hablando de otro tema, agregó que ese delirio de que los restos del Golem permanecen en el altillo de la sinagoga del barrio judío no es ningún delirio, pero, obviamente, empezó a difundirse una vez que lo sacaron de ahí.

–Hace décadas que estamos tratando de rastrear dónde y cómo lo llevaron. Tenemos aún varias pistas por seguir y gracias a algunas de las características que usted demostró, por ejemplo, en la cumbre de Berlín, entendemos que puede ayudarnos. Hay grandes posibilidades de que el Golem permanezca oculto en algún lugar de Buenos Aires, aunque al mismo tiempo no existe ningún registro de que lo hayan sacado de Praga. Es por eso que la convocamos. Por ahora, sólo le voy a pedir que investigue en torno a un nombre: Josef Pfitzner.

–¿Ustedes saben quién es ese pensador? ¿Se imaginan qué puede estar haciendo ahí, entre el Congreso de la Nación y el Palacio Barolo? –preguntó Silvana y el silencio volvió a surgir como una consecuencia extraña pero natural de haber estado con los ojos cerrados–. Es Dante Alighieri, esa estatua que ven ahí representa a Dante porque cuando Rodin hizo El pensador estaba trabajando una escultura, Las puertas del infierno, y Dante aparecía mirando con ese rostro tan abstraído que los críticos de arte explican al decir que piensa con cada músculo de su ser. Dante miraba el Infierno.

Katka le respondió que no precisaba investigar eso, que sabía muy bien quién era. Un nazi ejecutado de manera pública en Praga por haber estafado a la ciudad. El checo hizo un sonido como de autómata que no se entendía bien si afirmaba o negaba.

–Eso es precisamente lo que se conoce de él, pero lo que usted tiene que investigar es el origen de todas nuestras sospechas: un presunto viaje que hizo a Latinoamérica y, concretamente, a la Argentina a fines de la década del treinta, persiguiendo a Jan Kefer que, supongo, también sabe quién es.

–Interesante –dijo el embajador.

–Lo bueno de todo esto es que siempre queda algo por descubrir... siempre –aseguró con cierta emoción Silvana–. Yo trabajo también en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires y hay tantas cosas que se van descubriendo, tengan en cuenta que esta ciudad tiene estilos arquitectónicos que no existen más en Europa a causa de las guerras. Bueno, chicos, ahora sí tenemos que bajar. Vamos a hacerlo despacio, un pasito por vez, para que nadie se lastime.

Cinco

I

En uno de los interiores art déco más impactantes de la Primera República, en plena Mariánské náměstí, el vicealcalde de Praga empezaba a devorar su opíparo desayuno en el centro exacto del gran hall de recepción cuando el insistente llamado de uno de sus más fieles colaboradores lo despertó de golpe.

La mezcla de luz natural que entraba por los ventanales y la de las tres enormes arañas que colgaban sobre la mesa se reflejaban sobre dos símbolos de la ciudad tallados en piedra.

–Señor, tal como me temía, hemos confirmado que el astrólogo y sus colaboradores lograron llegar al sur del mundo, aunque aún no se entiende cómo hicieron para salir del país sin registrarse.

Josef Pfitzner lo miró como si su lacayo acabara de salir de un mal sueño, esperando quizás que se disolviera en el aire majestuoso del salón pero, como eso no sucedía, le señaló su desayuno que recién acababa de empezar y le ordenó entrevistarlo al menos una hora más tarde en el jardín de invierno.

El colaborador acató la orden con un resto de rebeldía desbordante de fidelidad y se dirigió a su despacho para preparar el informe con el propósito de hacer notar al vicealcalde lo preocupante de la situación.

Una hora y media después, en el patio, con la música del piano de fondo y la vista en las fuentes de agua, lo único que le preguntó Pfitzner a su colaborador fue si se lo habían llevado, casi sin ninguna curiosidad, como si no temiera una respuesta y sólo esperase una confirmación antes de decidir.

–Todo hace suponer que sí, él y su equipo lo deben estar escondiendo en el sur, aunque nadie puede explicarse cómo, dado que casi no llevan equipaje. Es un verdadero misterio, yo le dije que había que secuestrarlo cuanto antes y tentarlo al astrólogo para que se uniera a nosotros.

Josef Pfitzner sonrió como si estuviera a punto de dormirse en un plácido lecho con sábanas de algodón egipcio. Inmediatamente golpeó con suma potencia el costado de la silla de cedro en la que estaba sentado. El golpe retumbó en todo el jardín de invierno y enseguida le gritó a su colaborador que se guardara sus consejos.

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