Juan Pablo Bertazza - Alto en el cielo

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En esta novela, precuela de Síndrome Praga, Katka Fůrstová llega a la capital argentina, para localizar un gran emblema de la cultura praguense que, en pleno ascenso nazi, traficó un grupo de iniciados en el misticismo judío.
La misión que, de a poco, la lleva hacia uno de los rincones más céntricos y, a la vez, secretos de Buenos Aires muta y tambalea casi tanto como su ánimo, a medida que va absorbiendo los extraños códigos de la vida porteña.
Reveladora, poética y divertida, esta lúcida precuela de Síndrome Praga hace convivir el Barolo y el Palacio de Aguas Corrientes con parrillas de barrio, novelas góticas de Gustav Meyrink y la popular euforia de Natalia Oreiro.
Con su inusual extranjería, Alto en el cielo logra una de las metas de toda novela: el poder de resignificar, tanto la trama de su novela anterior, como los lazos culturales con Europa Central, la condición de Buenos Aires como inagotable metrópolis literaria y, además, esa extraña resistencia ―que, en esta historia, encarnan los artistas apartados―, hecha de ironía y talento, siempre ocupada en digerir tantos años de cíclicas repeticiones como las que, según la leyenda, marcan el regreso del Golem.

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En algún lugar del trayecto que hizo caminando vio una frase pintada en la pared que le llamó la atención, pero no lo suficiente para detenerse y demorar aún más su poco saludable cena. Alcanzó a identificar, al menos, una palabra al voleo: “algo”.

Aunque tuvo que esperar más de lo que hubiera querido en la fila hasta acceder a la caja en la que atendía una chica de frondoso pelo negro trenzado y bastante acné, al principio todo parecía funcionar: combo, hamburguesa, kétchup, mayonesa, gaseosa dietética. Hasta que algo en apariencia básico generó un enorme conflicto y, justamente por parecerle tan elemental, casi la derrumba:

–Ah, y patatas.

–¿Qué?

–Con patatas.

–¿Batatas?

–Hm, no, patatas.

–¿Patatas?

–Sí.

–Papas, papas, no patatas.

Por supuesto, mientras con la mirada perdida se zampaba una argamasa de intento de carne, coca y condimentos, consultando con la mano aún grasienta el celular confirmó que la cajera tenía razón; pero, aun así, le pareció incon-cebible que ni la empleada que la había atendido ni los demás clientes pudieran interpretar inmediatamente una palabra no sólo tan parecida sino que además se usaba nada menos que en la madre patria, que para los argentinos debería ser un verdadero faro en el uso del idioma.

También en el aspecto más cotidiano notó muchas diferencias con Praga. Y esas diferencias que, otra vez, estaban vinculadas con distintas emociones podían resumirse en aparentes detalles que, sin embargo, desembocaban en cuestiones profundas. Por ejemplo, el hecho de que absolutamente todos los edificios de Buenos Aires tuvieran timbres con el número correspondiente a cada piso y la letra de cada departamento cuando en Praga solía incluirse en el tablero el apellido de los propietarios o inquilinos.

Esa diferencia, se dio cuenta enseguida Katka, tenía que ver con la inseguridad: en Buenos Aires resultaba peligroso dar una información tan básica como el nombre.

Otro detalle que la sorprendió fue que el contrato con la empresa de internet no tuviera una duración preestablecida; y, de la misma forma, el módem no lo vendía la compañía, sino que lo daba en consignación hasta que se terminara el servicio.

Pero lo que más le llamó la atención fue la dificultad para encontrar a un empleado que supiera hablar inglés, hasta que, en un negocio del centro, dio con un agente que al menos entendía y sabía hacerse entender.

De esos trámites en general solía encargarse la embajada, pero ella, otra vez, prefirió hacerlo sola. Si bien algunos la trataban de paranoica, Katka sabía muy bien que un pequeño descuido podía ponerla en riesgo. Incluso había empezado a moverse con relativa facilidad sola y, ya desde el principio, la cautivó el subte porteño: un espanto, un infierno que mezclaba los ruidos más atroces con olores nauseabundos y, para colmo, casi sin excepción había sufrido contratiempos: demoras y servicio limitado entre estaciones que no tenían demasiada explicación, más el desborde de las horas pico que, a diferencia de otras ciudades, sucedía casi siempre.

Katka tenía la fantasía de que bajo la tierra de Buenos Aires (qué extraña sonaba esa frase) uno podía llegar a experimentar todo el malhumor del mundo.

Apenas subió las escaleras mecánicas vio por primera vez ese artefacto alto pero no tanto, feo pero no horrible, extraño pero, a la vez, corriente del que había oído decir que era el monumento más emblemático de la Ciudad de Buenos Aires. El calor no cedía terreno y justo cuando Katka intentaba sacarse lo más rápido posible un pulóver fino vio cómo un grupo de turistas, seguramente brasileños, fotografiaban casi con desesperación ese lugar insulso.

Al volver a su tres ambientes de Puente Pacífico, Katka aterrizó en el sillón rojo de tela del living con el celular en la mano. Como si tuviera una premonición se dio vuelta y se puso a ver con detenimiento el cuadro que había en la pared: un dibujo de un hombre con los brazos cruzados, al que se le llegaban a ver las rodillas. Los colores y el diseño le hicieron pensar a Katka en una estética indígena, tal vez vinculada con el norte del país. Sin embargo, enseguida vio que la forma cuadrada de la cabeza y, sobre todo, ese peinado estilo carré con el que se lo había representado en el cine y también en un capítulo de Los Simpson se parecía mucho a él. Se puso a leer los mensajes pendientes. A pesar de que ya hacía casi tres meses que había llegado, los de la embajada checa le preguntaban con delicadeza cuándo tenía pensado acercarse al edificio ubicado en el barrio de Recoleta para conocer al personal.

Desde Praga, por otro lado, empezaban a mandar las primeras instrucciones. Pero, como bajo ningún punto de vista esa información podía circular, la obligaban a encontrarse con un enviado de los servicios a las siete de la tarde del día siguiente en un lugar cuyo nombre le sonaba tan raro como gracioso, una especie de contradicción en sí misma: el Palacio Barolo.

Con la excusa de un tour para presentar a la nueva delegación de la embajada checa, en determinado momento sería apartada para recibir algunas precisiones sobre la misión.

La contraseña que iba a escuchar en castellano y, a la vez, funcionaría como alarma era “erizo”, una palabra que no conocía, pero tampoco tuvo ganas de buscar en el diccionario.

IV

En la esquina de su casa, en una de las paredes de la estación de tren, vio una frase pintada que le llamó la atención. Mientras seguía caminando se dio cuenta de que era la misma que había visto aquella primera noche del episodio de las patatas. Como no quería demorarse mucho volviendo sobre sus pasos, trató de memorizar una de las últimas palabras de la frase, que era “aprender”, ya tendría tiempo de decodificar el resto.

La convocatoria o la reunión, no sabía bien cómo decirlo, iba a ser a las 19:30 y, como aún no calculaba demasiado bien los horarios, salió con una hora de anticipación. Tenía que tomar otra vez la línea verde de subte (por alguna razón identificaba más rápido los colores que las letras) y bajarse en la estación Pueyrredón. De ahí combinar con la amarilla y, por último, con la celeste para terminar bajándose en Sáenz Peña.

Todo venía saliendo más o menos bien y, cuando llegó a la estación Pueyrredón, se quedó mirando un mural sobre la Ciudad de Buenos Aires: teatros porteños, colectivos llenos, taxis vacíos, cartoneros, pizzerías, chicos jugando a la pelota, puentes, bailarines de tango, oficios típicos, situaciones cotidianas y hasta alguna que otra estatua se confundían, en esa especie de collage urbano, con las grietas y manchas de humedad que empezaban a devorarse, poco a poco, la obra.

Katka contemplaba el mural mientras eludía a la multitud que atravesaba el pasillo. A pesar del ruido, la curva del techo que la obligaba a tirar hacia atrás la cabeza y el olor desagradable de siempre, algo la impulsaba a seguir mirando.

No obstante, un principio de mareo en combinación con una sensación de frío en la espalda hizo que Katka decidiera terminar su paseo frente a la representación del Obelisco: una figura desganada con un escudo en su base y la punta marchitándose hacia la altura del techo. No pudo dejar de preguntarse, otra vez, cómo algo tan insulso había llegado a convertirse en un emblema de la ciudad.

Cuando finalmente subió las escaleras del subte tuvo una sensación agradable al mirar la Avenida de Mayo en dirección al río: árboles, edificios señoriales y veredas un poco más anchas de lo habitual. Katka recordaba haber visto esa avenida el día que contrató internet, pero no con tanto detenimiento como ahora. Por un segundo, se le cruzó la idea de que algo de todo eso le hacía acordar a la Plaza Wenceslao, pero enseguida recordó el desprecio que le generaban quienes necesitan comparar todo el tiempo un lugar nuevo con el que ya conocen.

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