Marina Garone Gravier - Libros e imprenta en México en el siglo XVI

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Libros e imprenta en México en el siglo XVI: краткое содержание, описание и аннотация

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Poco después de la caída de Tenochtitlan y la fundación de la ciudad de México, llegó al Nuevo Mundo una herramienta que resultaría esencial para la conquista espiritual, el control político y la organización de nuevo orden social: la imprenta de tipos móviles. En las primeras décadas
de la colonia, el libro impreso fue atrio de adoctrinamiento, arena de lucha, joya preciosa de las autoridades y gobernantes, terreno de disputa económica y legal de los pueblos y las naciones originarias, morada de la memoria de personas y grupos, oasis de paz y regocijo.
Este volumen explora cómo se implantaron en el virreinato los talleres tipográficos, quiénes fueron sus más afamados operarios, qué clase de obras se imprimieron aquí o se importaron de Europa, dónde están hoy los ejemplares de esa accidentada historia —en la que confluyen
la innovación tecnológica, la audacia comercial, el deseo de imponer una religión y aprender muchas lenguas—. El libro fue un escenario de gestas que aún hoy resuenan y por ello merecen ser estudiadas, contadas y divulgadas.

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A la relación de formas materiales y visuales de los libros que se mencionan en la cita anterior le siguieron muchas más que, con mayor o menor profundidad, describían el funcionamiento, el aspecto y los usos de los códices prehispánicos. Los cronistas señalaron la gran longitud que alcanzaban algunos de estos libros, que se plegaban con dobleces que los hacían ver cuadrados y que se protegían con tapas de madera, pero también los había en forma de rollos, según lo menciona Francisco Cervantes de Salazar en la Crónica de la Nueva España. Nótese que las hojas se pegaban entre sí con un “betún” para ser escritas por ambas caras, que el texto se distribuía en columnas y que las páginas se miraban de a dos a la vez. Las reseñas coinciden en que se hacían de la corteza de una planta parecida a la higuera y en que el papel resultante se parecía al de estraza, aunque también había libros escritos sobre pieles de venado.

Posiblemente, para los ojos de los europeos, las ma­yores sorpresas fueron las que despertaron los sis­­­te­mas de notación de América. Los cronistas los com­pararon con las formas egipcias; decían que los caracteres eran de mayor tamaño que los del alfabeto latino, y que representaban figuras simplifi­cadas de animales, plantas y elementos de paisajes, sig­nos que acomodaban en líneas con diferentes direcciones u orientaciones de lectura. Los europeos reconocieron que estos libros eran de diversos géneros, pues en ellos se registraban historias de gobernantes y pueblos, leyes, ceremonias, rituales, cóm­putos del tiempo, observaciones astronómicas, tributos y pagos. Pero también identificaron que los libros eran usados sólo por algunas personas: los sacerdotes y sus hijos, algunos gobernantes y sus herederos, y que a veces acompañaban el ajuar funerario de los grupos de poder.

Aunque esos libros antiguos llamaron podero­samente la atención de los conquistadores, tras el contacto entre Europa y América se inició una trans­formación radical en los registros del pasado indígena. La comunicación escrita, la memoria histórica y la transmisión del conocimiento de los pueblos del Nuevo Mundo se alteraron con la adopción del alfabeto latino para la notación de las lenguas nativas, hecho que cristalizó con el posterior arribo de la imprenta tipográfica. El progresivo e irreversible uso en América de las tecnologías de la palabra que eran habituales en la Europa moderna conllevó una serie de modificaciones estructurales y simbólicas de las historias y las lenguas americanas que pueden rastrearse en los escritos y los impresos que se produjeron en esa época; quizá por todo ello aún hoy despiertan nuestra curiosidad y el deseo de saber cómo se escribieron, publicaron, ilustraron y leyeron esos libros del periodo de contacto. De ellos obtenemos información sobre el marco legal, económico, religioso y cultural imperante en el siglo xvi y nos permiten desentrañar una serie de factores, patrones y tendencias de la cultura material, visual y comunicativa de la modernidad; además nos dan la posibilidad de acercarnos, aunque sea parcialmente, a los imaginarios, las prácticas y las representaciones de quienes los produjeron y los leyeron.

El libro fue atrio de adoctrinamiento, arena de lucha, joya preciosa de las autoridades y gobernantes, terreno de disputa económica y legal de los pueblos y las naciones originarias, morada de la memoria de personas y grupos, y también oasis de paz y regocijo; en suma, el libro fue un escenario de gestas que aún hoy resuenan y por ello merecen ser estudiadas, contadas y divulgadas. El libro, y la imprenta que permitió su multiplicación a mayor escala que los manuscritos, significó todo esto porque en los siglos xv y xvi se dio una de las mayores transformaciones téc­nicas y conceptuales en los modos de registro y circulación de la palabra escrita. Si el surgimiento y la difusión de la imprenta trastocaron la cultura europea de una forma desconocida hasta 1450 aproximadamente, el mismo efecto tuvieron para la asimilación de las noticias procedentes de las nuevas geografías allende el mar; de ese modo, escritura, publicación, expansión política y lingüística, control y dominio forman los elementos de una cadena vigente hasta hoy. Si todo nuevo territorio “descubierto” conlleva tareas de descripción y registro, en el caso del Nuevo Mundo esas acciones cobraron una importancia super­lativa: viajes, batallas, tradiciones, atuendos, rasgos, costumbres, rituales, edificios, flora, fauna, etcétera, pasaron por el cedazo de la escritura y mucho de ello se cristalizó poco después en “letras de molde”, es decir, en los libros impresos. Cartas, memoriales, relaciones y otros géneros textuales fueron solicitados periódicamente por la Corona de España para conocer la realidad y el estado de la administración de las tierras nuevas, una suerte de escritura que enlaza los dos mundos.

Las técnicas y las formas de registro escrito fueron, luego de las armas de fuego, el otro elemento determinante y decisivo en la consumación del control político de los territorios americanos, lo que explica en gran medida la relativamente pronta llegada de la imprenta tipográfica a México y el comercio libresco en la Carrera de Indias. Pero, como sucede en todo contacto desigual, violento y veloz, estos procesos no fueron lineales ni tersos: los pueblos que fueron sometidos y conquistados pronto aprendieron a usar para sí las tácticas y las formas de registro, las estructuras y las estrategias narrativas, las palabras y las imágenes que provenían de Europa, y las incorporaron y combinaron con su propia raíz. Fue así como las diversas naciones americanas aprendieron a contar de nuevo sus historias para preservar su pasado y también a narrar los nuevos hechos, pero ahora con las letras del alfabeto latino.

Los “programas de aculturación” no sólo manaron de las prensas locales, sino que también provinieron de obras producidas en los talleres europeos con destino a México en un flujo constante y relativamente variado: a nadie sorprende hoy la cantidad de libros y otras publicaciones de Sevilla, París, León, Amberes, Roma o Basilea que integran nuestros acervos patrimoniales, ya que esos materiales constituyen la otra cara de la cultura impresa de América y, de algún modo, permiten explicar el margen concreto de acción y vitalidad de la producción tipográfica americana. Los documentos impresos sirven para muchos fines: dictan diversas normas de conducta, prácticas religiosas, maneras de tomar parte en los rituales de la vida y la muerte, el modo de dirigirse a los grupos de poder y de participar en entidades y corporaciones que determinan las condiciones económicas, culturales y sociales de las personas. Los libros fueron celosamente escrutados por revisores y censores —tanto civiles como religiosos— y pasaron por una serie de procesos burocráticos para ser publicados y leídos por diversos individuos del México colonial. La tensión entre los libros destinados a lo espiritual y los que propiciaban la imaginación articuló un elaborado marco de regulaciones vinculado con los mandatos de la Iglesia católica, especialmente la de la Contrarreforma, que aspiraba a la imposición de la ideología cívica y religiosa española, una uniformidad eficaz para el mayor y mejor control social de los territorios de América. Escaso margen hubo para los libros que no tenían aplicaciones prácticas y sociales útiles, o no cumplían con propósitos de control; los de esparcimiento literario y disfrute poético o que pusieran en riesgo el delicado equilibrio que proponía establecer la administración peninsular existieron sólo en las sombras y los márgenes de la cultura bibliográfica, con gran riesgo para sus productores, comerciantes y poseedores. De ese modo, el límite impuesto a la publicación tipográfica mexicana fue claro para un amplio conjunto de textos que atentaban contra lo que se consideraban las normas del buen cristiano, del fiel súbdito de la Corona.

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